Enciendo un cigarro en la mesa de la cocina. La pantalla del ordenador lleva parpadeando en blanco un buen rato. Apago el cigarro porque en realidad no me apetecía, pero luego me enciendo otro porque no me acabé el anterior. Es algo compulsivo. Busco dentro de mí. Imagino un conjunto de neuronas, masa cerebral y demás aperos del pensamiento trabajando con denuedo en busca de algo que contar. No lo encuentro y tampoco estoy seguro que en el caso de hallarlo le resulte interesante a quien lo lea. De repente pienso en mi hermano, en una historia inventada que, de niño, me contó. Era buena y él la quería escribir, pero nunca dio el paso de coger papel y lápiz, o dedo y teclado, sustituto inclemente de tinta y cuaderno. O finalmente -dudo- creo que sí la escribió. Me falla la memoria. El caso es que me he decidido a robársela y os la voy a contar.
En la plaza del pueblo, Juan, Jorge, Diego y Jonás jugaban a las peonzas en el suelo adoquinado que alfombraba la entrada al ayuntamiento. La guerra había acabado hacía pocos meses pero todavía le daban el ‘paseíllo’ a muchos de los que se habían echado al monte para seguir la guerra por su cuenta con la única ayuda de sus fusiles y los ideales de una España republicana. Y en ésas tocaron a paredón.
-!Vamos chicos, que a alguno le van a dar el paseíllo! -informó Ramiro-.
Ramiro había llegado corriendo como una exhalación hasta la plaza pero no se detuvo. Se limitó a informar mientras mantenía la cadencia cuesta arriba, en dirección a los calabozos, cerca de la iglesia, donde los nacionales retenían al reo.
Recogieron sus peonzas y se lanzaron a la carrera sin dilación. Era costumbre habitual en ellos acudir semanalmente a las ejecuciones. Tomaban el patíbulo, sito muy cerca de la iglesia -según el alcalde, Dios debía tener la mejor butaca- por el escenario de un teatro en el que los actores eran flor de un día. No es que disfrutaran de aquello -salvo Jonás-, ni mucho menos, pero la reiteración semanal de los ajusticiamientos hizo que poco a poco asumieran aquella atrocidad como algo periódicamente interesante, adictivo; al igual que había aficionados a la tauromaquia o el balompié, ellos lo eran a reos y verdugos. En principio, los más pequeños no tenían permitido acudir, pero la realidad era que el régimen quería dar ejemplo a las nuevas generaciones, por lo que, en la mayoría de los pueblos, los mandamases engordaban la vista.
Los cinco chicos se acercaron a la alambrada y tomaron los mejores sitios. El perímetro metálico se levantaba eventualmente (cuando había ejecución) y estaba coronado por agujas de alambre para disipar posibles actos de valentía para contra la dictadura castrense, aunque aquello era algo que no pasaba por la cabeza de cualquiera que hiciera gala de un juicio en buen estado de salud. De todas formas, ahí estaban los hierros afilados, amenzantes. Los nacionales no querían sorpresas y, si las hubiere, al menos que fueran sorpresas menores con una valla que saltar mediante. Sonó la puerta de la comisaría y salió el proyecto de fiambre con la mirada más hacia el suelo que hacia el cielo, la ropa blanca, ahora tiznada de negro, y varias marcas en cara y cuello que delataban el castigo previo. Jonás, Jorge, Diego, Juan y Ramiro se agarraban a la valla, encajando la mirada entre los hilos oxidados, concentrados a tiempos iguales en el pelotón de fusilamiento y el reo.
-Ya empieza, Jonás ¡qué nervios! -exclamó Ramiro-.
-Yo no estoy nervioso. El que la hace, dicen por ahí, la paga. No me preocupa lo más mínimo lo que le pase al mierda de turno. Quiero ver cómo le revienta la sesera.
Jorge, Diego, y Juan se miraron entre sí. Cuchichearon sin que Jonás les oyera.
-Eso que luego es tarea de su madre limpiar la sangre. Este Jonás no tiene corazón ni con ella… -aseguraba Diego-.
-Y si lo tiene, lo tiene renegrido, carcomido por el odio -apostilló Jorge-.
-Jonás no ha sido el mismo desde que el año pasado desapareciera su padre -Juan hablaba pensativo-. Desde entonces habla poco y disfruta con el mal ajeno.
-¡Tú qué sabrás! -Jorge ponía en duda la hipótesis de Juan-.
-Lo sé Diego, lo sé.
-No lo sabes.
-Lo sé.
-No lo sabes.
-Que sí lo sé.
-Que no.
-Que te digo que sí.
-Demuéstralo.
Juan miró a Jonás, pero éste parecía distraído en los prolegómenos de la ejecución, así que prosiguió hablando con un tono de voz prudencial.
-Como sabéis, mi padre es el maestro de la escuela.
-Sí -Diego y Jorge asintieron al unísono-.
-Como contéis esto -Juan dudaba en si seguir o no- os juro que no sé lo que os hago.
-Siiiiiiiiigue -volvieron a repetir al unísono-.
-Pues un día Jonás se dejó el diario en la cajonera del pupitre. Mi padre lo abrió y no pudo evitar leerlo.
-Ostrás, qué cotilla ¿te contó lo que ponía en el diario? -preguntó Diego-.
-No, pero a mi madre sí. El mismo día que encontró el diario se lo contó. Yo volvía de atender al ganado y, llegando a la puerta de casa, no pude menos que parar a espiar al escuchar mentar a Jonás. Padre decía que Jonás disfrutaba en las ejecuciones porque, según el diario, imaginaba que el ajusticiado era su padre, al que considera un cobarde por abandonarles a él y a su madre cuando la guerra tocaba casi a su fin -bajaba la voz-. Además, él no entiende porque su madre justifica la actitud de su padre, del que ella dice algo así como “Sus motivos tendría para marcharse y abandonarnos”. Por eso, Jonás, hasta se alegra de que ella tenga que limpiar la sangre de aquellos que acaban fusilados.
Colocaron al infeliz junto a la pared encalada de la cuartel. El chaval, de unos veinticinco años, miró al graderío y se encontró con la mirada femenina que buscaba. No hizo gesto alguno que a ella comprometiera con la justicia, sin que por ello tampoco pusiera de manifiesto de forma descarada que la amaba. Lo mismo valga para ella en el cruce de sentimientos que allí se produjo. El joven desvió la mirada y pidió un pitillo que uno de los verdugos le lió y depositó en sus labios, ya encendido, pues se hallaba con las manos atadas a la espalda. Con el cigarrillo entre los labios, lejos de pedir clemencia se limitó a pronuncia un “Cuando quieran ustedes” que sonó más a desafío que a educación. “Así sea”, se limitó a decir el sargento.
La ráfaga de disparos retumbó en los montes y se abrió camino entre matorrales, piedras, árboles y ríos, pero donde más retumbó fue en el corazón de aquella joven, que pasó de recién casada a recién viuda más deprisa que un achís.
El chaval temblaba en el suelo con el pitillo aún humeante en la boca. Lo escupió y empezó a respirar cada vez más deprisa, cada vez más deprisa, más y más deprisa, muy deprisa; hasta que se detuvo repentinamente. Quedó con los ojos tan abiertos que diríase todavía vivo, encogido sobre el pavimento, con las pupilas orientadas a la mujer que más le interesaba de todas, y su propia sangre como alfombra en incipiente expansión.
-Menudo maricón de mierda. No ha durado ni medio minuto -Jonás hablaba mientras sonaba el tiro de gracia-. Esa bala se la podían haber ahorrado. Lleva frito un buen rato.
No habían retirado todavía el cuerpo y la madre de Jonás ya adecentaba a golpe de fregona los adoquines que habían sido testigos del último fusilamiento. El sargento se acercó.
-Dese prisa en limpiar que en menos de media hora tenemos que estar fusilando a otro.
Ella asintió y puso más empeño en la tarea, si bien pensaba en lo absurdo de la misma. Media hora más tarde el decorado estaría otra vez pintado con la sangre de otro republicano. “No me gusta que fusilen sobre suelo sucio”, solía decir el sargento, aunque sus manos -pensaba ella- se encontraban mucho más manchadas que el suelo; manchadas de la tinta con la que firmaba las ejecuciones.
En el mismo momento en el que la madre de Jonás acabó de dejar todo como estaba, entró el camión que transportaba al segundo de la tarde.
-A ver si este tiene los huevos bien puestos -comentaba Jonás- y aguanta vivo más tiempo.
Salió del camión el nuevo reo con andar desafiante, barba generosa, cabeza alta y mirada limpia; muy consciente de que se enfrentaba a lo que se enfrentaba. Llegó hasta la pared sin perder bríos y se giró mirando de frente a quienes le iban a quitar la vida.
-Este parece que tiene cojones -Jonás levantó los brazos y posó las manos en la parte de la valla que se hallaba coronada de espinas metálicas, concentrándose en cada gesto de quien iban a fusilar-.
Comenzó a cantar el segundo infeliz mientras el sargento daba las órdenes pertinentes a la soldadesca que, rodilla en tierra y fusil preparado, le lanzaban al reo la última y más letal guiñada de todas las que hubiera sido destinatario en su vida. La ráfaga pareció no causar ningún efecto en el cuerpo de aquel republicano, y siguió cantando como si la andanada hubiera sido de fogueo. Jonás miraba asombrado. Sus amigos más aún. Sonó una segunda ráfaga y el resultado en el ánimo del fusilado fue el mismo a pesar de que sus ropas empezaron a supurar sangre de forma violenta en varios puntos de la pechera. Jonás apretaba la palma contra los pinchos de alambre. Le caía la sangre por las muñecas pero era ajeno tanto al fluido como al dolor. De forma repentina el reo se desplomó, si bien siguió unos segundos tratando de acabar la cantinela. Finalmente no pudo más que balbucear y ahogarse en su propia sangre.
Jonás seguía aferrado a la valla. Juan, Diego, Ramiro y Jorge miraban paralizados a su amigo, al que le rodaban las lágrimas por el rostro sin que por ello el gesto le mudara a llanto lo más mínimo. Retiraron el cadáver y ahí estaba otra vez su madre, estoica, fiel a su trabajo, fregona en ristre, vida escasa, sin futuro, escarmentada, sometida, acabada… A pesar de todo, concentrada en dejar el adoquinado como deseaba el sargento. A pesar de que la sangre que iba a limpiar, cosas de la vida, era la de su marido. A pesar de que la sangre que iba a limpiar, cosas de la vida, era la del padre de su Jonás.