Thursday, June 4, 2009

14 euros por minuto, 0,09 céntimos de euro por minuto

-Pase.

-Hola, venía a hacer la declaración de la renta.

-¿Tiene encima la documentación?

-Sí, tome –alargo el brazo-.

 Pasan 3 minutos, a lo sumo 4.

-Le sale a devolver.

-¿Cuánto?

-Cerca de 1.400 euros.

-Muy bien, ¿qué le debo?

-Son 55 euros. 

Hago un pequeño cálculo, el tipo cobra unos 14 euros el minuto. La cara de gilipollas que se me queda al salir de la asesoría tarda en quitarse, mucho, porque lo comparo con mi sueldo por minuto: 0,09 céntimos de euro.

En la A6 no hay casi coches. Tengo la mente en blanco, conduzco por inercia, como un zombie. Veo pasar el cartel que anuncia Las Rozas, luego el de Las Matas, Galapagar… Salida 39, Collado Villalba, ésa es la mía. Empiezo a ponerme nervioso. Llego a la urbanización de mi casa, después de mucho tiempo sin pasar por allí, después de que un tipo haya estado casi dos años sin pagarme el alquiler. Ha llegado la policía, la procuradora y la representante del juzgado. Estoy nervioso.

La puerta se abre. Se abre un culo. Huele mal. Es como si veinte docenas de cerdos diarreicos hubieran muerto sobre sus propias heces y ahora estuvieran descomponiéndose. Se ha llevado el frigorífico, la nevera, la lavadora, los cercos de las puertas, las puertas… Hay una mancha de sangre en la pared, colillas, papel higiénico y ropa por el suelo y, más abajo, en el subsuelo de todo eso, estoy yo.

Y a sudor, huele a sudor. Y en 20 minutos todos se han ido. La policía, la procuradora y la representante del juzgado. Y yo me digo, qué coño pasa, por qué tardan dos años en echar a un tipo de mi casa, que no paga lo acordado y deja el piso en tales condiciones, si en 20 minutos podría estar todo solucionado. 

Menos mal que mi amigo Víctor estuvo allí, conmigo. Me cambió la cerradura, arregló algo del circuito eléctrico. Estuvo allí, conmigo. Y eso nunca le llamo, sólo en estas ocasiones. Y él no se enfada, y acude siempre. Y yo, me siento mal por esto, pero me siento bien porque estoy vivo y esta misma tarde tengo ensayo y el grupo empieza a sonar rematadamente bien.

Esta es la dirección del Myspace del grupo

www.myspace.com/taniaheadband

Esta es la foto de cómo me dejó el inquilino la cocina.14 euros por minu


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Monday, March 30, 2009

Un relato para Rita

Llovía. Llovía mucho. Mi hermano y yo llegamos puntuales, confirmando con la excepción la regla que nos hace impuntuales. Subimos al autobús fletado para los invitados y allí están nuestros amigos de toda la vida. Abrazos, apretones de manos y alegría desbordada. Cuando uno se va haciendo mayor y queda cautivo del trabajo, de los compromisos y obligaciones, las bodas son la excusa perfecta para volver a tensar los lazos de la amistad y evitar que se desaten por completo. La boda es en Alcobendas. Pere, mi amigo, luce con clase una brillante calva mientras fuma y mira hacia el cielo, plomizo, con suma indiferencia. Un día nublado no turbiará su claridad de ideas. Se casará sí o sí.

Nos metemos en el bar que hay justo frente a la iglesia en la que tendrá lugar la ceremonia. La primera ronda la pagan los padres de Pere. Poco después algunos abandonan el suelo pagano y entran al santo lugar.

Entre caña y caña, hay risas, bromas, historias del pasado con la que se van tensando poco a poco esos nudos que volverá a aflojar el tiempo.

Entonces entra Pipo.

-Chavales, id saliendo que ya se han casado.

Lluvia de arroz, que rebota sobre la calva de Pere y se enreda en el pelo de su esposa. Y, en unos segundos, vuelta al bar a tomarnos la última.

Sólo quedamos siete personas. Mi hermano me apura.

 -Venga Marcos, que va a salir el autobús y tenemos que ir al convite.

Yo sigo hablando indiferente con mis amigos. Sólo quedamos cinco. Dos parejas y yo. Ellos van a ir en coche hasta una finca a las afueras de San Sebastián de los Reyes, así que decido que es el momento de coger el autobús. Vuelve a llover y voy hacia el transporte trotando -mi traje no es impermeable-; un trote estúpido, ya que no estoy habituado a vestir de esa guisa.

-Un poco más y te quedas en tierra, chaval –dice alguien-.

Me siento. El vehículo arranca como la tos de un viejo quejumbroso y se mueve con un runrun que incita al sueño. Busco a mis amigos, sin suerte. Me están gastando una broma, así que decido contraatacar. Me hundo en el asiento, escondiéndome del resto del pasaje y, pasados unos segundos, levanto bruscamente la cabeza para otear entre los asientos en busca de una cara afín. Repito la operación varias veces pero no sucede nada. Así que, cansado del juego, me digo “ya saldrán”, y contempló la lluvia desde la ventanilla.

Nos adelanta otro autobús. Veo el rostro de su conductor, con bigote y gafas de cristal generoso. Tras él, una pareja de novios se hace carantoñas, luego varios asientos vacíos, después un dedo índice que me señala, seguido de una sonrisa convertida en carcajada en el rostro de mi hermano. A sus espaldas todos mis amigos llevándose las manos al estómago. Disfrutan de la situación. Eso me hace sentir bien.

Había varias bodas, varios autobuses. Cogí el equivocado.

Vuelvo a hundirme en el asiento. Mis actuales compañeros de viaje se han dado cuenta de la situación. No voy a salir de mi agujero. De repente el autobús frena bruscamente y un bufido anuncia la apertura de la puerta delantera.

-¡Marcoooooooos! –grita mi amigo Víctor, que ha venido al rescate-. ¡Venga sal! ¡He parado los dos autobuses, así que saaaal de una vez!

-Camino por el pasillo con las risas de la gente azuzando mis pasos y, cuando llego al autobús correcto, el pasaje al completo me recibe con aplausos y vítores.

La finca está situada dentro de un valle con pequeños montes verdes de punta roma, y somos recibidos con decenas y decenas de bandejas de refrigerios, jamón, langostinos, queso y demás viandas propias de los en laces matrimoniales. La cena transcurre, afortunadamente, sin más sobresaltos para quien escribe. Suena una retahíla de notas musicales que anuncia el inicio del baile nupcial y, con la copa de champán aún en la mano, me acerco a un corro de gente dentro del cual Pere y su mujer bailan.

Yo tengo a mi amigo Ripi Madalenas a mi izquierda.

Pere se ha casado.

Soy consciente.

Se ha casado.

Pere gira y gira mirando fijamente a los ojos de su esposa, con las manos cogidas de su talle. No hay nadie más que ella en el salón.

-Ripi, ¿no te recuerda esto al día en que tú te casaste con Rita?

-Sí, claro.

-¿Fue bonito?

-Precioso, Marcos, fue precioso.

Esboza una sonrisa convincente. Vuelve la cabeza disimuladamente y contempla a Rita, que, a unos metros, ignora nuestra conversación embelesada con el baile nupcial. Su mirada es una ventana abierta a lo que piensa. Lo mismo que Ripi. La misma película con distintos actores protagonistas; casi los mismos secundarios, pero esos no importan.

Hay lazos que nunca se destensan, lazos que el tiempo afianza con más fuerza, lazos que acaban desapareciendo para transformarse en una cuerda, firme y sin nudos.

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El limbo

Es de noche. Estoy en la cama. Inquieto. Hay una pequeña lámpara que deja entre sombras y luces la habitación. La puerta emite un crujido y unos dedos se aferran a la madera de la misma. Levanto la sábana, casi hasta cubrirme los ojos, y espero. Comienza a abrirse lentamente. Puedo observar parte de una manga, hasta la altura del codo. Es el camisón que la tía Marga. El mismo que llevaba en la planta de enfermos terminales del hospital Gregorio Marañón de Madrid, el mismo que llevó puesto hasta el día en que murió. Tiene el pelo enredado, como si hubiera pasado meses con la cabeza apoyada sobre una almohada. Está de pie en el umbral de la puerta. Me mira fijamente. No sonríe pero tampoco está seria. Está resignada. Da un paso hacia adelante. Yo tengo miedo.

-Tía…. Hola tía Marga… 

Ella se acerca y le tiendo los brazos. Tengo miedo. Sucumbimos al abrazo. 

-Tía, te quiero. 

Noto su respiración en mi cuello. Olfateo el suyo. No huele a nada.  

-Tía, ¿hay algo después?
-No.
-¿No?

Me mira fijamente.

-No. Estoy en el limbo.

Lo dice con la misma resignación que mostró su mirada desde la puerta.

-Estoy en el limbo, repite.
-Tengo miedo. Me das miedo. Por favor, no te presentes así a mi madre.

Ella no dice nada.

-Tía, ¿cómo es el limbo?

Siento un golpe en el costado. Es Paz, me despierta sin querer. Después de levantarme al servicio, vuelvo a enterrarme entre las sábanas.

-¿Qué hora es? –pregunta Paz. 
-Las tres -digo sin mirar el reloj pero convencido de que son las tres.

Paz echa una ojeada al mayor enemigo del hombre.

-Marcos, son las seis.

Y ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que la tía se murió a las tres de la tarde. No encuentro relación alguna entre el sueño y la realidad, pero sé que tiene que haber un nexo entre ambos estados. Hace poco mamá me dijo una cosa:

-Después de la vida no hay nada. La tía no nos ha dado ninguna señal.

Yo sólo tengo este sueño, tan real, como coartada. Y miedo, mucho miedo.
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Monday, March 23, 2009

De vuelta al desván

La tía murió casi sin decir esta boca es mía. Los alrededores de la cama conquistados por familiares: sobrinos, primos, hijos, marido y madre. Fueron para esta última sus últimas palabras. Estaba sedada pero giró la cabeza y expiró no sin antes expirar la palabra “mamá”.

La tía Marga, tenía miedo días antes.

 -Chus… -decía a una de sus hermanas.

-Creo que voy a pedir la sedación total, ¿tú qué harías?

Mamá, mi madre, su hermana, respondió con un silencio tan elocuente como certero. Mamá no era capaz de ponerse en su situación. La sedación total es morirse a base de pastillas. Pierdes la conciencia, la capacidad de sentir, ya sea dolor o cosquillas. La tía renunció porque –creo- pensó que en su última semana de vida era posible volver a reír.

La tía era todo. Era la mejor de ocho hermanas. No es demagogia, simplemente era la mejor por un solo motivo: era incapaz de deletrear la palabra egoísmo. Creo que a partir de esa palabra se forjan las buenas personas. ¿Ambición? Demasiado pretenciosa. ¿Superación? Podría ser, pero tiene algo de ambicioso dentro. ¿Competitividad? Se compite con otros a los que se puede dañar. ¿Inteligencia? Implica cierto aire maligno. ¿Altruismo? Encaja; me vale.

Mi hermano suele decir que cuando alguien se marcha, es porque otro llega a ocupar su lugar . La hija pequeña de mi tía Marga estaba embarazada cuando murió. Ella nunca llegará a tocar la piel cetrina de su nieta. Ni si quiera llegó a saber con total certeza lo del embarazo de su hija. Los médicos decían que Marga lo imaginaba, pero nunca reconoció a nadie saberlo realmente.

Ahora, desde la atalaya que brinda el paro, pienso en estas y otras cosas, y me doy un empujón para vovler a escribir en este escaparate de sentimientos en el que cada vez cambio menos los maniquíes que contemplan mis escasos lectores. Fue un año maravilloso en un diario económico de tirada nacional, pero todo tiene su fin.

Mañana vuelvo a viajar en calidad de free lance, a ganarme la vida con la pluma, textos al peso, renglones a medida. Pero me queda este desván en el que esconderme para escribir lo que me plazca sin cobrar un duro. En definitiva, disfrutar de la libertad que brinda carecer de un sueldo por hacer las cosas.

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Friday, January 2, 2009

Disculpas

Por fin lo he conseguido. Hace unos meses algún pirata informático me robó la cuenta de correo. ¿La consecuencia? No he podido acceder al blog para actualizarlo, ni responder a los comentarios del último de los posts que subí. Finalmente he logrado -varios amigos informáticos mediante-, recuperarlo. La cuenta de hotmail ha pasado a mejor vida, pero ahora puedo alimentar a la madre Red desde mi reducto.
Respondo a los comentarios vertidos en el último post: gracias a todos por tenerme en mente en algún momento, a los que me han criticado y a los que me han animado. Ambos colectivos me espolean por igual a la hora de escribir; palabra de honor. Sé que ha pasado mucho tiempo y lo suyo sería comenzar por escribir algo genérico, pero antes del pasado verano, en la boda de un amigo, le prometí a Rita, la mujer de Ripi Madalenas, que le dedicaría mi próximo relato (conste que recibí antes de la promesa un tirón de orejas por no actualizar). En un par de días espero volver a mover los dedos y rellenar este blog, propiedad del gilipollas de grado medio que suscribe, con alguna ración de palabras. Desde que me robaron el correo no he vuelto a escribir nada gratuito. Sí he continuado vendiendo palabras al peso para ganarme la vida. Es maravilloso vivir creando romances entre palabras.
Mis disculpas a todos.
Posted by Marcos at 19:02:55 | Permalink | Comments (4)

Sunday, April 13, 2008

Una tirada de dados afortunada

Ya era hora de que se dieran cita las dos primeras palabras y la música adecuada. Las palabras son “Aquél niño”. La música, Ludovico Einaudi y su disco Eden Roc. Haré, después de escribir lo que esté por venir, lo mismo de siempre; escucharlo con la música. Ver si cuadra. Cambiar comas por puntos y viceversa. Ver si mereció la pena. Analizarlo todo. Sonreír o llorar, según me cuadre el corazón y quieran las cosas que hay a mi alrededor. Comprobar si he logrado solucionar algo.

Aquel niño se pensaba nacido para cosas grandes. Se creía invencible, siempre, aquel niño. Aquel niño tenía la mirada de un águila real, el gesto vivo, las piernas delgadas como alambres. Huesito, solía llamarle su madre. Aquel niño sabíase vivo con total certeza si se precipitaba de la terraza al vacío. Aquel niño corría mucho. Siempre corría; a por el pan, a hacer los recados, corría al salir del colegio de camino a casa. Corría y corría, y lo dejaba todo siempre atrás. Siempre el primero corriendo, siempre el primero dejándolo todo atrás. Y tanto corrió que perdió el camino de vuelta, y el tiempo pasó y las cosas que dejó atrás, cuando tanto corría, fueron necesario recuperarlas después, pero había corrido tanto, y tan aprisa, que no fue capaz de encontrarlas. Lo que más necesitaba era su sombra, pero tan raudo había sido que ésta, en el intento de continuar asida a su dueño, se había difuminado, deformado, perdido la forma original. Y aquel niño se quedó sin referencias, y sólo le quedó la intuición para tratar de encontrar el camino de vuelta, la esencia, la paz consigo mismo.

Y hay días que ese niño encuentra porciones, pedacitos de cielo, ráfagas de brisa mezcladas con olor a tierra mojada que lo hacen muy feliz, pero otros días la brisa azota, y trae consigo arena que lacera y se clava en la piel, y entonces aquel niño corre como antaño, huyendo hasta ponerse a salvo.

Carolina compartió amor con mi hermano, un amor que él siempre ha guardado con especial celo. Un comentario suyo -de ella- en este pequeño reducto en el que me protejo del viento cuando sopla demasiado fuerte, me hizo recordar aquellos años en los que volaba con las piernas y reír era un acto reflejo. Ella está en Canadá, ahora, haciendo cualquier cosa, seguro, por ser feliz, yo hago lo propio aquí, desgastando una parte de mis yemas, y tú, que lees esto, seguro que te debates en el mismo propósito. Y aquellas familias que el otro día vi en un vídeo de Miguel Gil, cámara de guerra muerto en Sierra Leona, que vivieron la guerra de Yugoslavia más allá de la primera persona, espero después de tanto tiempo hayan encontrado aquello que todos buscamos, el objetivo, si no cual otro, por el que nos aferramos a la vida con tantas fuerzas: la felicidad.

Un vídeo que me descuadró de madrugada: http://www.youtube.com/watch?v=SlEoqL2KA-o

Y esos niños del vídeo, tengo claro, pudiéramos haber sido cualquiera de nosotros. Hubiese sido tan simple como que el destino hubiese tirado los dados otra vez.

Posted by Marcos at 21:59:03 | Permalink | Comments (13)

Saturday, March 8, 2008

Gracias

Gracias a todos; a los que me han leído alguna vez y a los que no lo harán nunca, a los que me han alentado y denostado, empujado y frenado; gracias a los que han sido un reflejo cegador para crear una historia a partir de la nada y a aquellos que se sientan desplazados porque no se las he dado alguna vez cuando las merecen. Una vez más, gracias.

Quienes me conocen saben de mi pasión por las letras, los libros, el tacto del papel, su olor rancio pero embriagador. Quienes me conocen saben de mi ilusión por publicar un libro algún día. Siempre me he considerado un tipo llano, primero por el hogar en el que me crié y la educación recibida, y después por el brillo que desprenden las cosas pequeñas; cosas y personas que es necesario deshojar mucho para que su polen cale hondo y produzcan ese agradable picor que precede al estornudo. Por eso, aunque no voy a publicar un libro, me siento satisfecho; es más de lo que pude soñar.

Alguien se fijó en mis textos, seleccionó ocho líneas y ha decidido incluirlos en un libro en el que participan desde el Dalai Lama hasta Gorbachov. Es un texto nimio, cierto, pero estará impregnado de ese olor rancio y embriagador que tanto he perseguido.

Gracias a Alexander y a mis amigos de Barcelona, en los que he encontrado el sentido del arte más allá de una sola disciplina, gracias por empapelar una pared de cuatro metros con mis poemas, no en una galería o en un museo, sino en un hogar de tantos en los que suceden, cada día, cosas maravillosas. Gracias por dejarme entrar en vuestros hogares, por dejarme respiraros y ver las cosas con los ojos cerrados.

Vayan especialmente mis gracias para Isabel, porque ella ha sido la culpable de despertar esas ocho líneas que a alguien conmovieron, gracias a ti, Isabel, por rascarme la cabeza cuando, entrada la noche, me despertaban mis crisis repentinas de llanto y lodo. Gracias a ti, Isabel, por llevarme de la mano cuando el colapso me hacía tiritar. Gracias por alejar de mí la necesidad de tener los pies bailando inertes a un palmo del suelo, gracias por plantarle cara a la idea de tomar un cinturón, ajustarlo, y colgarlo todo de la lámpara de mi cuarto. Sólo tú sabes lo que soy.

Gracias a todos. Hoy me siento feliz. Tengo que aprovecharlo.

Posted by Marcos at 14:33:08 | Permalink | Comments (12)

Thursday, February 14, 2008

Sobre el amor

El amor es tu mirada. Así lo dijo Isa. Es tu mirada; las cosas que fuimos. Eso es el amor. Las cosas que estaban, las cosas que han muerto, las cosas que tocaste y aún están a mi alrededor. Así lo dijo Isa. Así es el amor. Es la diferencia que emerge al romperse la unidad. Así es el amor. El amor son 65 Kg de TNT que dinamitan el mundo entero al exhalar una bocanada de aire. El amor es respirar tu nuca, besar tu frente, sudarte lento. 65 Kg de heroína pura criados a los pechos de la ingenuidad. Es que tú no lo sepas y yo sí. Es haber nacido, sin saberlo, con la efectividad de un francotirador. Es un disparo de sentimientos a quemarropa. Tres litros de sangre con el don de emponzoñar el mar entero. El amor es saber que la virgen María es una zorra sin escrúpulos al lado de ella. El amor es que hayas nacido y me permitas estar cerca. El amor es que el mundo nos haya unido pero, sobre todo, que nos haya separado. Eso es el amor.

Guido dijo un día en Barcelona:

-Vine a España porque la amaba. Jamás correré tras otra mujer.

Guido es pintor, como Alberto. Son buenos, los chicos. Siempre están pensando en armar una buena, siempre pensando en que se les oiga. Son la voz del mundo. ¡Toc, toc! Entre sin llamar, responde el propietario. Es que ya estoy dentro, responde el de los nudillos; en realidad estoy tocando a la puerta de su cuarto, ¿es que no se ha dado cuenta? Buscan eso, el arte, rasgar tejido vital, piel, huesos y corazón. Lo demás no lo tienen claro, pero eso es indiscutible, innegociable. Saben que es hermoso morir desnudo.

Ellos aparecieron en una fiesta de trajes, corbatas y teléfonos de última generación. Y logré entender la frase: “levanta una piedra, y ahí estoy”. El problema es que hay muchas piedras y pocas manos con fe para levantarlas.

Alberto me dijo, descansa. Come bien. Lo dijo el sábado. Hoy es jueves. El sábado dormí tres horas. El domingo siete, el lunes tres, el martes tres y el miércoles otras tres. Y seguiría escribiendo, pero hay cosas mejores que hacer y el tiempo amenaza, me persigue; por eso me marcho corriendo.

Posted by Marcos at 17:55:09 | Permalink | Comments (2)

Thursday, January 10, 2008

Conste que lo subo porque Almu me lo pidió

Releyó sus antiguos textos. Sonaba tan estúpida, cada palabra, que le pareció normal que perdiera la ilusión por escribir. No había nada salvable. Era natural que hubiese pasado de ser toda una promesa de la narrativa a un simple escriba a sueldo, más aún habiendo estado de parte de los republicanos. Y encima debía dar las gracias porque le mantuvieran la vida intacta.

Se levantó y miró por la ventana. Había muchos gorriones esquilmando el huerto. Poco le importaba. De repente se cubrió todo de plomo, desaparecieron los pájaros y rompió a llover. A los pocos minutos el plomo desapareció tan rápido como lo haría de la faltriquera de un miliciano, y el día se tornó soleado. No se retiró de la ventana ni un momento. Levantó el dedo índice y pinto figuras imaginarias en el vaho del cristal. Solía hacerlo de niño. Era una costumbre enquistada, como otras tantas. Golpear la yema del dedo índice ante la máquina de escribir cuando la inspiración era inalcanzable, masturbarse antes de dormir o acostarse con la radio encendida eran partes de un ritual enfermizo.

Volvió a sentarse en el escritorio. Acabó el informe. Abrió un cajón y deposito la mano sobre el mango. Estaba frío pero se sintió reconfortado. ¡Bum! Y todos sus problemas se acabarían en un instante. Pero le faltaban huevos. Se apretó las sienes. Era un dolor de cabeza insoportable, intenso, el que sufría desde la noche anterior. Una noria sin eje rodando por un acantilado, así notaba la sesera. Cerró el cajón. Volvió a abrirlo. Introdujo un cargador en la recámara.

Se levantó.

Miró a través de la ventana.

Era un día hermoso. Nunca dejó pasar uno así desde que tuvo uso de razón. No es que hiciera cosas especiales en tales fechas, simplemente le bastaba con darse cuenta de que era un día hermoso. Hay quienes, en días hermosos, salen a pasear, al parque, a merendar o a tomar un helado. Martín Fuertes, simplemente, tomaba conciencia de que lo eran. Se negaba a sustituir un paseo, merienda o helado, por un día hermoso. Y lo hermoso, para él, no era precisamente un tejado atmosférico libre de nubes y ahíto de sol, había días lluviosos, sometidos a la dictadura del telón gris y el suelo ocre, tan hermosos como aquellos.

Matilde Griñón abrió la puerta de la habitación con una bandeja en la que, como expertos funambulistas, guardaban el equilibrio dos vasos opacos con ilustraciones de estilo clásico y un pequeño bol con azucarillos cuadrados de aristas erosionadas. Martín levantó el arma y le descerrajó un certero tiro en la frente. Se rompió la cuerda. Los vasos y el bol dieron un sonoro concierto al golpear contra el suelo, al que puso punto y final la insurrecta tapa del azucarero, que giró varias veces sobre el piso, con un ritmo espaciado al principio, frenético en los últimos estertores, como negándose a aceptar su destino. Matilde ni se movió. Los ojos abiertos, fijos contra el techo, y la bandeja aún en la mano. Diríase viva de no ser por el delator hilillo de sangre que manaba de su frente.

Martín permaneció en la misma posición, hierático. No escuchó ni las sirenas, ni el golpe que sucedió al derribo de la puerta, ni tan siquiera vio a los dos policías le encañonaban desde las jambas. Se olvidó de que en su mano empuñaba la muerte; y al despertar y levantar las manos para darse por detenido, los agentes interpretaron mal el gesto. Cuatro tiros tuvieron la culpa. Cayó sobre Matilde, también él con los ojos en blanco.

Había sobre la mesa del forense mucho instrumental del que remata en caso de no haber expirado como Dios manda, y lo movía con la gracia que dan los años de oficio. Separó la piel del cráneo y lo cascó después en dos partes. Se abrió todo aquello como un coco maduro y casi tuvo que coger al vuelo los pensamientos gelatinosos de Matilde. Se quitó los guantes –decía que restaban sensibilidad- y analizó la masa encefálica mirando al aprendiz.

-Se acabó el trabajo por hoy, chaval. Murió de un tiro pero hubiera alcanzado la gloria de igual manera en unos pocos meses.

-¿Por qué señor?

-¿Ves esas coloraciones oscuras?

-Sí señor.

-Son tumores malignos. Estaba plagada, la pobre.

Los dos agentes siguieron apuntando al cadáver de Martín varios segundos más. Finalmente, el más joven de ellos golpeó con la punta del zapato el costado de Martín, que se meció plácidamente y contagió al cuerpo de su mujer unos segundos. Bailaron juntos, como antaño.

-Están los dos fritos.

-¿Qué pone ahí? -Señalaba el folio que vomitaba a medias la máquina de escribir.

“Martín Fuertes, en calidad de secretario del Doctor Ernesto Sánchez Olivares, deja constancia de lo siguiente por expresa indicación del facultativo:

Matilde Griñón, de 58 años de edad, sufre de varias tumoraciones malignas en el cerebro, de carácter irreversible, y por las cuales no se le da a la paciente una esperanza de vida más allá de los dos meses”

Posted by Marcos at 21:53:49 | Permalink | Comments (2)

Wednesday, November 28, 2007

Me la chupa

Hoy el mundo me la chupa.  Jugamos al padel un gran partido, mi amigo Carlos y yo, un tipo tendente a conversaciones decadentes y depresivas, como en ocasiones son las mías. El polideportivo de La Elipa era como Alaska. Joder qué frío hacía. Jugamos hasta que alguien nos dice que son las once y el polideportivo cierra. Juraría que era un pingüino o una foca. Después de tardar unos veinte minutos en aparcar, nos tomamos un par de birras multiplicadas por dos. Nos despedimos y cojo el coche. Llego a casa a las tres, abro una lata de conservas –creo que consistente en decenas de bivalvos gelatinosos y avinagrados- y me marcho a mi cuarto. No acabo de quitarme los pantalones cuando oigo a mi madre sollozar. Pasos. Se sienta a los pies de mi cama.

-Hijo, me muero, tengo la tensión alta y me duele el cuello.

El hospital es casi un desierto de pacientes. Apenas un par de oasis aislados. Es martes. Los fines de semana está lleno. Hijos de puta. Sólo se ponen malos los fines de semana. Le comento esto a mi madre esto, indignado. Son las tres y media de la mañana.

-Hijo, es que la gente no quiere perder horas de trabajo.

Y yo, como tú, pienso que no estarán tan malos. Hijos de puta.
Le miden la tensión a mamá. Hay un tipo al que se le oye eructar desde la sala del doctor y eso que la puerta está cerrada.
A mamá le dicen que tiene la tensión un poco alta y que la notan nerviosa. Diagnostican un posible cuadro de ansiedad. Mamá se mosquea.

-Yo no me lo invento –dice-. No me lo invento –repite.

 Entonces le pasan con otra doctora. Paso con ella a otra sala. Hostiás. Es la sala. La puta sala. Es la camilla, la puta misma camilla. Tres dedos en mi ojete rebuscando mierda. Literal. Tres dedos en MI OJETE. Sucedió dos semanas atrás. Cagaba negro. Como alquitrán. Esta última frase fue escrita en el informe médico, o de forma parecida: “Enfermo de 31 años de edad y aspecto saludable con deposiciones de coloración alquitranada”. Cincuenta o más personas esperando y se las saltan a todas para que yo entre. Después de explorar mis intimidades anales, me meten un tubo por la boca. Dos úlceras sangrantes y dos cicatrizadas. Dos días ingresado. Prohibida la ingesta de anti-inflamatorios.

-Esas dos úlceras cicatrizadas, ¿las pasó sin ayuda médica?

-No sabía que las tuviera –aseguro.

-¿Y no le dolió el estómago hace tiempo?

-Sí.

-¿Cómo describiría el dolor?

-Como si un rebaño de alpinistas con las botas repletas de clavos hubiera estado bailando una jota en mi estómago.

El doctor sonríe. Yo también.

-¿Y por qué no fue al médico? –pregunta.

-No sé, supongo que soy así.

Es mi frase preferida para eludir responsabilidades. Llego a casa a las ocho y media de la mañana. A las nueve me despierta un cliente para que cubra una rueda de prensa y le escriba una noticia del acto. Después, a las doce, tengo una entrevista con el director de una empresa que factura no sé cuántos miles de euros. Llego a casa como a eso de la una y media. Hoy el mundo me la chupa.
Me voy a dormir.

Posted by Marcos at 13:26:51 | Permalink | Comments (2)