Tuesday, November 28, 2006

Lo de Jesucristo no está completamente demostrado

Cuando nació su hija le rebuscó bajo el brazo, pero no encontró pan alguno. En verano se arrimaba a buenos árboles, pero no había sombra alguna que le cobijara. Por frondosos que fueran siempre dejaban traslucir entre el follaje incómodos rayos. De adolescente tuvo muchos amigos pero a ninguno se le caían las monedas de los bolsillos, no escondían ningún tesoro. Para colmo de males, fue carne de mentirosos en multitud de ocasiones, pero siempre descubría antes cuándo una persona sufría de cojera que al propio mentiroso.

Sólo hubo un dicho de los que conoció en toda su existencia que fue rigurosamente cierto. Era algo así como “tómate la vida de forma positiva, total, nadie sale vivo de ella”. Pensó que ése sí era cierto, sobre todo porque lo de Jesucristo no estaba completamente demostrado. 

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Sunday, November 26, 2006

El hombre con el pene más grande del mundo

Ser el hombre con el pene más grande del mundo no era precisamente una bendición, pero tenía sus ventajas. Podía hacer el amor a distancia, sortear los charcos con una pértiga de carne y defenderse de los ladrones a mamporrazos. La principal desventaja residía en la imposibilidad de mantener relaciones con mujeres. De todas formas, no le importaba demasiado hasta que Marta murió. Era dulce, tenía unos pechos preciosos y olía a campo. Era el único ser que soportaba sus dimensiones y, en ocasiones, hasta parecía disfrutarlas. Aquella vaca era todo lo que necesitaba para ser feliz. Hasta el día en que le fallaron los topes de la verga. Se los mandó hacer a un herrero del pueblo de al lado. Los topes funcionaron durante quince años sin problemas, pero el día que los rompió estaba excitado sobremanera. Marta le miraba con querencia y él le daba candela con suciedad, tirándole del rabo mientras le embestía el ano. Vio cómo su cosa se iba hinchando cada vez más, aprisionada por el aro de hierro que no permitía que todo aquello entrara dentro de Marta. Se hinchaba paulatinamente, era como una sortija anillada a una barra de lomo embutido, algo imposible, irreal. Entonces se oyó un chasquido y todo su falo entró sin control. Marta gritó de lo lindo y murió de puro disfrute. Desde entonces, hacía ya cuatro años, no había mantenido una sola relación sexual satisfactoria. Es cierto que un día metió la verga por las rejas de la puerta del zoológico y perforó a un par de elefantas y a una jirafa, pero nada era comparable con la calidez del sexo de Martita.

El hombre con el pene más largo del mundo pensaba estas cosas mientras removía los cubitos de hielo con el dedo índice, distraído. En el bar sólo se encontraban el camarero y una clienta.

-Perdone, ¿es usted el hombre con el pene más largo del mundo?

La tía era mucho más que fea. Era aterradora.

-Es posible ¿qué le hace pensar eso?

-Es que ahí, sentado en el taburete, se le ve el capullo por el bajo del pantalón.

-Aha…

-De todas formas conozco un tipo con una tranca más sobredimensionada que la suya.

-Es posible, pero lo dudo. Aquí dentro hay más manguera de lo que cree.

-Demuéstrelo.

El hombre con el pene más grande del mundo se quitó la americana y la camisa, y después se deshizo de los pantalones, allí mismo, en la barra. Llevaba todo enroscado al cuerpo, desde el pecho hasta la cintura. Ella miró asombrada.

-Jamás había visto nada igual. ¿Sabe una cosa?, yo soy la persona con la vagina más profunda del mundo.

-¿Quiere que probemos?

-Perfecto.

Estuvieron toda la noche intercambiando fluidos. El hombre con el pene más largo del mundo disfrutó más que con Marta.

-Nena, ha sido genial, ¿verdad?

-Me lo paso mejor con mi marido…

-No me jodas…

En ese momento salió de la habitación un tío descomunalmente alto, desnudo, con un leve cacahuete por pene. Era minúsculo, irrisorio, a decir verdad, el hombre con el pene más grande del mundo estaba seguro de que aquél era el hombre con el pene más pequeño del mundo.

-Este es mi marido.

-¿Y disfrutas más con él que conmigo? Vamos, ese nabo es una mierda. Lo que dices no tiene justificación.

-Sí la tiene. Soy la mujer con el ano menos profundo del mundo.

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Wednesday, November 15, 2006

No tengo ni media hostia

Doce años. Estatura media. Ni alegre ni triste. No estudiaba ni poco ni mucho, lo justo para aprobar. Era silencioso, el clásico desapercibido. Sólo protagonista cuando era objeto de la crueldad irrefrenable de quienes están a las puertas de la pubertad. Algo que sucedía con demasiada frecuencia. 

Carecía de amigos aunque comprendía a la perfección el término amistad. Pasaba los recreos a solas, deambulando por el patio, esperando a que sonara la sirena que alejara la mofa y los golpes; la sirena que obligaba a volver a las aulas, una cárcel segura. Detestaba el recreo y los doscientos metros que separaban el colegio de la puerta de su casa. Cuando faltaban diez minutos para salir, sudaba, sentía fuego en el estómago; un ventilador en la garganta secándolo todo y temblores. Sobre todo temblores. Fin de las clases. Un campo minado. Afirmaba las manos al pecho aprisionadas por las asas de la mochila; agachaba la cabeza y emprendía el camino a casa con la única visión de sus zapatos ortopédicos y las baldosas del suelo. Precipitación de collejas. No levantaba el gesto. Escupitajos, pero tampoco. Aquel día contó doce colillas durante el camino. Contar colillas ayudaba a olvidar los golpes. La humillación era una mácula que permanecía mucho más allá de esos doscientos metros. Lloraba de noche, atrincherado en las sábanas. Una puerta que se abre.

-Hijo, ¿qué te pasa?

-Nada…

-Te volvieron a pegar, ¿no es eso?

-Sí…

-Pues defiéndete maricón. Mira a tu hermano, él sabe ganarse el respeto.

Era cobarde. Intentaba ser valiente pero ése era un estado inalcanzable. Intentaba entrenarse en el odio; sin resultados. No había nacido para odiar. Cuestión de genética. Un día decidió que, ya que no podía ser valiente debido a su naturaleza, huérfana de odio, intentaría sacar todo pensamiento de sí y, con la mente tan llana como la línea del horizonte, tan llena de frialdad como antes rebosante de cobardía, trataría de hacer frente a la situación. Y así obró.

-Sierra, dicen que Rojo Barroso se va a pelear hoy con Padilla. ¿Quién crees que ganará? -Sierra recibió un capón-. Responde ya, so mierda.

Rojo Barroso era un repetidor alto, espigado en extremo, tan delgado que parecía sujetarse al suelo con la misma descoordinación que se sujeta una marioneta manejada por un aprendiz. Era el primero en la jerarquía de la clase, y eso que nadie le había visto batirse a puñetazos con rival alguno. En apariencia era débil pero contaban que fue capaz de tumbar a un bachiller de un sólo golpe, y tumbar a un bachiller no era cosa baladí. Habladurías. Ese era todo su crédito. Sierra respondió.

-Creo que Padilla le va a zurrar de lo lindo. A Rojo le podría dar una tunda hasta yo. Se cree mierda pero no llega a pedo. Ni siquiera es eso; es un pedo que se resiste a salir, de esos que parece que van a sonar pero luego ni salen ni huelen ni nada de nada. Vamos, que es un proyecto de pedo.

El interrogador dio dos pasos hacia atrás. Miró con respeto a Sierra.

-Muy bien, se lo diré a Rojo, a ver qué opina de eso.

-Me parece de puta madre.

El chaval se marchó aturdido por la respuesta de Sierra, y Sierra se sorprendió de lo sencillo que había sido reflejar valentía.

Diez minutos antes de que sonara la sirena que anunciaba la salida, Sierra no temblaba, el ventilador de su garganta se había apagado y mantenía el pulso firme, inamovible. Mente en blanco. Todo era concentración para mantener un nivel óptimo de frialdad en cada parte de su cuerpo, en cada jirón de piel. Salió de clase con las manos en los bolsillos y la cabeza alta. Ni una sola colleja. Una cola de varias decenas de chicos serpenteaba tras él. No contó ni una sola colilla. El mundo era de los depredadores y él estaba a punto de situarse en lo más alto de la pirámide. Adivinó en la puerta del colegio, entre un grupo de chavales, la figura acipresada de Rojo Barroso. Se dejaba tocar por un pañuelo que, anudado a la frente, le daba un aspecto fiero, de luchador aguerrido, de chico malo de barrio desangelado.

-¿Qué has dicho de mí?

-No lo recuerdo pero seguro que ninguna mentira.

Rojo levantó la mano derecha y Sierra no esperó. El flaco encajó una patada en el estómago y dos puñetazos. Tres cabezazos en la nariz. Besó la lona. Sangre de Rojo Barroso en la frente de Sierra. Le remató con una decena de patadas. Después le pisó la cabeza un par de veces para comprobar que no se movía. Sierra se giró al público.

-No habéis pagado entrada, así que me lo cobraré de otra manera. El próximo que no me trate de usted no tendrá de mí la clemencia que he tenido con Rojo.

Desde entonces, Sierra fue respetado y le tuvieron por valiente.

Sólo tres cuartas partes de este relato son ciertas. La mentira comienza en el momento en el que Sierra golpea a Rojo. La realidad es que Sierra lloró sujeto a los tobillos del flaco. Rojo no tuvo ni siquiera que usar los puños. A decir verdad, los mantuvo dentro de su raída cazadora de pana. Sierra pidió clemencia arrastrándose por el suelo. El público reía y Rojo, exultante, alentaba a la multitud a insultar al chaval.

Llegué a casa llorando, y llorando pasé la noche. Muchas veces pienso que si me cruzara con Rojo le daría la ensalada de puñetazos que se merecía porque el cabrón del flaco no tenía ni media hostia, pero no lo digo muy alto, no sea que me oiga…

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Monday, November 6, 2006

El Coronel sí tiene quien le escriba

El Coronel era alto y ciértamente simpático. Con esos centímetros de más y el carácter halagüeño ponía en entredicho la máxima que reza que todo militar de alto rango suele ser menudo y hacer gala de malos hígados. Se dejaba besar por un frondoso y cuidado bigote, alfombraba su cabeza con una mata de pelo separada al medio con tiralíneas y fumaba tabaco de liar. Era un buen tipo. Tenía la virtud de diferenciar a los buenos de los malos con sólo mirar a los ojos. Yo pelaba patatas en el cuartel hasta que un buen día nos hizo formar. Buscaba chófer. Clavó su mirada en todos los cadetes, uno por uno. Daba un par de pasos y miraba al siguiente. Otro par de pasos y otra mirada. Otros dos pasos, otras dos pupilas. Así hasta que llegó a mí.

-Tú serás mi chófer.

-Sí, señor.

Nunca se portó mal conmigo. Haciendo uso de ese don que le había sido otorgado, en una ocasión me sacó de un aprieto. Alguien había robado una pistola del cuartel, y se dio la casualidad de que el ladrón se encontraba dentro del barracón en el que yo dormía. Éramos seis infelices, sólo seis, pero lo primero que hizo el Coronel fue ordenar que a mí me dejaran libre porque estaba seguro de que yo no había sido.

Todos los jueves cogía el coche y recogía al Coronel en las oficinas. Conducía por las angostas calles del Ferrol, siempre hasta el mismo destino. El tipo subía a un edificio ni demasiado ruin ni demasiado ostentoso, y bajaba a la media hora. Siempre media hora, ni más ni menos. A  mí me tenía intrigado. Los domingos yo solía llevarle a él y a su mujer a misa, una yegua morena, rotunda, de ojos coronados por generosas pestañas, labios carnosos y caderas perfectamente exageradas. Era casi tan alta como el Coronel y apuntaba con un busto contundente. Sus pechos tenían la dureza justa para no derramarse a golpe de tacón pero temblaban de tal forma que cualquier maricón de nacimiento hubiera abrazado la fe verdadera.

Un jueves el Coronel modificó el guión. El destino no era aquella casa en apariencia intranscendente, sino una cafetería. Yo me quedé en el coche pero no pude evitar escudriñar desde la ventanilla con quién se estaba viendo. Lo que sospechaba; una mujer. Salieron de la cafetería a la media hora y el Coronel me ordenó que fueramos a la dirección de siempre. Yo miraba por el retrovisor a su acompañante. Era horrible. Creo que desde aquella visión mi libido perdió enteros para siempre. Era una cincuentona pasada de kilos, con la cara picada de viruela y una nariz tan afilada y curva como la cimitarra de un infiel. Media hora, no tardó ni más ni menos en bajar. Durante el camino de vuelta al cuartel yo no dejaba de darle vueltas al asunto, me corroía la curiosidad pero no tenía arrojo suficiente para preguntarle al Coronel en torno a la duda que me asaltaba. “Qué cojones”, me dije después de diez minutos de elucubraciones.

-Mi coronel ¿le puedo hacer una pregunta?

-Me la estoy tirando. Era eso lo que quería saber, ¿verdad?

-No. Al menos no exactamente…

-Adelante.

-Teniendo usted una mujer como la que tiene ¿por qué se va con una mujer tan… tan…

-¿Tan poco femenina quizás? ¿Tan fea… quería decir?

-Sí mi coronel. Su mujer, si me lo permite, es jamón de pata negra, una hembra como Dios manda. La otra con la que se cita no está a la altura.

-Es simple, cadete: cuando uno come demasiado jamón, de vez en cuando le apetece un bocadillo de tortilla, y si puede ser enterrado en dos rebanadas de pan de ayer, mejor que con pan de hoy.

Estuve un rato callado, pensando en lo que había dicho mientras me dejaba acunar por el traqueteo del coche. Hasta que el Coronel me habló.

-¿En qué está pensando, cadete?

-Quiere la versión oficial o la verdad.

-Siempre la verdad.

-Pienso que es usted un hijo puta muy ’salao’.

Y a fe que lo era. Me pregunto ahora si el Coronel estará vivo, si seguirá compartiendo su vida con la jaca despampanante que era su mujer. Sí, creo que sí. Era animal de costumbres. Treinta y cinco años después de aquello estoy seguro de que su querida de entonces es más apetecible que su mujer de ahora. El tiempo, que hace estragos. Tiene huevos la cosa pero el cabrón tenía razón.

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Sunday, November 5, 2006

Uno no sabe por qué

Uno no sabe por qué, pero escribe. Cuando llueve, porque llueve, cuando hace frío, porque se siente calentado a golpe de palabra, cuando hace sol, porque ve la luz, cuando es feliz, porque esas cosas siempre hay que contarlas. Uno escribe y escribe, y no sabe nunca a dónde le van a llevar las frases. Uno escribe porque es la única forma de inmortalizar el pensamiento, de hacerlo cautivo en una jaula de papel. Uno escribe porque se deja llevar; no hay nada más hermoso que ver cómo una palabra es capaz de caminar detrás de otra; y bailan, y suenan, y tienen vida, y sientes algo por dentro inexplicable porque sabes que eso que has escrito tiene ritmo, huele bien, te excita, te aparta de todo. Uno escribe por ser más sincero consigo mismo. Creo que uno escribe para leerse y ser leído por los demás. Sí, eso creo. El resto son pamplinas. Esos que dicen que escriben para sí y que odian que les lean son la mierda más mierdosa del universo mierdil. Sin embargo, debo reconocer que hay alguien a quien no me gusta enseñarle mis relatos. Es un cabrón sedicioso; no perdona una. Aquí te falta una tilde, aquí un punto, esa idea cojea, ésa otra no tiene gancho… y aquí… ¿qué coño quieres decir con eso? A veces le agarraría del cuello y le echaría fuera de mi casa a patadas. Qué asco, cómo le huele el aliento. Deberían decírselo. Sé que cuando se pone nervioso vomita. Y sé que se siente frustrado pero yo tengo más clase que todo eso y no voy a echárselo en cara, no voy a ser igual que él. A veces se despierta y piensa durante horas en la muerte. Le aterra. Piensa en enfermedades venéreas, en el cáncer, en la esclerosis múltiple y en los infartos de corazón. Es un cobarde. Pero tengo que reconocer que a veces -de forma muy puntual- no me disgusta del todo la forma en que escribe. Por eso le aguanto.
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Thursday, November 2, 2006

Yo soy yo, tú eres tú, yo soy tú y tú eres yo

Él es el ruido de las llaves, un portazo cada noche.

Yo soy un niño demasiado afilado, huesudo, miedoso.

Él es el silencio por norma, la economía en el verbo.

Yo soy un niño que trata de desaparecer bajo una sábana.

Él es el respeto llevado al extremo, más aún que un dictador, el propio dictado.

Yo hago del silencio mi invisibilidad.

Él es la puerta de mi cuarto que se entorna.

Yo soy los ojos que se cierran, el pulso acelerado.

Él es el padre, yo soy el hijo.

 Nosotros dos somos el tiempo que pasa, heridas restañadas, heridas que supuran. Cambio de poderes.

Yo soy quien entra sin hacer ruido, quien evita la familia, lo social.

Él pretende que el encuentro sea casual, fortuito, natural.

Yo regateo las palabras en el pasillo, internada hasta la cama.

Él intenta entornar con distintas intenciones la puerta.

Yo soy el sereno de mi habitación, el guardián del cerrojo.

Yo soy la llave que suena, el portazo que se aleja.

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Wednesday, November 1, 2006

Una muñeca de trapo. Una niña. Toda la vida con resfriado.

Pupita No era demasiado alta ni demasiado baja. No tenía los ojos más hermosos de la tienda ni tampoco los más apagados. No era la más costosa ni tampoco la más asequible, pero María vio en ella algo que no tenían las demás. Alargó el brazo y tiró de la falda de su madre. Señaló la muñeca. La madre, complaciente, retiró del mostrador la escultura de trapo.

Desde entonces fueron inseparables. Pupita siempre estuvo en los malos momentos para dejarse abrazar por María. Daba igual que el motivo fuera una reprimenda paterna o una oscura y lluviosa noche de invierno en la que los miedos de un niño multiplican su dimensión. Ella se dejaba hacer, recibía los abrazos, casi asfixiada, hasta que María se quedaba dormida. A veces, si el llanto era muy intenso, Pupita acababa con la ropa empapada y se veía obligada a dormir de esa guisa. La mayoría de esos días se levantaba resfriada. No le importaba; le bastaba con ver a María feliz, lo demás daba igual. Poco a poco se hicieron más amigas. María no renunciaba nunca a la compañía de Pupita y acudían juntas al zoológico, a columpiarse, al circo… El tiempo pasó y María fue creciendo. Era ya toda una adolescente y le rondaban varios jovencitos. La amistad entre ambas seguía siendo una piedra inamovible, o al menos así lo creía Pupita, hasta que un giro inesperado del destino modificó la situación. Un día de tantos se quedaron dormidas frente al televisor, y quiso el infortunio que en ese mismo instante una compañera de clase llamara a la puerta. La madre la hizo entrar y la compañera descubrió a María fundida en un abrazo con Pupita. La noticia se extendió como una bola de harina al chocar contra un muro. María ya no podía ver a Pupita, la aborrecía. Sus amigas se reían de ella. Dejó de abrazarla, de besarla, y Pupita dormía ahora todos los días con la ropa mojada pero esta vez víctima de sus propias lágrimas. Finalmente y tras una larga agonía, decidió desaparecer. Se arrastró por el suelo -ahora dormía bajo la cama- y coronó la silla que daba acceso a la ventana. Se dejó volar. Calló sobre una pila de desperdicios y fue barrida de madrugada por los empleados que se encargan de adecentar la ciudad. Acabó en el interior de un curioso artilugio triturador. Contempló con pasividad cómo su brazito quedaba hecho jirones. La diminuta falda de tablas se convirtió en una hermosa nevada de volutas de tela que inundó el oscuro habitáculo y sintió como su carita se abría en dos, separada por los implacables brazos de hierro. Lo último que se llevó de este mundo fue el sonido de uno de sus ojillos de plástico al tintinear contra las paredes de metal.

La noche en la que murió la mamá de María, Dios abrió la llave de paso y derramó hasta la última de sus lágrimas sobre las calles, las avenidas, los puentes, los tejados de pizarra, sobre los zapatos de piel de un grupo de ejecutivos y sobre los periódicos con los que los menos previsores trataban de guarecerse de la lluvia. Ella subió despacio las escaleras hacia la planta de arriba, abrió la puerta del cuarto y se desmoronó sobre la cama. Estuvo llorando tres horas seguidas en la más soledad de las soledades. Había perdido a sus amigas, había perdido a su madre y no le quedaba nada a lo que agarrarse… ¡No!… pensó… todavía queda algo…

Dejó caer el brazo, lánguido, y recorrió con la punta de los dedos la moqueta. Alarmada al no encontrar lo esperado, se asomó con el cuerpo entero aún sobre el colchón y la cabeza penduleando en busca de Pupita.

Aquella mañana María se levantó estornudando. Pasó toda la vida resfriada.

 

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