Joder, qué asco me dáis
Tiendo a rechazar a la gente que dice sentir odio visceral por la navidad. También a quienes confiesan que los cuarenta principales son basura y arrojan mierda sobre David Bisbal, Bustamante o la política internacional de George Bush. No es que esté en desacuerdo con ellos, es que hacen propia una retahíla de razonamientos que les hace sentirse dentro de la progresía. Vierten carretillas de estiércol sobre aquellas formas de vida que consideran la biblia de la mayoría porque ellos se creen diferentes, distintos, nacidos para grandes cosas. Una ojeada y te das cuenta de que son parte de otro grupo social, tan deleznable o más que aquél al que suelen apedrear. Ellas, con bolsos como forrados de papel charol, flequillos rematadamente perpendiculares al suelo, labios rojos y la palabra cultura como maquillaje obligado de cada conversación. Ellos, con las clásicas gafas negras, chaquetas de pana y un calzado a caballo entre el zapato y la zapatilla. Hace poco fui invitado a un concierto de un grupo fetiche para ese rebaño social y tuve alucinaciones. En la barra había siete u ocho camareras idénticas, e idénticas también a la mayoría de las féminas que abarrotaban la sala de espectáculos. Los machos eran también clones unos de otros, y encontraba yo el respiro visual en el personal de seguridad que, si bien iba también uniformado, al menos lo era en menor proporción que el resto. Esta turbamulta me da arcadas. Sin embargo, lo que ellos denominan ‘la masa social’, es decir, nosotros, el total de la gente, no quiere más que aquello que nos es ofrecido en bandeja, sin rebuscar, algo que nos concede cierta oportunidad al perdón -gracias ¡oh, ‘gilipopis’ del mundo! Muchas gracias por concedernos vuestra clemencia-. Ellos, que se piensan en lo acertado, no son más que un subgrupo de la masa social, un fallo genético, una deformación que se hincha a cannabis porque piensa que ésa es una droga que estimula el intelecto. Cuanto más extraño sea el nombre de la banda de música de turno, más hermosa es su música… o sus libros, o sus pinturas, o su obra arquitectónica, o lo que quiera que hagan relacionado con el mundo del arte. Son así. Pero no hay nada distinto en ellos, escuchas los gustos de uno, sabes los de todos. Esa es la gente que suele confesar “odio la navidad”. Pues bien, a mí me gusta la navidad, aunque sólo sea el pretexto que tenemos la mayoría de laicos pseudocristianos para reunirnos en torno a una mesa a charlar, sólo por eso, me gusta, y creo que es necesaria. Tú, que estás dándote por aludido, soplapollas del carajo, que sepas que sé que has cenado con tu familia, has comprado regalos a tus sobrinos y has dejado los zapatos bien limpitos en torno a un también pseudoarbol de navidad -¿alguien ha tenido uno de verdad?-. Así que no me vengas con gilipolleces, si te crees distinto, vete a celebrar las navidades a las llanuras del Serengueti, con cualquier ONG dedicada a la defensa de los derechos de los niños malnutridos del siempre malnutrido continente africano. Procura que no falten activistas de Greenpeace ni tampoco, claro está, tu cámara digital de mil megapíxeles para vacilar luego de imágenes con los amiguetes al volver a tu ciudad. Joder, qué asco me dáis.