Vida perra (día 1)
Abro los ojos antes de que suene el despertador. Son las nueve. El AVE sale hacia Lleida a las once y veinte, así que jugueteo un poco más con las sábanas. Trato de recordar cómo fue mi única experiencia como esquiador. No me caí demasiadas veces, pero creo que fue cuestión de suerte. Repaso mentalmente lo que he metido en la maleta. Veamos; la mariconera con el desodorante y la colonia, el cepillo de dientes, un par de vaqueros, la ropa de esquí, cinco camisetas, el mono impermeable, los guantes, una radio, un libro de Cèline y otro de un autor checo impronunciable, aspirinas para mis dolores de cabeza, el billete del tren y tres pares de calzoncillos… ¿calzoncillos? Me levanto y los saco de la maleta. Yo no uso calzoncillos desde hace un año. La culpa la tuvo una herida en la cadera. Me caí jugando al fútbol y tenía en carne viva desde el muslo de la pierna derecha hasta bastante más allá de la cintura. Ponerme calzoncillos era un suplicio. La sangre se secaba y, en contacto con la tela del calzón, aquello se convertía en una especie de masa pegamentosa que sólo podía separar de un tirón repentino. Pero, claro, la herida volvía a sangrar y no había forma de que cicatrizara. Así que renuncié a la ropa interior hasta que una postilla dura y ancha colonizó mi cadera y sus aledaños. Para cuando decidí volver a utilizar calzoncillos mi colilla encabezaba una sedición antigayumbos de proporciones bíblicas. Ya no le gustaban. En cuanto me los ponía, un picor genitalmente incontenible se adueñaba de mí. El glande (nunca he entendido por qué se llama así, y no ‘pequleño’) entraba en un estado de irritación tal, que sólo tocarlo me hacía ver las estrellas, la vía láctea, los universos inexplorados de Hopkins, algún que otro agujero negro y cientos de constelaciones varias -toda una putada que el universo no tenga fin-. Así que finalmente decidí prescindir de la ropa interior e ir siempre de ‘comando’.
Desde que me compré la moto no he vuelto a coger el metro, pero ahora el equipaje de marras obliga a viajar de nuevo sobre raíles hasta la estación del AVE. Me siento torpe entre los pasillos del suburbano, he perdido esa agilidad innata que poseen los ciudadanos de Madrid para esquivar cuerpos, paraguas, mochilas y maletas, sorteándolas casi a la velocidad de la luz. Cuando llego a la estación de Atocha hago recuento de los que vamos a Andorra a disfrutar de la competición de snowboard y, de paso, a esquiar y sosegarnos en el ‘spa’ del hotel: las dos chicas de la agencia de comunicación de la empresa que nos invita, un par de periodistas de uno de los diarios españoles con más tirada, otros dos free lances como yo y el matrimonio al que le tocó el sorteo. “Viaje para dos personas a Andorra, todos los gastos pagados”. Entro en la estación del AVE y llego a la zona de control de equipajes. Sin dejar de andar, saco el billete, se lo muestro a una azafata y me dirijo a la zona VIP. Busco entre las mesas pero no encuentro a la expedición. Hay dos tipos escribiendo en un ordenador portátil, varios grupos de ejecutivos charlando y un matrimonio de cincuentones haciéndose carantoñas junto a la zona de cafés y pastelitos. Sigo girando como una peonza pero no descubro a nadie conocido. Hay una gorda con una barriga oronda, inmoral, el cabello en plan ‘brutal-volume’, rubio, quemado, con las puntas negras; los dientes como un trampolín hacia el infinito, manchados de nieves perpetuas de sarro. Parece económica en altura, pero creo que es un efecto visual. Sí, es eso. Es como si estuviera encerrada en uno de esos espejos del parque de atracciones, no es tan baja como parece. Creo que huele mal, pero estoy a unos veinte metros de ella. Es imposible que hieda a esa distancia, pero hay gente que atufa con sólo mirarla; su aspecto general hace el resto. A su lado hay un hombre con la barriga a juego y la mirada congelada, la mirada de una vaca sacrificada a golpe de descarga eléctrica. Justo al lado de ellos reconozco a una de las dos chicas de comunicación. Me acerco al grupo y saludo. Presentaciones. Estos son los chicos del diario tal, este es Pascual, este otro Zutano, bla, bla, bla, hasta que me presentan a los Srs. Orondo. Joder, creo que ella me ha mirado un poco mal. Pondero la posibilidad de que sea porque he llegado tarde. Le pregunto a la ‘chica de comunicación 1′ a qué hora era la cita y su respuesta me confirma que, en efecto, he llegado tarde. La señora del espejo deforme coge un diminuto bolso de mano y deja para su marido una maleta que parecen dos, y encima de talla XXL. No les culpo, embutir esos cuerpos no debe ser cosa baladí. El Sr. Oronodo parece un árbol de navidad, con otras dos o tres bolsas colgadas de los hombros y una riñonera. Ella camina con pasos cortos, muy cortos, pero firmes, con un ligero desplazamiento de las puntas de los pies hacia fuera. Parece más un ánade que un ser humano. Quizás más un hobbit que un ser humano. El Sr. Orondo va detrás de mamá pato haciendo la instrucción.
Llegamos a la vía diez minutos antes de que salga el tren, y el ‘periodista 1 del diario importante’ y yo nos encendemos un cigarro. Lleva una camiseta con publicidad de la marca ‘Fender’, y vaticino que es posible que sea guitarrista en sus ratos libres. Una cuestión que investigaré más adelante, no hay, de momento, confianza más allá que la que otorga encenderse un cigarro. Le doy un par de caladas y alguien enfatiza un “vamos dentro que se nos va a escapar el tren”. Ojeo el reloj y veo que aún faltan unos siete minutos, pero mamá orco me está mirando mal. Está pensando que vaya huevos los míos, llegar tarde y encima reincidir. Así que el ‘periodista 1 del diario importante’ y yo, resignados, tiramos casi al unísono nuestros cigarrillos al suelo y los pisamos.
La azafata pasa con el carrito de los periódicos. Entre los periodistas nos confabulamos para que cada uno coja un diario diferente, y nos conjuramos para rotarlos después. Yo he cogido el Marca. El Sr. Orondo mira la portada estirando el cuello.
-Ronaldinho se va del Barça.
Yo evalúo la pregunta y respondo en consecuencia.
-Que le den por culo.
-Yo soy del Valencia -dice- pero me gusta el Barça, ¿sabes? Por cierto, Vicente, el jugador del Valencia, era amigo mío.
Pienso, ¡bingo! La cagué.
-¿Cómo le conociste? -trato de quitarle hierro al asunto-.
Él me mira fijamente, la boca entreabierta, la mirada perdida en el vacío, como si yo estuviera hecho de cristal transparente. Pasan varios segundos, unos quince más o menos, y responde.
-De pequeños jugábamos juntos al balón… ¡pues no le he dado yo capones ni nada!
La señorita Ofelia se suma a la conversación.
-Sí, mi marido y él eran amigos de toda la vida, desde muy pequeñitos.
Entonces él va a decir algo pero no sucede nada. Tiene la boca abierta y le veo salivar a través del túnel. En cualquier momento una estalactita de baba va a caer al suelo. Alien, el octavo pasajero, saliva corrosiva, un agujero en el suelo del vagón. Después de unos quince segundos, logra articular.
-Sí, desde muy pequeñitos… ¡pues no le he dado yo capones ni nada!
Miro a través de la ventana. Árbol, poste eléctrico, árbol, poste eléctrico, árbol, poste eléctrico, árbol, poste eléctrico. Intento desviar su atención porque no le saco jugo a la conversación. El ‘Free Lance 1′, consciente, me echa un cable y conversa conmigo. El enemigo, en los sillones de al lado, se aleja. Sirven la comida a bordo y reflexiono sobre la vida que deben llevar los Srs. Orondo y pienso que, por una vez, Dios ha sido justo al permitir que el sorteo les haya tocado a ellos. Durante el trayecto comienzo a entender cosas. Él no trabaja, la epilepsia tiene la culpa. Ella no trabaja, no sé qué puede tener la culpa. Se casaron hace unos meses y mamá panceta traía consigo un hijo de una anterior relación. El Sr. 15 segundos se siente muy orgulloso del chaval, y habla de lo inteligente que es, de lo mucho que le quiere. Mamá pato confiesa su amor por los perros. Le encantan los perros, ama a los perros, quiere ser adiestradora de perros. Sí, me ratifico, Dios ha sido justo.
Duermo hasta Lleida. Allí cogemos dos coches que nos trasladan a Andorra. El viaje es divertido. Las chicas de comunicación y los free lances que van en el coche que me ha tocado ya nos conocíamos de otros viajes y ruedas de prensa. La confianza es un alivio en un entorno de unos tres metros cuadrados por un espacio de casi tres horas. El paisaje muda de actores a medida que hacemos kilómetros. Lo que antes eran un par de árboles salpicando llanuras, ahora son bosques enteros pendidos de montañas afiladas. Hay charcos de nieve dispersos que se van convirtiendo en lagunas hasta que, finalmente, todo se vuelve un océano blanco. El coche se para, hemos llegado. Estiro las piernas. Inspiro. El aire es frío y purificador. Vaho. Cogemos las maletas. Le ofrezco un cigarro a papá orco y hacemos un alto en la puerta de entrada del hotel. Sujeta con una mano la maleta, se defiende de las bolsas que cuelgan de sus hombros con la otra, busca un mechero; las gafas de sol le resbalan por la nariz y, a cada poco, las empuja con el dedo índice, pero vuelven a caer espoleadas por el sudor que encera su napia. Tropieza hacia delante, fustigado por mamá orco.
-¡Vamos pa dentro ya! ¿No ves que ya ha pasado al hotel todo el mundo?
Sumiso, el Sr. 15 segundos tira el cigarro al suelo y me mira exhalando un suspiro quejumbroso.
Hay una cola de siete personas para proceder al registro en las habitaciones. Alguien nos indica que tengamos preparado el DNI para cuando sea nuestro turno. La señora panceta, libre de equipaje, azuza al señor ‘ojosdevacaelectrocutada’ con una voz rasgada.
-Busca el DNI.
Hay todavía siete personas delante, pero ‘gran bola de sebo’ está fuera de sí.
-¡Quieres sacarlo de una vez!
Él trata de darse prisa, pero se pierde en un confuso laberinto de bolsillos y cremalleras. Hay siete personas delante. Ella continúa. En ese estado de paroxismo en el que se encuentra, deja asomar entre sus dientes una añeja capa de sarro color cemento. Ésta recorre todos y cada uno de sus dientes inferiores.
-Me estás poniendo de los nervios… ¡Ay, cómo me estás poniendo!
La Sra. Orondo está fuera de sí, desencajada, como si le hubieran metido dos millones de guindillas en el culo; el Sr. Orondo se ha cortocircuitado. Mantiene la cabeza inerte, mirando hacia el bolso; las gafas debatiéndose en la punta de su nariz, a punto de convertirse en cristales; la boca abierta y el gesto inmóvil. ‘Error del sistema. Es necesario reiniciar el equipo’. Hay siete personas delante.
-¡Trae para acá eso!
Le zarandea y explora a conciencia uno de los bolsos de mano, luego hace lo propio con los otros dos. Cuando encuentra el carné hay seis personas delante. Cruce de miradas entre el resto de la expedición. Nadie dice nada. El Sr. Orondo sigue sin moverse. Creo que se le ha escapado un pedo.
Por fin llega nuestro turno. Nos registramos. Los Srs. Orondo contemplan la tarjeta que abre la puerta de su habitación como si fuese un tótem mágico. Creo que no tienen ni idea de cómo coño se abre una puerta con eso, y los imagino tratando de hacerlo de forma clandestina, a lo James Bond, encajando la tarjeta entre la ranura de la puerta para forzar el pestillo.
Son las cinco de la tarde. Tenemos hambre, así que dejamos las maletas en la habitación y bajamos al restaurante del hotel. Pero ¡chasco! Las chicas de comunicación nos comentan que la comida tendrá que esperar si queremos disfrutar de masajes, esfoliaciones y jacuzzis en el ’spa’. No puede ser a otra hora. La mayoría se resigna a no echarse nada al coleto y baja en procesión al ’spa’. En el vestuario coincido con el Sr. 15 segundos. Dios mío, se ha quitado la parte de arriba y ha dejado al descubierto una barriga peluda, perfectamente redonda y flácida como un flan. Joder, un polvo entre el matrimonio Orondo tiene que ser algo brutal; nulamente estimulante pero brutal. Todo chicha y grasa, un amasijo cárnico universal. Hace mucho calor y decido utilizar la temperatura como excusa para conversar con él.
-Uff, qué calor hace…
El Sr. 15 segundos me mira. Me mira fijamente. Mantiene la mano derecha suspendida en el aire mientras sujeta la ropa. No se mueve. Abre la boca poco a poco. La cosa amenaza baba. Considero la posibilidad de que dentro de su particular colocón de ingenuidad+inocencia+lentitud, desplace su mano izquierda y me bendiga con un hostión. No parece un tipo agresivo, pero es lo que pienso en ese momento. Unos treinta segundos después se deshiela y responde. Desde ahora pasará a ser el Sr. 30 segundos.
-Sí, hace calor. Yo la verdad es que vengo asado. Hemos ido desde Valencia en avión a Madrid, luego en el tren con vosotros hasta Lleida y, finalmente, en coche hasta aquí. He pasado mucho calor durante todo el trayecto -se rasca la barriga con insistencia. Amaga una rascada testicular pero en el último momento sigue incidiendo sobre la barriga. Menos mal-. Es que mi suegra me aconsejó que me abrigara bien porque por aquí hace mucho frío, así que desde que salí de Valencia he ido con un pijama de lana debajo de la ropa. Y mi mujer, también.
En el mismo momento en el que digiero la información me convierto en el Sr. 30 segundos. No puedo hablar, no tengo sentimiento alguno, mi mente ha salido del cuerpo y flota por el vestuario. Abro la boca pero no sale ningún sonido. Me mareo sólo de pensar en el calor que habrán pasado. Por los clavos de Cristo, en el coche iban cinco personas y con la calefacción puesta. Por la cruz de San Pedro, en el AVE yo estaba torrado a pesar de que iba en manga corta.
Cuando me recupero vuelvo a pensar que Dios ha sido justo pero quizás no del todo. No he dejado de pensarlo durante el resto del día.