Tuesday, January 23, 2007

Hay que cambiar una cuerda de la guitarra

Rubén se ha quedado solo. El ambiente se deja manchar por los acordes iniciales de ‘Canción para Pilar’. No tiene nada que hacer. Espera a que la pena llegue lenta, cadenciosa, con caminar pausado pero contundente. Y llega. No tiene prisa por nada, casi desea disfrutar de esa sensación de autocompadecimiento tan placentera. Sospecha que había otro hombre. No lo sospecha, lo sabe. Tiene fotos. Pero la certeza le llegó mucho antes que el documento gráfico. Lo de contratar un detective fue la justificación buscada, la prueba irrefutable para que no hubiera discusiones y todo se ajustara a un “hasta aquí hemos llegado, no hay nada de qué hablar”. Todo ha sido más fácil. Ella se ha anticipado. Ella, simplemente, ha abandonado. No le ha dicho que no volvería, pero sabe que no hay vuelta atrás. Está preparado, lleva años pensando cómo emplear el tiempo sin ella. Llora, recorre palmo a palmo el gotelé de la habitación, encuentra figuras. Un elefante, dos gatos retozando en un prado imaginario y un cuchillo. Justo al lado de él hay dos nubes y la cara de un anciano sin dientes. Se levanta del sofá y camina hasta la nevera, donde hay un post-it con una indicación: levadura, dos docenas de huevos y limpiacristales. Vuelve al salón y abre la ventana. Todo se fue muriendo poco a poco, con la falta de intensidad del otoño, como un corredor de fondo que asume los últimos metros con la única intención de acabar, sin el objetivo de la victoria. Se fue muriendo con la economía en los besos, la falta de paciencia, el sexo esporádico, ceñido al tú encima y yo debajo. Se murió con la falta de sexo oral, con los reproches, con la ausencia de responsabilidad que toda relación lleva implícita. Se murieron los dos porque no estuvieron vivos. Rubén se pone dos tiros y llora. Después de otros dos tiros más lo ve un poco más claro. Cambia el disco de la cadena de música. Angie, de los Rolling. Pulsa el botón de pausa. Coge la guitarra aunque no sabe tocar y hace una pequeña dedicatoria. Es para ella. Pulsa el botón de reproducción y canturrea. Llora. Se ha roto una cuerda pero gracias a su destreza -imagina- y a su pureza de sentimiento, consigue acabar la canción de forma digna. Ha sido un desastre de interpretación, pero ha suplido la falta de técnica con el sentimiento -imagina-. Coge el paquete de tabaco, lo ahueca. No hay cigarrillos. Entonces toma algunas monedas sueltas de la mesa y camina hacia la puerta. Al abrirla casi se da de bruces con ella.

 

-¿Has olvidado algo? -Rubén pregunta y refleja entereza-.

-No, sólo me quedé sin tabaco y salí a comprar -ella le besa en los labios antes de pasar a casa-.

-Y tú, ¿dónde vas?

 

Rubén medita.

 

-A comprar una cuerda de guitarra, pero estaré de vuelta a la hora de comer -dice mientras le devuelve el beso-.

 

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Gatos que pueden volar

Cuando uno se queda en el paro, al principio tiende a creer que es el fin del mundo. Luego uno se da cuenta de que es mucho peor. No es el hecho de trabajar o no, sino la inutilidad como sospecha… ¿Seré subnormal?… No, no puede ser porque he estado trabajando hasta hace poco… ¡Coño! a lo mejor soy un subnormal encubierto que ha estado engañando a decenas de empresarios. Escribo. Hago un parón. Hay un programa en la radio de esos en los que la gente cuenta su vida. Es el colmo de los colmos, la audiencia haciéndole el programa al periodista. Ahora hay un tipo que está replicando a un oyente que ha participado hace un rato, y que confesó que había tirado un gato por la ventana. El gilipuertas dice que cómo puede ser que alguien lance un gato por la ventana cuando fue precisamente un felino quien una vez le salvó la vida a él y a su familia. Ojo, que no es coña, que lo cojonudo es que es real y lo estoy escuchando ahora mismo (Cadena Ser, 01:52 AM). El oyente dice que una vez hubo un incendio en su casa y el gato maulló avisándoles del incidente. Me descojono. Ahora está relatando como su gato hacía gala de una educación de lo más selecto: cagaba y meaba en el baño, en la taza, en la mismísima taza del WC. Esto comienza a alcanzar dimensiones biblícas. A saber: la presentadora del programa ha puesto en duda que el gato hiciera sus necesidades en el mismo sitio que los humanos, pues bien, la presentadora rectifica porque asegura que decenas de oyentes están confirmando vía chat (el del programa) que sus mascotas (perros y gatos) lo hacen sentaditos en la taza. Ahora es cuando me doy cuenta de que soy subnormal, pero del todo. Tengo un canario que no canta una mierda y un perro que no me da ni la patita. Y hay por ahí gente que consigue que sus mascotas evacúen como cualquier ser humano civilizado. Por un momento creo que quizás ahí radique el problema de que me haya quedado en el paro. Quizás si hubiera sido capaz de enseñar a mi perro a cagar como Dios manda, nada de esto hubiera pasado. Seguro que esos adiestramascotasllamaprogramasderadiodemadrugada están en activo y con puestos de trabajo estables y bien remunerados. Y encima no tienen que sacar a sus perros a hacer sus cosas a la calle. Pienso en el oyente que lanzó a su gato por la ventana. Es posible que estuviera tratando de enseñarle a volar. Creo que enseñar a cagar dentro a un gato es más complicado que enseñarle a volar. Y, si no, que levante la mano quien, llegando apurado y con las tripas en desbandada, no haya sufrido tal escopetazo que la penuria haya acabado donde no debía, o al menos una parte de ella. Tiene cojones que un gato lo haga dentro y yo no. Claro, por eso estoy en paro.
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Wednesday, January 10, 2007

Artista invitado: Arturo Fernández “Cualquiera pude ser un asesino”

Este es un relato de mi amgo Arturo Fernández, que ha tenido a bien colaborar en el blog con un texto, cuando menos, original. Espero que lo disfrutéis. Os dejo con Arturo y su relato.

 

Gritaba fuertemente pegado a su cara, los dientes de el rozaban la nariz de ella, tenia los ojos desorbitados, reía y se le caía la baba, la comenzó a dar cabezazos en la frente y a morderle el pelo, con un cúter la cortó un pezón, ella gritó desesperada, por qué ¡¡¡¡¡¡, por qué me haces esto?¿?¿?¿ ¡¡¡¡¡, CÁLLATE HIJA DE PUTA, puta, PUTA, mierda, cerda, PEEERRRRAAA. Cogió el cúter y empezó a fornicarle el coño, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez y finalmente la arrancó el meñique del pié con sus propios dientes……….

Esteban despertó a la mañana siguiente, se dio una ducha fría, bajó por las escaleras, se cruzó con su desconfiada vecina del segundo y le dio los buenos dias.

-Buenos días señora Adelina, está usted hoy guapísima.

-Gracias Esteban, de verdad, qué buen chico eres, ojalá toda la juventud fuera como tú.

Esteban llegó al kiosko, dió los buenos días, cruzó un par de palabras con el dependiente y compró el mundo y el marca. Cuando se fue, el kioskero comentó con otro cliente que había que ver que chaval mas simpatico era este Esteban, que estaba para lo que quisieras.

Esteban pensó horrorizado, leyendo la primera plana del periódico, que decía que habían asesinado brutalmente a una joven; como podría nadie hacer algo así, ¿con qué derecho alguien podía arrebatar la vida de nadie?, y triste volvió a casa. La tarde del domingo pasó tranquilamente.

La mañana siguiente Esteban se despertó y se encaminó al trabajo, trabajaba en una ONG ayudando sobre todo a las víctimas de las guerras en África, y el en especial era el encargado del departamento de ayudas internacionales a niños huerfanos de Etiopía, Viajaba una vez al mes, durante una semana para cerciorarse de que todas las ayudas llegaban íntegras a los damnificados.

-Buenos días Esteban, tienes mala cara, (comentó su compañera Delia)

-Si, he dormido mal, he tenido un sueño horrible, ayer me dejo mal cuerpo lo del desgraciado psicópata ese.

-Pues sí, a ver si le pillan porque hoy han encontrado a otra chica destrozada.

-!!A otra chica!!, ¿hoy?, pero si ayer mató a una.

Esteban llegó a casa, puso las noticias y vio las imagenes del cuerpo, y algo en ellas le hizo ponerle las carnes de gallina, había algo en esas imagenes que le era familiar, algo que él había soñado la noche anterior,

Un pánico recorrió su cuerpo por unos segundos,¿podría yo haber matado a esa chica y ni darme cuenta?, pensó para sus adentros, ¿podría ser yo, un asesino con una doble personalidad e incapaz de unir dos mundos, completamente distintos en mi mente?, pero a la velocidad que una bala sale de un rifle se dió cuenta que nada más que estaba pensando tonterías y que el era una persona completamente normal e inocente.

Tres meses después Esteban fué detenido, acusado y condenado por el asesinato de 35 mujeres en el plazo de dos años. En el juicio simplemente guardó silencio, consciente de su inocencia pero incapaz de rebatir ni una sola acusación ante las abrumantes pruebas que lo delataban.

Los psiquiatras que llevaron su caso dijeron que una de cada diez personas pueden padecer este trastorno en el mundo.

¿CÓMO SABES QUE NO ERES UN ASESINO?

Arturo Fernández Santana (Posible asesino y escritor en serie)

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Wednesday, January 3, 2007

Una historia robada (y encima a mi hermano)

 

Enciendo un cigarro en la mesa de la cocina. La pantalla del ordenador lleva parpadeando en blanco un buen rato. Apago el cigarro porque en realidad no me apetecía, pero luego me enciendo otro porque no me acabé el anterior. Es algo compulsivo. Busco dentro de mí. Imagino un conjunto de neuronas, masa cerebral y demás aperos del pensamiento trabajando con denuedo en busca de algo que contar. No lo encuentro y tampoco estoy seguro que en el caso de hallarlo le resulte interesante a quien lo lea. De repente pienso en mi hermano, en una historia inventada que, de niño, me contó. Era buena y él la quería escribir, pero nunca dio el paso de coger papel y lápiz, o dedo y teclado, sustituto inclemente de tinta y cuaderno. O finalmente -dudo- creo que sí la escribió. Me falla la memoria. El caso es que me he decidido a robársela y os la voy a contar.

 

En la plaza del pueblo, Juan, Jorge, Diego y Jonás jugaban a las peonzas en el suelo adoquinado que alfombraba la entrada al ayuntamiento. La guerra había acabado hacía pocos meses pero todavía le daban el ‘paseíllo’ a muchos de los que se habían echado al monte para seguir la guerra por su cuenta con la única ayuda de sus fusiles y los ideales de una España republicana. Y en ésas tocaron a paredón.

-!Vamos chicos, que a alguno le van a dar el paseíllo! -informó Ramiro-.

Ramiro había llegado corriendo como una exhalación hasta la plaza pero no se detuvo. Se limitó a informar mientras mantenía la cadencia cuesta arriba, en dirección a los calabozos, cerca de la iglesia, donde los nacionales retenían al reo.

Recogieron sus peonzas y se lanzaron a la carrera sin dilación. Era costumbre habitual en ellos acudir semanalmente a las ejecuciones. Tomaban el patíbulo, sito muy cerca de la iglesia -según el alcalde, Dios debía tener la mejor butaca- por el escenario de un teatro en el que los actores eran flor de un día. No es que disfrutaran de aquello -salvo Jonás-, ni mucho menos, pero la reiteración semanal de los ajusticiamientos hizo que poco a poco asumieran aquella atrocidad como algo periódicamente interesante, adictivo; al igual que había aficionados a la tauromaquia o el balompié, ellos lo eran a reos y verdugos. En principio, los más pequeños no tenían permitido acudir, pero la realidad era que el régimen quería dar ejemplo a las nuevas generaciones, por lo que, en la mayoría de los pueblos, los mandamases engordaban la vista.

Los cinco chicos se acercaron a la alambrada y tomaron los mejores sitios. El perímetro metálico se levantaba eventualmente (cuando había ejecución) y estaba coronado por agujas de alambre para disipar posibles actos de valentía para contra la dictadura castrense, aunque aquello era algo que no pasaba por la cabeza de cualquiera que hiciera gala de un juicio en buen estado de salud. De todas formas, ahí estaban los hierros afilados, amenzantes. Los nacionales no querían sorpresas y, si las hubiere, al menos que fueran sorpresas menores con una valla que saltar mediante. Sonó la puerta de la comisaría y salió el proyecto de fiambre con la mirada más hacia el suelo que hacia el cielo, la ropa blanca, ahora tiznada de negro, y varias marcas en cara y cuello que delataban el castigo previo. Jonás, Jorge, Diego, Juan y Ramiro se agarraban a la valla, encajando la mirada entre los hilos oxidados, concentrados a tiempos iguales en el pelotón de fusilamiento y el reo.

-Ya empieza, Jonás ¡qué nervios! -exclamó Ramiro-.

-Yo no estoy nervioso. El que la hace, dicen por ahí, la paga. No me preocupa lo más mínimo lo que le pase al mierda de turno. Quiero ver cómo le revienta la sesera.

Jorge, Diego, y Juan se miraron entre sí. Cuchichearon sin que Jonás les oyera.

-Eso que luego es tarea de su madre limpiar la sangre. Este Jonás no tiene corazón ni con ella… -aseguraba Diego-.

-Y si lo tiene, lo tiene renegrido, carcomido por el odio -apostilló Jorge-.

-Jonás no ha sido el mismo desde que el año pasado desapareciera su padre -Juan hablaba pensativo-. Desde entonces habla poco y disfruta con el mal ajeno.

-¡Tú qué sabrás! -Jorge ponía en duda la hipótesis de Juan-.

-Lo sé Diego, lo sé.

-No lo sabes.

-Lo sé.

-No lo sabes.

-Que sí lo sé.

-Que no.

-Que te digo que sí.

-Demuéstralo.

Juan miró a Jonás, pero éste parecía distraído en los prolegómenos de la ejecución, así que prosiguió hablando con un tono de voz prudencial.

-Como sabéis, mi padre es el maestro de la escuela.

-Sí -Diego y Jorge asintieron al unísono-.

-Como contéis esto -Juan dudaba en si seguir o no- os juro que no sé lo que os hago.

-Siiiiiiiiigue -volvieron a repetir al unísono-.

-Pues un día Jonás se dejó el diario en la cajonera del pupitre. Mi padre lo abrió y no pudo evitar leerlo.

-Ostrás, qué cotilla ¿te contó lo que ponía en el diario? -preguntó Diego-.

-No, pero a mi madre sí. El mismo día que encontró el diario se lo contó. Yo volvía de atender al ganado y, llegando a la puerta de casa, no pude menos que parar a espiar al escuchar mentar a Jonás. Padre decía que Jonás disfrutaba en las ejecuciones porque, según el diario, imaginaba que el ajusticiado era su padre, al que considera un cobarde por abandonarles a él y a su madre cuando la guerra tocaba casi a su fin -bajaba la voz-. Además, él no entiende porque su madre justifica la actitud de su padre, del que ella dice algo así como “Sus motivos tendría para marcharse y abandonarnos”. Por eso, Jonás, hasta se alegra de que ella tenga que limpiar la sangre de aquellos que acaban fusilados.

Colocaron al infeliz junto a la pared encalada de la cuartel. El chaval, de unos veinticinco años, miró al graderío y se encontró con la mirada femenina que buscaba. No hizo gesto alguno que a ella comprometiera con la justicia, sin que por ello tampoco pusiera de manifiesto de forma descarada que la amaba. Lo mismo valga para ella en el cruce de sentimientos que allí se produjo. El joven desvió la mirada y pidió un pitillo que uno de los verdugos le lió y depositó en sus labios, ya encendido, pues se hallaba con las manos atadas a la espalda. Con el cigarrillo entre los labios, lejos de pedir clemencia se limitó a pronuncia un “Cuando quieran ustedes” que sonó más a desafío que a educación. “Así sea”, se limitó a decir el sargento.

La ráfaga de disparos retumbó en los montes y se abrió camino entre matorrales, piedras, árboles y ríos, pero donde más retumbó fue en el corazón de aquella joven, que pasó de recién casada a recién viuda más deprisa que un achís.

El chaval temblaba en el suelo con el pitillo aún humeante en la boca. Lo escupió y empezó a respirar cada vez más deprisa, cada vez más deprisa, más y más deprisa, muy deprisa; hasta que se detuvo repentinamente. Quedó con los ojos tan abiertos que diríase todavía vivo, encogido sobre el pavimento, con las pupilas orientadas a la mujer que más le interesaba de todas, y su propia sangre como alfombra en incipiente expansión.

-Menudo maricón de mierda. No ha durado ni medio minuto -Jonás hablaba mientras sonaba el tiro de gracia-. Esa bala se la podían haber ahorrado. Lleva frito un buen rato.

No habían retirado todavía el cuerpo y la madre de Jonás ya adecentaba a golpe de fregona los adoquines que habían sido testigos del último fusilamiento. El sargento se acercó.

-Dese prisa en limpiar que en menos de media hora tenemos que estar fusilando a otro.

Ella asintió y puso más empeño en la tarea, si bien pensaba en lo absurdo de la misma. Media hora más tarde el decorado estaría otra vez pintado con la sangre de otro republicano. “No me gusta que fusilen sobre suelo sucio”, solía decir el sargento, aunque sus manos -pensaba ella- se encontraban mucho más manchadas que el suelo; manchadas de la tinta con la que firmaba las ejecuciones.

En el mismo momento en el que la madre de Jonás acabó de dejar todo como estaba, entró el camión que transportaba al segundo de la tarde.

-A ver si este tiene los huevos bien puestos -comentaba Jonás- y aguanta vivo más tiempo.

Salió del camión el nuevo reo con andar desafiante, barba generosa, cabeza alta y mirada limpia; muy consciente de que se enfrentaba a lo que se enfrentaba. Llegó hasta la pared sin perder bríos y se giró mirando de frente a quienes le iban a quitar la vida.

-Este parece que tiene cojones -Jonás levantó los brazos y posó las manos en la parte de la valla que se hallaba coronada de espinas metálicas, concentrándose en cada gesto de quien iban a fusilar-.

Comenzó a cantar el segundo infeliz mientras el sargento daba las órdenes pertinentes a la soldadesca que, rodilla en tierra y fusil preparado, le lanzaban al reo la última y más letal guiñada de todas las que hubiera sido destinatario en su vida. La ráfaga pareció no causar ningún efecto en el cuerpo de aquel republicano, y siguió cantando como si la andanada hubiera sido de fogueo. Jonás miraba asombrado. Sus amigos más aún. Sonó una segunda ráfaga y el resultado en el ánimo del fusilado fue el mismo a pesar de que sus ropas empezaron a supurar sangre de forma violenta en varios puntos de la pechera. Jonás apretaba la palma contra los pinchos de alambre. Le caía la sangre por las muñecas pero era ajeno tanto al fluido como al dolor. De forma repentina el reo se desplomó, si bien siguió unos segundos tratando de acabar la cantinela. Finalmente no pudo más que balbucear y ahogarse en su propia sangre.

Jonás seguía aferrado a la valla. Juan, Diego, Ramiro y Jorge miraban paralizados a su amigo, al que le rodaban las lágrimas por el rostro sin que por ello el gesto le mudara a llanto lo más mínimo. Retiraron el cadáver y ahí estaba otra vez su madre, estoica, fiel a su trabajo, fregona en ristre, vida escasa, sin futuro, escarmentada, sometida, acabada… A pesar de todo, concentrada en dejar el adoquinado como deseaba el sargento. A pesar de que la sangre que iba a limpiar, cosas de la vida, era la de su marido. A pesar de que la sangre que iba a limpiar, cosas de la vida, era la del padre de su Jonás.

Posted by Marcos at 03:22:38 | Permalink | No Comments »