Sunday, December 31, 2006

Joder, qué asco me dáis

Tiendo a rechazar a la gente que dice sentir odio visceral por la navidad. También a quienes confiesan que los cuarenta principales son basura y arrojan mierda sobre David Bisbal, Bustamante o la política internacional de George Bush. No es que esté en desacuerdo con ellos, es que hacen propia una retahíla de razonamientos que les hace sentirse dentro de la progresía. Vierten carretillas de estiércol sobre aquellas formas de vida que consideran la biblia de la mayoría porque ellos se creen diferentes, distintos, nacidos para grandes cosas. Una ojeada y te das cuenta de que son parte de otro grupo social, tan deleznable o más que aquél al que suelen apedrear. Ellas, con bolsos como forrados de papel charol, flequillos rematadamente perpendiculares al suelo, labios rojos y la palabra cultura como maquillaje obligado de cada conversación. Ellos, con las clásicas gafas negras, chaquetas de pana y un calzado a caballo entre el zapato y la zapatilla. Hace poco fui invitado a un concierto de un grupo fetiche para ese rebaño social y tuve alucinaciones. En la barra había siete u ocho camareras idénticas, e idénticas también a la mayoría de las féminas que abarrotaban la sala de espectáculos. Los machos eran también clones unos de otros, y encontraba yo el respiro visual en el personal de seguridad que, si bien iba también uniformado, al menos lo era en menor proporción que el resto. Esta turbamulta me da arcadas. Sin embargo, lo que ellos denominan ‘la masa social’, es decir, nosotros, el total de la gente, no quiere más que aquello que nos es ofrecido en bandeja, sin rebuscar, algo que nos concede cierta oportunidad al perdón -gracias ¡oh, ‘gilipopis’ del mundo! Muchas gracias por concedernos vuestra clemencia-. Ellos, que se piensan en lo acertado, no son más que un subgrupo de la masa social, un fallo genético, una deformación que se hincha a cannabis porque piensa que ésa es una droga que estimula el intelecto. Cuanto más extraño sea el nombre de la banda de música de turno, más hermosa es su música… o sus libros, o sus pinturas, o su obra arquitectónica, o lo que quiera que hagan relacionado con el mundo del arte. Son así. Pero no hay nada distinto en ellos, escuchas los gustos de uno, sabes los de todos. Esa es la gente que suele confesar “odio la navidad”. Pues bien, a mí me gusta la navidad, aunque sólo sea el pretexto que tenemos la mayoría de laicos pseudocristianos para reunirnos en torno a una mesa a charlar, sólo por eso, me gusta, y creo que es necesaria. Tú, que estás dándote por aludido, soplapollas del carajo, que sepas que sé que has cenado con tu familia, has comprado regalos a tus sobrinos y has dejado los zapatos bien limpitos en torno a un también pseudoarbol de navidad -¿alguien ha tenido uno de verdad?-. Así que no me vengas con gilipolleces, si te crees distinto, vete a celebrar las navidades a las llanuras del Serengueti, con cualquier ONG dedicada a la defensa de los derechos de los niños malnutridos del siempre malnutrido continente africano. Procura que no falten activistas de Greenpeace ni tampoco, claro está, tu cámara digital de mil megapíxeles para vacilar luego de imágenes con los amiguetes al volver a tu ciudad. Joder, qué asco me dáis. 

Posted by Marcos at 18:42:59 | Permalink | Comments (4)

Monday, December 11, 2006

Tengo que dejar de fumar

Llego a la redacción puntual, a eso de las diez menos cinco. No me lo pienso demasiado. Enciendo el ordenador y me pongo a escribir. El periódico ha cerrado y estamos esperando a que se concreten los flecos del despido. Quince días por delante sin periódico. Nada que hacer. La insensatez de la burocracia obliga a permanecer anclados a una silla cumpliendo ocho horas diarias las próximas dos semanas. Cosas de los despidos. Yo tecleo y tecleo, y los compañeros me miran como diciendo “¿Qué coño escribe éste ahora?”. Yo imagino la conversación:

-¿Qué escribes Marcos?

-Nada en particular. Escribo para no perder la forma. Ya sabes, los dedos se atrofian y pierdes facultades, quiero estar a tope por si llega alguna oportunidad.

Lo digo a pesar de que las oportunidades no dependen de la destreza en la palabra que se pinta, pero de vez en cuando hay que ser un romántico imposible. Lo digo a pesar de que las entrevistas de trabajo para redactores están por encima de la forma en que uno escribe. Me levanto a por un vaso de agua de la máquina. Qué coño le echarán para que cada diez minutos haya que ir a por otro vaso más. Me cruzo en el pasillo con la persona con la que tenemos que negociar los despidos. Traje impoluto, nudo de corbata estilo ‘Windsor’ y, previsiblemente, casa ostentosa de veraneo. Vuelvo a mi puesto de trabajo. Hace unos días se especulaba con el cierre de la empresa. Hace unos días a mi abuela le daba la décima angina de pecho. En el hospital decían que no había solución. El médico era un tipo extraño, que hablaba sin mirar a los ojos, con la cabeza siempre ladeada hacia la izquierda y el aliento ágrio: “No se puede hacer nada, hay que ver cómo evoluciona”. Yo barruntaba que esa respuesta respondía a los criterios de la Seguridad Social, ya saben, “a ver si a la abuela le dan dos o tres anginas fuertes, a poder ser mejor un infarto, y deja pronto la cama libre”. Pero ella los tiene gordos y bien puestos. Un mes después y veinte anginas más tarde el doctor dijo que había una opción, quirófano mediante. Me gustó la actitud de la abuela, que en mi interior se tornó más como el hecho de ponérselo complicado al sistema que a las innatas ansias de vivir. En el momento que se habló de quirófano hice un trato con Dios. “Eh, Dios -dije- te ofrezco el cierre de la empresa a cambio de que la operación vaya bien”. Parece que me escuchó. La operación fue un éxito. El post-operatorio es harina de otro costal. Fui a verla hace poco. Respiraba de forma débil, le dolía el pecho a rabiar y se deseaba a sí misma la muerte. Dios, en ocasiones, concede lo que se le pide pero los intereses a pagar son muy altos, lo que demuestra sin concesión al error que Jesucristo era judío. 

La abuela comparte habitación con dos ancianas también tocadas del corazón. Una de ellas se llama Julia y es divertida. Julia se levanta al baño y cuando vuelve me mira y da dos o tres pasos de baile. El camisón, casi transparente, le queda grande y danza descalza. A los ojos de cualquiera es una vieja patética, pero decido ir más allá y descubro en su baile un guiño a la muerte de lo más acertado. Bailemos sobre el filo de la guadaña. Esa misma tarde nos dan la noticia del cierre de la empresa. Dios todopoderoso, qué rápido te cobras lo que otorgas, aunque tienes razón, un trato es un trato. A los dos días vuelvo al hospital. Está algo mejor pero no come. Pide la cuña para orinar y solicita que la dejemos en compañía de la intimidad. Bajamos a fumarnos un cigarro a la calle mi hermano, un familiar y yo. Hablamos del sindicalismo, de lo déspotas que son los jefes, de las batallas obreras de hace treinta años, de lo unidos que estaban los trabajadores hace dos décadas y de lo poco que lo están los jóvenes de ahora. Cosas que no me interesan porque no creo en ellas. Cuando entramos de nuevo descubro un Belén monumental, el mismo que cada navidad levanta el personal del hospital Ramón y Cajal. Delante de él hay una paciente octogenaria en una silla de ruedas que rompe a llorar; una hija sujeta a los mandos del artilugio: “por qué lloras mamá… anda no llores, pero por qué lloras”. Llora porque tiene lágrimas, porque se siente viva o demasiado cerca de la muerte, llora porque tiene ganas, porque llorar, en ocasiones, es hermoso y le hace a uno más feliz que reír. Déjela llorar en paz.                       

Al subir otra vez a la planta de enfermos coronarios (no sé por qué se llama así, no vi a nadie con corona) nos asalta sin avisar un fuerte olor a heces. Yo apuro el paso para llegar cuanto antes a la habitación 427 y dejar atrás al enemigo. Al entrar el hedor se intensifica. Lo de la abuela fue finalmente algo más sólido que el orín. En ese momento considero la posibilidad de que Dios no cumpla con su parte del trato, o de que finalmente no lo acepte y el periódico siga adelante y, por consiguiente, la abuela no aguante el post-operatorio. Hay un aparato con tres bolas unidas a un tubo de plástico. Está destinado a que los pacientes operados de corazón soplen para fortalecer su musculatura torácica. Julia está tumbada, dolorida. Un enfermero le ofrece el tubo para que sople. Julia no cede: “Anda y que le den por culo al aparatito… no te jode… putas ganas tengo de soplar”. Sonrío mientras me pongo el abrigo. Tiene muchos arrojos esta Julia. Le doy un beso en la frente a la abuela. Ella se limpia el sudor después del beso. Y me mira, y piensa que me debe dar asco besar un pellejo como el suyo. A mí me emociona ver que sigue adelante, y escondo las lágrimas tragando saliva, mordiéndome los carrillos por dentro. Cuando salgo a la calle el frío atraca a mano armada. Enciendo un cigarrillo y me digo por enésima vez que es el último, pero sé que no lo será. Observo a mi hermano y soy consciente de que si la vida sigue su curso lógico, él envejecerá, al igual que lo ha hecho la abuela. Y al igual que la abuela, las pasará putas, pero sé que si ese curso lógico se cumple de igual forma conmigo, es posible que yo no lo vea porque soy el hermano mayor y moriré antes. Me agrada la idea de no verle sufrir y quiero darle un beso, pero claro, soy el hermano mayor y esas cosas no se destilan en tales jerarquías. O eso es lo que creo. Cuando he llegado a casa me he encendido otro cigarro y me he dicho a mí mismo: “Tengo que dejar de fumar”.

Posted by Marcos at 01:31:22 | Permalink | Comments (1) »

Sunday, December 10, 2006

Date por ‘eludido’

Tú eres alto, eres fuerte, eres inteligente. Tú vistes el cuerpo de musculatura extrema. Tú tienes a las chicas a tus pies, el don de la palabra, el dinero por castigo. Tú, si estudias, siempre apruebas. Tú estás por encima de la ley, porque la ley eres tú. Tú nunca te equivocas. Si compites, tú siempre ganas. Tú nunca te meas fuera, tú eres tú en grado superlativo. Pero yo estoy vivo, no lo olvides. Yo disfruto del olor a quemado en un día de temperatura por debajo del número redondo. Yo sé hacer el amor, yo sé amar. Yo me río de los pedos que se tiran mis amigos y respondo con más pedos, y ellos se ríen más aún. Porque yo tengo amigos y tú gente que baila orbitando a tu alrededor aguzando el oído al son del tintineo de monedas. Yo escupo sobre tus banderas, sobre tu credo y sobre la familia que te cagó manchando de mierda este mundo. Tú odias el metro, yo amo el olor a charcos que en los días húmedos impone su dictadura en el suburbano. Me hipnotiza la multitud, el roce de un extraño, un tropezón, un “perdone usted”, la mirada de quien solicita el perdón, y también la de su acompañante que, paraguas en mano, parece también querer pedirlo. Gracias a Dios, tú eres tú y yo soy yo.
Posted by Marcos at 23:39:32 | Permalink | Comments (3)