Doce años. Estatura media. Ni alegre ni triste. No estudiaba ni poco ni mucho, lo justo para aprobar. Era silencioso, el clásico desapercibido. Sólo protagonista cuando era objeto de la crueldad irrefrenable de quienes están a las puertas de la pubertad. Algo que sucedía con demasiada frecuencia.
Carecía de amigos aunque comprendía a la perfección el término amistad. Pasaba los recreos a solas, deambulando por el patio, esperando a que sonara la sirena que alejara la mofa y los golpes; la sirena que obligaba a volver a las aulas, una cárcel segura. Detestaba el recreo y los doscientos metros que separaban el colegio de la puerta de su casa. Cuando faltaban diez minutos para salir, sudaba, sentía fuego en el estómago; un ventilador en la garganta secándolo todo y temblores. Sobre todo temblores. Fin de las clases. Un campo minado. Afirmaba las manos al pecho aprisionadas por las asas de la mochila; agachaba la cabeza y emprendía el camino a casa con la única visión de sus zapatos ortopédicos y las baldosas del suelo. Precipitación de collejas. No levantaba el gesto. Escupitajos, pero tampoco. Aquel día contó doce colillas durante el camino. Contar colillas ayudaba a olvidar los golpes. La humillación era una mácula que permanecía mucho más allá de esos doscientos metros. Lloraba de noche, atrincherado en las sábanas. Una puerta que se abre.
-Hijo, ¿qué te pasa?
-Nada…
-Te volvieron a pegar, ¿no es eso?
-Sí…
-Pues defiéndete maricón. Mira a tu hermano, él sabe ganarse el respeto.
Era cobarde. Intentaba ser valiente pero ése era un estado inalcanzable. Intentaba entrenarse en el odio; sin resultados. No había nacido para odiar. Cuestión de genética. Un día decidió que, ya que no podía ser valiente debido a su naturaleza, huérfana de odio, intentaría sacar todo pensamiento de sí y, con la mente tan llana como la línea del horizonte, tan llena de frialdad como antes rebosante de cobardía, trataría de hacer frente a la situación. Y así obró.
-Sierra, dicen que Rojo Barroso se va a pelear hoy con Padilla. ¿Quién crees que ganará? -Sierra recibió un capón-. Responde ya, so mierda.
Rojo Barroso era un repetidor alto, espigado en extremo, tan delgado que parecía sujetarse al suelo con la misma descoordinación que se sujeta una marioneta manejada por un aprendiz. Era el primero en la jerarquía de la clase, y eso que nadie le había visto batirse a puñetazos con rival alguno. En apariencia era débil pero contaban que fue capaz de tumbar a un bachiller de un sólo golpe, y tumbar a un bachiller no era cosa baladí. Habladurías. Ese era todo su crédito. Sierra respondió.
-Creo que Padilla le va a zurrar de lo lindo. A Rojo le podría dar una tunda hasta yo. Se cree mierda pero no llega a pedo. Ni siquiera es eso; es un pedo que se resiste a salir, de esos que parece que van a sonar pero luego ni salen ni huelen ni nada de nada. Vamos, que es un proyecto de pedo.
El interrogador dio dos pasos hacia atrás. Miró con respeto a Sierra.
-Muy bien, se lo diré a Rojo, a ver qué opina de eso.
-Me parece de puta madre.
El chaval se marchó aturdido por la respuesta de Sierra, y Sierra se sorprendió de lo sencillo que había sido reflejar valentía.
Diez minutos antes de que sonara la sirena que anunciaba la salida, Sierra no temblaba, el ventilador de su garganta se había apagado y mantenía el pulso firme, inamovible. Mente en blanco. Todo era concentración para mantener un nivel óptimo de frialdad en cada parte de su cuerpo, en cada jirón de piel. Salió de clase con las manos en los bolsillos y la cabeza alta. Ni una sola colleja. Una cola de varias decenas de chicos serpenteaba tras él. No contó ni una sola colilla. El mundo era de los depredadores y él estaba a punto de situarse en lo más alto de la pirámide. Adivinó en la puerta del colegio, entre un grupo de chavales, la figura acipresada de Rojo Barroso. Se dejaba tocar por un pañuelo que, anudado a la frente, le daba un aspecto fiero, de luchador aguerrido, de chico malo de barrio desangelado.
-¿Qué has dicho de mí?
-No lo recuerdo pero seguro que ninguna mentira.
Rojo levantó la mano derecha y Sierra no esperó. El flaco encajó una patada en el estómago y dos puñetazos. Tres cabezazos en la nariz. Besó la lona. Sangre de Rojo Barroso en la frente de Sierra. Le remató con una decena de patadas. Después le pisó la cabeza un par de veces para comprobar que no se movía. Sierra se giró al público.
-No habéis pagado entrada, así que me lo cobraré de otra manera. El próximo que no me trate de usted no tendrá de mí la clemencia que he tenido con Rojo.
Desde entonces, Sierra fue respetado y le tuvieron por valiente.
Sólo tres cuartas partes de este relato son ciertas. La mentira comienza en el momento en el que Sierra golpea a Rojo. La realidad es que Sierra lloró sujeto a los tobillos del flaco. Rojo no tuvo ni siquiera que usar los puños. A decir verdad, los mantuvo dentro de su raída cazadora de pana. Sierra pidió clemencia arrastrándose por el suelo. El público reía y Rojo, exultante, alentaba a la multitud a insultar al chaval.
Llegué a casa llorando, y llorando pasé la noche. Muchas veces pienso que si me cruzara con Rojo le daría la ensalada de puñetazos que se merecía porque el cabrón del flaco no tenía ni media hostia, pero no lo digo muy alto, no sea que me oiga…