Sunday, March 25, 2007

Guerra civil, flemas, tierra húmeda y un amago de sonrisa

 

Por fin le han dado el alta a la abuela. Ella lo deseaba. Ella y yo. Ella y la familia. Ella y nosotros. Todos lo deseábamos. Debería estar contenta pero mantiene una actitud de apatía que se refleja en el gesto con el que mira al vacío casi constantemente. Es como si, en el quirófano, además de remendarle el corazón, le hubieran cosido la boca hacia abajo para que no sonría. Tiene los párpados entrecerrados, algo que se acentúa aún más dado que, de natural, sus ojos son generosamente rasgados. Mamá siempre dice que mis ojos son como los de ella, dos almendras aplastadas.

Me deprime visitarla. Se sienta en el sofá, en ese mismo sobre el que en otro tiempo rebosaba fuerza y solidez. No es que se haya abandonado a morir, no, no es eso. Es mucho peor, se ha abandonado al abandono, a una apatía estática que la mantiene viva con la única ilusión de sobrevivir, así, por las buenas, sin ningún acicate más. No la he visto desde entonces. Desde que le dieron el alta, quiero decir. El sofá sobre el que reposa parece haber crecido en tamaño, pero la realidad es otra. Es la abuela la que ha menguado. Está más delgada. Tiene el cuerpo encorvado como una interrogación sin punto y las manos cuelgan con un gesto laxo, como péndulos de reloj.

Sin embargo, amaga una sonrisa al vernos entrar. Me acerco, voy a besarla. Ella levanta las manos y anida uno de mis carrillos entre sus manos, acerca los labios y saca la metralleta. Creo que han sido doce o trece besos seguidos, quizás alguno más. Cuando llevaba cuatro o cinco ha tenido que tomar de nuevo aire. Ella simplemente apoya los labios sobre la carne y cierra los ojos. Se deja llevar hasta que todo lo que se aloja en su corazón ha sido debidamente repartido. Podría haber acabado de besarme antes, pero se hubiera guardado algo de  amor dentro, y eso es algo que no se perdonaría a sí misma. Creo que esta forma de obrar va inseparablemente unida a la vejez. “Niño dame un beso, niño ven aquí, niña abraza a tu abuela, niño cuánto te quiero…”. Creo que los mayores no son latosos, son conscientes. Si cualquiera de nosotros supiera que va a morir en unos días o unos meses, a lo sumo un par de años, actuaríamos de forma idéntica a la de cualquier viejo.

La abuela me pregunta por el trabajo y yo le respondo con un lacónico “mal”. Me duele mentirle, pero no me parece justo responderle un “rematadamente mal, abuela, de hecho no tengo nada fijo”. Después del cierre del periódico me limito a escribir artículos desde casa para quienes tienen a bien encargármelos. Suena el teléfono: “Ey, Marcos, ¿me haces un reportaje sobre tal o cual”. Y Marcos va y lo hace. Lo malo es que está muy mal pagado, lo bueno es que se viaja mucho. Sin ir más lejos hace apenas unas horas he llegado de Huesca. Fui invitado por la empresa del tío ese con gafas y pinta de gilipollas que gestiona un sistema operativo que se llama ‘ventanas’ pero en inglés. Un nombre tan gilipollas como él, pero el tío es la persona más acaudalada del mundo. Ríete tú del gilipollas. Durante el viaje hemos visitado unas instalaciones en las que algunos trabajadores de la empresa se dedican a desarrollar y hacer programas informáticos. El edificio está en algún lugar que no puedo determinar con exactitud, en el extrarradio de Huesca, rodeado de bosques y hierba verde y crecida. El complejo se llama ‘Walqa’. Es un nombre extraño y no pude evitar rimar mentalmente la palabra cuando el autobús estaba aparcando y, en la cristalera frontal del vehículo se proyectaba, como en un cine, un gran jardín con las flores plantadas de tal suerte que podía leerse la leyenda ‘Walqa’. Nos han dado charlas inacabables, casi incomprensibles si no fuera porque el español es mi lengua vernácula (comprendía las palabras pero no las frases). Allí he estado un par de días. Luego, ya de vuelta, recién llegado, me he dicho, qué coño, voy a ver a la abuela. Y allí estaba yo, junto a mi abuela, sin saber cómo ser natural, tratando de evitar que ella perciba que yo percibo que es posible que en breve todos dejemos de percibirla. En ocasiones la muerte es indigna. Se regodea, le va deshinchando poco a poco a uno. Ora le deja a las puertas de la expiración, ora le da bríos como para vivir cien años más. Es en ese momento de florida salud cuando la puerca de la guadaña juega sin clemencia con los reflejos del filo.

La abuela tose, se lleva un pañuelo a la boca y lo recubre con una flema, yo diría generosa por su sonido al ser expectorada. Silencio. Silencio. Silencio. Es horrible. Yo sé que tengo cosas que decir pero desconozco en qué parte de mi archivo mental se encuentran. Mi madre es la que, afortunadamente, habla relajada del pasado. La abuela se deja llevar, escucha mirando al frente, apostillando de vez en cuando el discurso de su hija, incidiendo en algunos puntos, perfilando con comentarios algunos otros pero nunca llevando la iniciativa en el baile de palabras. Siempre en segundo plano. No le llegan las fuerzas para luchar con mamá en esas peleas por soltar un discurso antes que el prójimo, solapándolo al del rival a golpe de voz. Finalmente decido salir a la calle a fumarme un cigarro mientras pienso ‘pero por qué coño he venido’.

En la calle huele a tierra húmeda y chispea.

Una hora y media después mamá y yo estamos volviendo a casa. Mi coche está hecho un desastre. La cerradura está rota y duerme en la calle con los cierres abiertos, llevo un año sin lavarlo y me ha caducado la ITV. Me sorprende que no me haya dado ningún problema con la poca atención que le dedico. Decido dormir un rato. Estoy a gusto en la cama, aunque no logró concentrarme para establecer contacto con el sueño. Mi hermano, Antonio, me despierta, golpea la puerta de mi cuarto con los nudillos, me toca los cojones. Estaba entrando en el coto privado del sueño y lo ha echado todo por tierra. Le mando a tomar por culo desde la cama. Estoy fuera de mí, cualquier excusa es buena para discutir con él. Quiero verle desencajado, sacarle de sus casillas como él lo ha hecho conmigo. Mi padre acaba de llegar y asiste aturdido al torpedeo con el que asalto el cerebro de mi hermano. Antonio responde con artillería pesada (todas las chicas acaban por dejarte, subnormal), y yo reacciono con todo mi potencial (tú eres el clásico novio sumiso). Mi padre se une a las hostilidades. Sopesa la situación y se alía con mi hermano. Me llama crío, gilipollas, y algunas cosas más. He perdido la guerra. Entro al búnker de mi cuarto. Busco a Eva Brown pero no la encuentro. No tengo cianuro. Ir a la nevera a por una cerveza sería un suicidio. Berlín está rodeada: Salga con los brazos en alto. Yo me tumbo en la cama y lloro. Escucho a mamá negociando la rendición, estableciendo puntos comunes mientras trata de guardar el equilibrio sobre una cuerda anudada a mi cuello, de la que tiran mi padre y mi hermano. Salgo de mi casa corriendo, bajo al garaje y cojo la moto. El aire golpea sobre las lágrimas y las desplaza hasta el cuello, voy gritando: “No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así No quiero ser así”. Luego vuelvo a casa y finalmente mi hermano y yo acabamos en un karaoke, descojonados de la risa, con nuestras respectivas novias, pero, es curioso, en realidad -creo- sólo estamos mi hermano y yo. Después de todo ha sido un buen día.

Posted by Marcos at 20:46:40 | Permalink | No Comments »