Llovía. Llovía mucho. Mi hermano y yo llegamos puntuales, confirmando con la excepción la regla que nos hace impuntuales. Subimos al autobús fletado para los invitados y allí están nuestros amigos de toda la vida. Abrazos, apretones de manos y alegría desbordada. Cuando uno se va haciendo mayor y queda cautivo del trabajo, de los compromisos y obligaciones, las bodas son la excusa perfecta para volver a tensar los lazos de la amistad y evitar que se desaten por completo. La boda es en Alcobendas. Pere, mi amigo, luce con clase una brillante calva mientras fuma y mira hacia el cielo, plomizo, con suma indiferencia. Un día nublado no turbiará su claridad de ideas. Se casará sí o sí.
Nos metemos en el bar que hay justo frente a la iglesia en la que tendrá lugar la ceremonia. La primera ronda la pagan los padres de Pere. Poco después algunos abandonan el suelo pagano y entran al santo lugar.
Entre caña y caña, hay risas, bromas, historias del pasado con la que se van tensando poco a poco esos nudos que volverá a aflojar el tiempo.
Entonces entra Pipo.
-Chavales, id saliendo que ya se han casado.
Lluvia de arroz, que rebota sobre la calva de Pere y se enreda en el pelo de su esposa. Y, en unos segundos, vuelta al bar a tomarnos la última.
Sólo quedamos siete personas. Mi hermano me apura.
-Venga Marcos, que va a salir el autobús y tenemos que ir al convite.
Yo sigo hablando indiferente con mis amigos. Sólo quedamos cinco. Dos parejas y yo. Ellos van a ir en coche hasta una finca a las afueras de San Sebastián de los Reyes, así que decido que es el momento de coger el autobús. Vuelve a llover y voy hacia el transporte trotando -mi traje no es impermeable-; un trote estúpido, ya que no estoy habituado a vestir de esa guisa.
-Un poco más y te quedas en tierra, chaval –dice alguien-.
Me siento. El vehículo arranca como la tos de un viejo quejumbroso y se mueve con un runrun que incita al sueño. Busco a mis amigos, sin suerte. Me están gastando una broma, así que decido contraatacar. Me hundo en el asiento, escondiéndome del resto del pasaje y, pasados unos segundos, levanto bruscamente la cabeza para otear entre los asientos en busca de una cara afín. Repito la operación varias veces pero no sucede nada. Así que, cansado del juego, me digo “ya saldrán”, y contempló la lluvia desde la ventanilla.
Nos adelanta otro autobús. Veo el rostro de su conductor, con bigote y gafas de cristal generoso. Tras él, una pareja de novios se hace carantoñas, luego varios asientos vacíos, después un dedo índice que me señala, seguido de una sonrisa convertida en carcajada en el rostro de mi hermano. A sus espaldas todos mis amigos llevándose las manos al estómago. Disfrutan de la situación. Eso me hace sentir bien.
Había varias bodas, varios autobuses. Cogí el equivocado.
Vuelvo a hundirme en el asiento. Mis actuales compañeros de viaje se han dado cuenta de la situación. No voy a salir de mi agujero. De repente el autobús frena bruscamente y un bufido anuncia la apertura de la puerta delantera.
-¡Marcoooooooos! –grita mi amigo Víctor, que ha venido al rescate-. ¡Venga sal! ¡He parado los dos autobuses, así que saaaal de una vez!
-Camino por el pasillo con las risas de la gente azuzando mis pasos y, cuando llego al autobús correcto, el pasaje al completo me recibe con aplausos y vítores.
La finca está situada dentro de un valle con pequeños montes verdes de punta roma, y somos recibidos con decenas y decenas de bandejas de refrigerios, jamón, langostinos, queso y demás viandas propias de los en laces matrimoniales. La cena transcurre, afortunadamente, sin más sobresaltos para quien escribe. Suena una retahíla de notas musicales que anuncia el inicio del baile nupcial y, con la copa de champán aún en la mano, me acerco a un corro de gente dentro del cual Pere y su mujer bailan.
Yo tengo a mi amigo Ripi Madalenas a mi izquierda.
Pere se ha casado.
Soy consciente.
Se ha casado.
Pere gira y gira mirando fijamente a los ojos de su esposa, con las manos cogidas de su talle. No hay nadie más que ella en el salón.
-Ripi, ¿no te recuerda esto al día en que tú te casaste con Rita?
-Sí, claro.
-¿Fue bonito?
-Precioso, Marcos, fue precioso.
Esboza una sonrisa convincente. Vuelve la cabeza disimuladamente y contempla a Rita, que, a unos metros, ignora nuestra conversación embelesada con el baile nupcial. Su mirada es una ventana abierta a lo que piensa. Lo mismo que Ripi. La misma película con distintos actores protagonistas; casi los mismos secundarios, pero esos no importan.
Hay lazos que nunca se destensan, lazos que el tiempo afianza con más fuerza, lazos que acaban desapareciendo para transformarse en una cuerda, firme y sin nudos.