Monday, October 30, 2006

Me gusta y no me gusta

No me gustan los Beatles ni Woody Allen, no me gusta Antonio Machado ni Agatha Christie, aborrezco a Bécquer y me cago en cualquier bandera. Amo a mi madre, siento envidia por los animales alados y también por esos otros que bucean a través del agua como si volaran. Me gusta el humo, la cerveza, los sitios cerrados y los sitios abiertos. Me gusta una biografía de Madame Curie de no sé qué autor, esa que adorna las estanterías del salón de mi casa. Me gusta recordar mi niñez, me chifla poner música triste y llorar durante horas. No me gusta ser escuchado en esos momentos y que me prengunten qué me pasa. Me encanta dar palizas imaginarias a aquellos a quienes odio. Primero les hago sufrir a tortazos y acabo empleando los puños a fondo. Nunca he dado una paliza imaginaria a quien no lo mereciera pero sin embargo muchos cabrones que se la merecen se han escapado sin la consiguiente golpisa. Me encanta el olor de la piel de mi perro, la gente educada y quienes saben ver más que una calle concurrida, una simple parada de metro o la cola del paro; me encantan las personas que descubren en cada momento insustancial de la vida una historia sorprendente, aunque sea imaginaria. Me encanta mirar a los ojos de las personas cuando camino por la calle sin que me devuelvan la mirada, sin que me descubran; eso me da la ventaja del espía que no es descubierto. Puedes navegar por la pupila del otro y aprovecharte del descuido del espiado. Ser un voyeur como otro cualquiera.

Posted by Marcos at 00:58:23 | Permalink | No Comments »

Wednesday, October 25, 2006

Estimado Dios…

Hola Dios, le escribo en formato digital para agotar todas las vías, porque ya he intentado ponerme en contacto con Usted a trávés del teléfono, el correo ordinario, faxes, telegramas… Quiero estar seguro de que ha recibido mis peticiones para poder despacharme a gusto. No es que yo me queje del menú que me ha servido en estos treinta años de vida -a decir verdad ha sido suculento, y se lo agradezco sobremanera-, pero la bazofia que tienen que digerir muchos compañeros de planeta deja mucho que desear, y pone en entredicho su buena fe. ¿Cuál es su problema? ¿Por qué tiene esa bilis? Ya sabe, le hablo de lo de mi abuela. Lleva cuatro anginas de pecho y usted tan pancho. Si quiere acabar con ella, hágalo, pero tenga más clase. Ha parido diez almas, su vida marital fue de lo más triste -gracias por llevársele a él tan pronto, fue todo un detalle- y para colmo de males le dio un hijo inválido permamente. Un buen trabajo, sí señor. Y mi tía ¿qué le ha hecho? Ha trabajado como una esclava toda su vida y le regala un extraordinario cáncer de pulmón.  Creo que su problema es precisamente el que más nos preocupa a los humanos; la muerte. Como usted no puede morirse porque es Dios, pues se dedica a joder al personal porque sí lo pueden. Pues sabe lo que le digo, que se chinche, que yo puedo morirme y usted no.

Posted by Marcos at 20:09:05 | Permalink | No Comments »

Monday, October 23, 2006

La sonrisa de un Yonki

Sigue lloviendo en Madrid. El yonki que mendiga limosna en la puerta del mercado del barrio me ha vuelto a sonreír. Sonrisas y educación. Lo único que puede ofrecer a cambio de monedas. Curiosamente es lo que más caro vendemos los que nos movemos en el ferrocarril de la clase media. A él, sin embargo, le sobra. Quizás todos deberíamos ser un poco politoxicómanos. He salido de casa sin chubasquero. Quería tener la agradable sensación que trae el frío después de un verano de rigor, quitarme los calcetines empapados y secarme desnudo muy cerca del radiador. Había cientos de charcos. No los he sorteado. La peluquería de al lado de casa no tenía casi clientas. La panadería manchaba su suelo con las pisadas de la gente. Decenas de paraguas suben arriba y abajo al ritmo que marca la muchedumbre. Una coreografía magistral. Pitidos, taxis, coches, una madre con dos niños de la mano a la puerta del colegio. Un autobús que vuelve a alimentarse de pasajeros en la enésima parada. Lluvia. El humo del tráfico alimenta el ambiente de una atractiva y familiar neblina. La de todos los años. La que anuncia que llega el invierno. Dos adolescentes sellan su amor en el  los cristales empañados de un coche. He caminado hasta el metro sin saber bien por qué. Quizás por llegar a casa con un poco más de frío y agua en el cuerpo. Al volver he pasado de nuevo junto al mercado, una ambulancia abría la boca. Dos pies que se pierden en el interior.

-¿Qué ha pasado? -pregunta una mujer-.

-Matías, el que tenía problemas con las drogas, que parece que ya no los va a tener nunca más -responde otra-.

Lo he oído sin querer y he pasado de largo. Hasta siempre Matías. Reflexiones. Esa madre que recibe la noticia… ¿tendrá madre? Sí, todo yonki que se precie siempre tiene una madre que le llore.

Posted by Marcos at 14:18:05 | Permalink | Comments (1) »

Sunday, October 22, 2006

Puerco

Cuando abrí los ojos sentí que el suelo estaba frío. Olía muy mal y al intentar incorporarme resbalé varias veces hasta conseguir mi propósito. El orín y las heces sobre las que yacía dificultaban sobremanera la tarea en cuestión. Dios mío, a mi lado había dos cerdos de mirada estúpida y rollizos a más no poder. En un principio me arrinconé en aquel cuarto cuadrado, dispuesto a presentarles batalla, pero el carácter agresivo que dicen que tienen estos animales no salió a relucir. Durante varios minutos busqué la forma de salir de aquella cuadra, pero la barandilla en la que finalizaba la pared que me tenía encerrado quedaba muy arriba. Era extraño porque mientras miraba a los otros dos cerdos me di cuenta de que estaba al mismo nivel que ellos, de que mi estatura era similar a la suya. Sólo tardé unos segundos en darme cuenta de la situación.
¡Mierda! era un cerdo; pensé que estas cosas sólo le pasaban a Kafka, pero ahí estaba yo, deslizándome a cada paso que trataba de dar porque las pezuñas que calzaban mis pies eran completamente incompatibles con el barrizal fétido sobre el que trataba de mantener la estabilidad. Pensé en escapar, pero las paredes estaban resbaladizas, mohosas debido a la humedad reinante. Escalar era imposible, primero por la dificultad del accidente geográfico de turno y segundo porque mis pezuñas no eran precisamente el material idóneo para aventurarme a un reto mayor que no fuera el de tratar de mantenerme en pie. Además, por un hueco de la resquebrajada pared observé que el recinto en el que me encontraba preso se encontraba dentro, a su vez, de un cuarto más grande cuya única salida era una puerta que tenía el picaporte –curioso artefacto símbolo de libertad- a una altura imposible de alcanzar dada mi reciente talla. Después de un rato me acostumbré al olor, pero hacía mucho frío. Estaba entumecido y casi miraba con envidia como mis dos compañeros de celda yacían cuerpo con cuerpo. Poco a poco, con cuidado, me acerqué hasta tumbarme junto a ellos. Al principio tuve miedo y cada músculo de mi cuerpo se mantuvo en tensión ante el más leve movimiento que pudiera ejecutar cualquiera de los dos miembros de la porcina pareja, pero nada sucedió.Y de esa guisa me quedé dormido, soñando con suculentas bellotas y cientos de cerditas, todas ellas sonrosadas y limpitas, que pugnaban por hacer el puerco conmigo sobre una mullida cama de estiércol. En esos placeres me hallaba inmerso cuando un fuerte golpe me sacó del estupor. Era la puerta que daba acceso a la habitación. El picaporte libertario se había movido. Alguien la había abierto de forma brusca. Mis compañeros y yo saltamos asustados. No estábamos todavía de pie cuando la segunda puerta, la que daba acceso a la cuadra en la que hace unos minutos dormíamos, se abrió de golpe. Un hombre extremadamente gordo apareció de forma, diríase casi triunfal, en el umbral de la puerta. Desde donde estábamos parecía una imagen contrapicada de aquellas en blanco y negro protagonizada por Hitler en los desfiles populistas. Tenía un jersey verde raído que dejaba asomar por la parte inferior un trozo de su rotunda panza -mucha carne para tan poca tela- y en la mano derecha portaba, amenazante, un hierro de un metro de largo que acababa en un pequeño gancho. Dio dos pasos hacia delante y de repente todo se hizo silencio. Pasaron unos segundos. Con un experto movimiento lanzó el brazo hacia delante y el compañero que se encontraba más cerca de mí empezó a chillar como el cerdo que era. El hombre pugnaba con él, pero era una batalla perdida. Le había clavado el gancho en el cuello y poco a poco le fue sacando de la cuadra. El matarife pidió ayuda y de repente –y de forma no menos sorprendente- aparecieron mi padre y mi hermano. En unos segundos tomaron al cerdo por las orejas y le sacaron a empellones del lugar. Seguimos oyendo gritos a un volumen muy alto; surcaban el aire, atravesaban la puerta y las paredes y entraban como cientos de alfileres en los oídos, clavándose por doquier en mi cerebro, que, atormentado, mandaba cientos de órdenes inútiles al resto de mi cuerpo para que se moviera. Yo temblaba, movía la cabeza hacia los lados de forma completamente arrítmica, movía la mandíbula hasta casi desencajarla. El compañero que quedaba y yo estábamos perdidos. Me quedaba la duda de si dejarme coger el primero cuando volvieran a entrar -y así acabar cuato antes- o ceder ese dudoso honor a mi compañero -para esperar hasta el final a que algún acontecimiento inesperado modificara el rumbo de mi suerte-. Poco a poco los chillidos del desafortunado cerdo dejaron de oírse. No fue algo repentino. Al principio comenzaron a espaciarse en el tiempo. Cinco, diez, quince segundos. Luego dejó de gritar y sólo se le oía resollar. Trataba de respirar y el aire se iba negando poco a poco a entrar, lo que hacía que las paredes de su garganta chocaran entre sí provocando ese gutural sonido. Y su vida, finalmente, se apagó.Mi padre y mi hermano estaban allí. Lo entendí todo. Cada año, en diciembre, acudíamos a la casa de mi abuela a la matanza, y ayudábamos a matar, desangrar, despellejar, destripar, filetear y convertir en chorizos, jamones y morcillas aquellos animales de los que yo, sin comerlo ni beberlo ni saber por qué, me había convertido en pariente directo. Mi padre y mi hermano iban a ser mis verdugos. Imposible, pensé. Seguro que algo iba a cambiar mi suerte en el último momento y de igual forma que había llegado a ese estado cerdil recuperaría en el último momento mi forma humana de siempre. Tendría deditos en las manos, muchos menos kilos encima y saldría de aquella nauseabunda cuadra. Entonces sonó un nuevo portazo. Mi compañero de habitación empezó a moverse en círculos. Otro portazo. La puerta se abrió y el gordo apareció entre las jambas de la puerta. El jersey remangado hasta los codos estaba manchado de sangre en el extremo. Mi hermano estaba justo detrás de él y poco a poco estiró la cabeza para fijarse en mí. Me había conocido, esa mirada fija en mis ojos no podía ser otra cosa. Nadie miraba a un cerdo de esa forma. Era una mirada escrutadora; trataba de sopesar algo de mí, y sabía que no podía ser otra cosa más que el puro reconocimiento de su hermano encerrado en la piel de un puerco. Levantó un dedo y me señaló. Pínchale a ése ahora que tenemos fuerzas; parece más fuerte que el otro. Dejemos el más débil para el final. Mi gozo en un pozo. El siguiente sería yo. Noté cómo mi esfínter daba rienda suelta. Sentí como una ola de calor se dejaba caer desde las pantorrillas hasta la pezuñas de mis patas traseras y una repentina flojedad en las piernas. Le pedí a Dios que me desmayara y me hiciera pasar por aquel trance de la forma menos dolorosa posible, pero no sucedió nada. El matarife dio un paso hacia delante, y yo respondí con dos hacia atrás. El gordo tenía el pelo sucio y desordenado, y el frío hacía que cada vocanada de aire que tomaba le nublara de vaho la parte inferior de la cara, que era perfectamente redonda y se acompañaba de un par de mofletes llenos de minúsculas venas. Bajo ellos descansaba una tupida barba. El hijo de puta sabía bien su trabajo. Mi padre y mi hermano esperaban detrás de él, sin pena ni gloria, a que me ensartara para sacarme de allí. Entonces pensé que, si de todas todas me iba a matar, haría lo posible porque se llevara un recuerdo de mi parte.Así que cuando dio el siguiente paso y vi que se disponía a lanzar, certero, el brazo, me abalancé hacia él con todas mis fuerzas. Caímos los dos al suelo y quedé con las patas delanteras sobre su pecho. Nuestras miradas se cruzaron. Estaba asustado porque no se esperaba una reacción así de mí. Sin pensármelo dos veces me abalancé y le mordí la nariz, arrancando un trozo de tamaño considerable de la misma. Noté el sabor de la sangre en mi boca y me remonté a mi niñez, cuando acostumbraba a lamerme las heridas. La sangre se derramaba por mi garganta y no me quedaba más remedio que paladearla. El fluido vital del matarife me dio fuerzas. A pesar de esta victoria parcial no le di tiempo más que a proferir un entrecortado grito; me giré tan pronto como pude para rematar la faena con una tremenda coz que impactó en su hombro izquierdo. Casi al instante noté una sacudida violenta en el cuello y en décimas de segundo un dolor muy intenso me nubló la vista. Me habían cazado. Mi hermano y mi padre tiraban del gancho que pendía de mi cuello hacia fuera de la cuadra, y yo sólo podía dejarme llevar porque empujar en sentido contrario me provocaba un dolor insoportable. El matarife se levantó con la mano en la nariz y me propino varias patadas en el costado. No podía respirar y tropecé con alguna piedra. Caí al suelo. No había compasión, ellos seguían tirando de mí, arrastrándome hacia un desvencijado banco. Más patadas. Traté de gritar, pero en lugar de palabras coherentes salieron multitud de sonidos distorsionados, infinitamente agudos, en los que a duras penas se entendían las palabras “¡Socorro!”  y “¡Antonio, soy tu hermano!”. De haber estado mis ejecutores pendientes de escuchar mis alaridos y no de llevarme al patíbulo, hubieran entendido mi lenguaje, estoy seguro. Sin saber cómo, me subieron al banco y me ataron de costado al mismo. Pataleaba con todas mis fuerzas, pero mis extremidades sólo encontraban el aire frío de la mañana. El matarife seguía golpeando mi estómago mientras se tapaba la nariz con el pañuelo. Una vez inmovilizado, los cuatro -ellos y yo- nos dimos un pequeño descanso. Por unos segundos la atmósfera se lleno de un silencio sepulcral, sólo roto por las respiraciones aceleradas de todos. Mi hermano y mi padre le sugirieron al matarife ir al hospital más cercano, dadas las heridas que presentaba. El destrozo había sido grande, pero no tan grande como yo hubiera deseado. El hombro izquierdo presentaba una caída mucho más pronunciada que el derecho, y aunque el pañuelo escondía los daños de su nariz, la abundante sangre empujaba al optimismo. Él respondió a la sugerencia seguro de sí mismo “Antes acabaré con este hijo de puta”. Volví a defecarme encima. Sacó un cuchillo mucho más grande de lo normal y lo clavó en mi cuello. El metal estaba helado. Me sorprendió la ausencia del dolor, suplantado por una sensación de frío intenso. Mientras lo removía para causar el mayor destrozo posible me miraba a los ojos. Me palmeó la espalda y dijo “Déjate querer”. Cuando sacó el cuchillo la sangre brotó como un manantial incontrolado. Papá la recogía a duras penas; como podía, tratando de que el fluido encestara en una generosa lata de hojalata cuyo contenido original habían sido aceitunas. La removía continuamente a fin de que no se cuajara, pues la sangre líquida es el elemento principal de las morcillas. Desde el banco vi mi sangre dar vueltas en la lata. Levanté la cabeza para apoyarla en el banco y cerré los ojos. La muerte venía a buscarme y ya no me importaba. Los abrí una última vez y se cruzaron con los de mi hermano. Giré la cabeza y ahora quien me miraba era papá, lata en mano. Parecían tristes. Yo sólo deseaba una cosa en el mundo; que me dieran un beso y un abrazo, sólo eso, un simple beso, a poder ser acompañado de un abrazo. Pero eso no pasaría. Nunca había pasado en mi anterior vida, cuando era un hombre, mucho menos iba pasar ahora que me había convertido en un auténtico cerdo. Y con estos y otros pensamientos similares, decidí abandonarme a morir. Y por fin alcancé la libertad.
         
Posted by Marcos at 14:14:03 | Permalink | No Comments »

La chica pelirroja

Esta mañana he visto en el metro una chica que conocía. Al principio no era capaz de ubicarla en la memoria, pero con un par de giros de tuerca lo he conseguido. Me la presentaron el pasado mes de octubre en una fiesta de temática celta que organizaba un compañero de trabajo de mi hermano en una finca privada. La fiesta fue genial. Todo estaba muy bien ambientado, los disfraces de la gente, los niños bailando en torno a un tronco de árbol llameante que no dejó de consumirse hasta que amaneció, la música aflautada, los barriles de cerveza, el incienso inundándolo todo… A ratos parecía que de verdad estábamos en un poblado celta; desplazados cientos de años atrás. A medida que avanzó la noche unos se fueron recogiendo y otros acabaron tumbados a merced de los vapores alcohólicos y viandas sicotrópicas de que disfrutaron en la fiesta. Mi hermano cogió entonces la guitarra y yo canté junto al gigantesco tronco del árbol. Cuatro chicas se arremolinaron alrededor de la hoguera. Se sentaron con cuidado para no alterar la naturalidad con que mi hermano y yo representábamos canción tras canción. Entre letra y letra yo abría los ojos (suelo cantar con los párpados cerrados) e intentaba descubrir sus rostros entre las altas lenguas de fuego y las decenas de pavesas alborotadas que flotaban sobre el tronco. Cuando pasaron el tiempo y las canciones, las llamas no eran ya tan altas y empecé a diferenciar a las espectadoras, a recorrer los ángulos de sus caras, contemplar cómo alisaban sus faldas a las rodillas para no descubrirse frente a un hombre, a memorizar sus gestos, a disfrutarlas. El momento era tan especial que parecía capaz de enamorarme de cualquiera de ellas. Y yo percibía que ellas sentían lo mismo por nosotros dos.
En la despedida, los besos fueron más que puras uniones de piel, al menos así lo sentía, y parecía que los apretones de mejilla eran más efusivos de lo que manda el protocolo que seguiría cualquiera que conoce otra persona desde hace poco más de un par de horas. Sobre todo recuerdo la despedida de una pelirroja de rasgos casi perfectos. Tenía una hija de 3 ó 4 años de edad, aunque el padre ya no compartía su vida con ellas. Al despedirse de mí me rodeo con el brazo derecho y me apretó la espalda con la palma de la mano mientras cerraba los párpados y suspiraba despacio pero profundo. La miré a los ojos y me alejé lentamente.El caso es que me fui triste y con la firme idea de que yo sería el hombre salvador que sacara adelante esas dos mujeres, mujeres que no me fallarían jamás, y yo pasaría el resto de mis días con ellas; y esa niñita de pelo escarolado, con el tiempo, me daría unos nietos preciosos, y todos me verían morir anciano, en una gran cama mientras sonreía valiente a la señora de la guadaña. Esta mañana, 4 meses después de la fiesta, vi a esa pelirroja en el metro. Me reconoció. Yo a ella también. Eran las ocho y media. Demasiado pronto para tener ganas de hablar. Ella giró con distraído disimulo la cabeza hacia un lado, yo hice lo propio hacia el otro y aceleré el paso hasta perderme entre los pasillos. Olía a meados de vagabundo.
Posted by Marcos at 14:05:59 | Permalink | No Comments »