No he dormido más de dos horas. Me pasa siempre que viajo. No me acostumbro a las camas de los hoteles, por muy de cinco estrellas que sean, como es el caso. El teléfono de la habitación sigue sonando. Ruedo por la cama hasta el otro extremo, maldigo al diseñador de la estancia por instalar la línea en el otro extremo de la monumental cama en la que me debato. Después de cruzar media docena de cojines y almohadas recojo el auricular.
-Buenos días, tal y como solicitó, le hemos despertado a las siete y media de la mañana.
-¿Podrían volver a despertarme a las ocho y cuarto?
-Por supuesto, señor.
Me tumbo y miro al techo. Es rematadamente blanco. La recepcionista me ha llamado señor; qué poco me conoce.
RAE
señor, ra.
(Del lat. senĭor, -ōris).
1. adj. Que es dueño de algo; que tiene dominio y propiedad en ello. U. m. c. s.
2. adj. coloq. Noble, decoroso y propio de señor.
Soy dueño de un coche destartalado, pero no me considero ni noble ni decoroso, así que no encajo en el calificativo ‘señor’. Paso unos minutos recapacitando sobre nada, cierro los ojos y tanteo entre las sábanas. Encuentro el mando a distancia y pulso el botón uno. La televisión se enciende. Me incorporo. La moqueta está caliente y mis pies lo agradecen. Agito la cabeza para ahuyentar el sueño. La habitación tiene casi una decena de lámparas. Me vuelvo a cagar en la madre del diseñador, recordando que el día anterior estuve media hora tratando de dejar a oscuras el cuarto. Pulsaba un interruptor y se encendían tres luces a la vez, presionaba el de al lado y se apagaban esas tres bombillas, pero se iluminaba el baño, probaba con el interruptor del baño y se hacía la luz en la terraza. Qué mal lo tuvieron que pasar los Srs. Orondo.
Dudo entre bañarme o ducharme, y me decanto por la última opción. Soy un escrupuloso compulsivo con el mobiliario del baño. No me gusta apoyar los carrillos del pompis en la taza del WC, ni reposar sobre una bañera en la que decenas de desconocidos se hayan masturbado. Así que cojo mis zapatillas de plástico barato y abro el grifo.
Bajo a desayunar. El restaurante del hotel es muy amplio y está flanqueado por una generosa barra abierta, pensada para que los residentes comprueben de primera mano cómo trabajan los cocineros y todos puedan ver lo limpios que son, y de paso reírse de la cara de bufones que se les queda con esos estúpidos gorros blancos. Me zambullo en el tumulto de platos y ofertas culinarias, aunque al final me decanto por una sencilla macedonia de frutas, un zumo de naranja natural y un cruasán -o ‘curasán’, que diría mi abuela-. Busco una mesa libre, o más bien trato de encontrar una que me guste, porque están casi todas vacías. Un brazo se alza entre el vergel de mesas y se agita en mi dirección. Son papá y mamá Orco animándome a sentarme con ellos. ‘Periodista free lance 2′ se encuentra con ellos y me mira suplicante, pero, aunque hago un gesto inicial de aproximación, acabo por sentarme a cuatro metros de ellos. Desde mi mesa, a través de una cristalera monumental, se ven las pistas de esquí. Sé que ‘Periodista free lance 2′ entenderá mi maniobra de evasión. A mí me va a tocar pasar la mayor parte de la mañana con ellos, ya que la empresa que nos ha invitado al viaje ha contratado un profesor de esquí para los principiantes, caso mío y de la pareja de transatlánticos. ‘Periodista free lance 2′ se decantó por unas clases de snowboard. Yo debería haber hecho lo mismo, pero ya es demasiado tarde, ya no hay vuelta atrás.
El paso previo para todo esquiador principiante que se precie de serlo es alquilar el material, así que después del desayuno nos dirigimos a la tienda de alquiler. Hay que bajar unas escaleras hacia el almacén en el que se encuentran los aperos, y desciendo riéndome para mis adentros. Quiero ver a ‘Shrek’ y ‘Fiona’ subir las escaleras con las botas puestas. Lo deseo con todas mis fuerzas. Creo que es posible que alguno de ellos se caiga o durante la ascensión, y quiero verlo. No quiero sangre ni huesos rotos, sólo un inofensivo trompazo que me alegre la mañana.
Nos sentamos en un banco de dudosa solidez y un joven con gafas nos pregunta la talla de pie y nuestra estatura. No me gusta su forma de actuar. Ha detectado que somos principiantes y, como buen inepto que es, trata de hacer las cosas más deprisa de lo que sabe, para impresionarnos. Recoge las botas de la estantería a toda velocidad, selecciona nuestros esquís y bastones con destreza y dispone todo el equipo a nuestros pies en sólo unos segundos. Después pregunta el número de pie a los que van a practicar snowboard, y continúa con su pavoneo. Yo rezo para que tropiece o se le caiga una bota golpeando un esquí y la tienda entera se desplome por el llamado efecto dominó. No sucede nada; está claro que el muy cretino no ha hecho otra cosa en su vida que no sea ordenar y repartir botas y esquís.
Ponerse las botas es un suplicio. Hay que destensar unas correas muy duras, ensanchar el cuello de la bota tirando fuerte de la lengüeta e introducir el pie. Al fin logro calzarme; noto cómo un sudor ardiente recorre mi pecho y se desplaza hasta las axilas. Estoy mirando al suelo. Respiro profundamente, casi jadeo, y giro la cabeza hacia la izquierda. El señor ‘ojosdevacaelectrocutada’ mantiene un pulso inútil con la bota. Hasta que se cansa y deja de intentarlo. Me mira por espacio de unos 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y, antes de que hable, el empleado de la tienda le explica la forma en que debe colocar el pie para introducirlo en la bota. Por fin lo consigue. Para cuando él se ha puesto de pie, mamá Zampabollos inicia el mismo proceso. Como era de esperar, le cuesta. Se pone nerviosa y empieza a gritar al Sr. Cachalote.
-¡Ven aquí, ayúdame!
Está ridícula. El gorro que lleva puesto, y que manifiestamente le queda grande, se ha ladeado levemente. Parece el paje tonto de una cabalgata de reyes representada por tullidos. Un pitufo sobredimensionado, en grado superlativo. Es un todo, una obra de arte siniestra, es la bola del mundo, el Hitler de la obesidad, un súcubo retorcido, ella es ella elevada al infinito, una nave espacial en decadencia. El Sr. 30 segundos, con suma bondad y atención, toma la bota y empuja. Están a punto de caer del banco, yo me acerco por si las moscas, pero al final acaba por encajar el calzado en el pie de su particular Cenicienta. Caminamos como zombis hacia la escalera. Tengo a la pareja delante y justo en la mitad de la ascensión la Sra. Fiona pierde el equilibrio; su cuerpo se tambalea, a caballo entre caer de bruces o rodar de espaldas sobre los escalones, pero un empujón de su marido aborta cualquiera de las dos posibilidades y llegamos sanos y salvos arriba.
Considero la posibilidad de que a ella no le guste la experiencia de esquiar. No la soporto. Su forma de mirar, de actuar y de dirigirse al Sr. Cachalote no es decorosa, no es la correcta, no es la que suele destilar alguien que quiere a alguien. Él es una buena persona, no merece ese trato.
La profesora de esquí tiene un nombre impronunciable. Sólo sé que se lo pusieron en honor a la patrona de Andorra, o la virgen de Andorra, o algo así. Es alta, no está mal. Divide el grupo en otros dos. A un lado los que nunca jamás han tenido contacto con la nieve (en formato esquí) y al otro los que alguna vez se deslizaron por ella. Entonces mamá Pitufa dice que ella es la primera vez que está en la nieve.
-O sea, que no has esquiado nunca
-Nunca he estado en la nieve, así que nunca he esquiado -parece enfadada-.
Me uno al grupo de neófitos totales, aunque un año antes esquié con mi hermano en el puerto de Leitariegos, en Asturias. No confío en recordar cuáles son los movimientos, así que prefiero empezar de cero.
Comenzamos con la cuña. La cuña consiste, básicamente, en poner bizcos los pies empujando las rodillas hacia dentro. Es decir, es hacer el mongólico pero con unos esquís puestos. La cuña es la forma en la que se logra frenar. Nos ponemos en fila y, uno por uno, vamos haciendo la dichosa cuña. Yo salgo el primero y la monitora me felicita. Después de todo -pienso- no se me ha olvidado. Llega el turno del Sr. Shreck. Toma impulso, se deja deslizar y frena con la destreza que puede tener un saco de cien kilos. Fiona le mira con envidia; ahora le toca a ella. Comienza a deslizarse, va bien, mantiene el equilibrio. La profesora habla.
-¡A ver esa cuña!
La Sra. Panceta mongoliza sus pies, pero no frena, es un gesto inútil. Comienza a desmoronarse hacia la izquierda. No está cayendo, no, no es eso; se está derramando. Yace en la nieve en relativa inmovilidad; relativa porque una parte de sus carnes se cimbrea a un ritmo decreciente y gelatinoso. Es el mismo movimiento cárnico que se aprecia en las morsas del ártico cuando se tumban al sol. La fila de doce novatos mira concentrada a Fiona. Ha quedado de espaldas a nosotros y sólo dice una cosa: “No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar”. Me recuerda a su marido. Lo repite con insistencia, pero no intenta incorporarse, simplemente reza esa frase una y otra vez. El Sr. Orondo la mira pero no se inmuta. Es su pequeña revancha. Noto que me presionan el hombro y, cuando me doy la vuelta, veo a ‘Periodista free lance 1′ con una cámara réflex profesional. Me habla.
-Tío, qué putada que no se dé la vuelta. La foto sería cojonuda.
No me lo pienso y grito.
-¡Eh! ¡Vamos! ¡Eh! ¡Túuuuuuuuu!
La Sra. Colesterol se gira y suena una ráfaga de disparos. La foto está hecha. Yo desvío la mirada hacia el cielo como si no la hubiera llamado, como si hubiera sido otro. Me falta silbar distraído para que el intento de hacerme el sueco sea más contundente.
La monitora se acerca a ella; la ayuda a incorporarse. Se levanta como puede y busca con la mirada a su marido entre la fila de esquiadores palurdos. Por fin lo encuentra. Ella es una kilométrica bola de rencor; él se ha convertido en un osito de peluche. De súbito, una lágrima de sangre ve la luz a través del túnel de la nariz de la gorda. Ha caído sobre la nieve, muy deprisa. Observo el punto en el que ha ido a morir y descubro cómo poco a poco el rojo se expande sobre el manto blanco. Esa gota de sangre es el ‘Gordo’, y el manto de nieve es la ‘Gorda’. El ‘Gordo’ ha iniciado una pequeña rebelión evitando ayudar a la ‘Gorda’ a levantarse, pero al final la ‘Gorda’ acabará por sofocarla. La gota de sangre pretende cambiar el color de todo el valle, pero la nieve nunca lo consentirá.
Ella sigue impávida atravesándolo con la mirada. Pienso en esa frase que he oído tantas veces, y que es algo así como: Los gordos también tienen derecho a vivir. Es errónea. Como todo en la vida, la frase en cuestión está sujeta a excepciones, y la Sra. Panceta es una de ellas.
Él mantiene la mirada en el vacío y ella, al final, le obvia y regresa a la cola.
Decido abandonar el grupo y esquiar por mi cuenta, a sabiendas de que, en la nieve, mis piernas son tan frágiles como las de un potro recién nacido. Me divierto, me encanta la sensación de ir por libre, de comenzar a tener cierto control. Es maravilloso. Sí. Quiero repetirlo todos los días de mi vida, comprarme una casa de montaña en una zona de nieves perpetuas, consagrar mi vida al esquí y ser enterrado bajo toneladas y toneladas de copos blancos.
El restaurante de la estación de esquí está hecho de madera al completo, y pasamos como zombis, con esas botas rígidas que no le dejan desenvolverse a uno con naturalidad. No hay cola en la entrada al bufé y comenzamos a hacer acopio de bandejas, tenedores, cuchillas, pan…
-¡Esto es como en el cole! -comenta uno de los periodistas-.
-Sí, es verdad -ratifica la gorda con tres trozos de pan sobre la bandeja-. El comedor del colegio de mi hijo es igual que éste -lo dice a un volumen tan alto que siento como si un tren subterraneo hubiese zarandeando los cimientos del restaurante-.
Yo pienso la observación de la gorda. Yo pregunto.
-¿Llevas a tu hijo al comedor?
-Sí.
-Pero… ¿por qué? Quiero decir, me dijisteis que no trabajáis ninguno de los dos…
La gorda levanta el tenedor como un director de orquesta mientras busca una mesa con la mirada.
-Es que no le aguanto. Prefiero que pase más tiempo en el colegio. Que le aguanten los profesores.
Por fin encuentra una mesa y se sienta. Un minuto después aparece el Sr. Orondo. Ella analiza el plato de su compañero y monta en cólera.
-¡Eh! ¿Qué es eso que tienes en el plato? Yo quiero de eso… Sí, sí, de eso blanco -otro vagón pasando por debajo del restaurante-.
El Sr. Sumiso se levanta, dócil, vencido, a por un plato para su calco de grasa. Vuelve y lo deposita junto al de la Srta. Ofelia, ya casi vacío. Yo miro mi plato y, aunque se me ha quitado un poco el hambre, hago el esfuerzo.
No me ha sentado nada bien la comida. Después de esquiar unas horas más, el personal destacado de la empresa que organiza el viaje llama a formación. La comitiva al completo debe desplazarse a una pequeña colina de nieve, encajada en la falda de la montaña, a disfrutar de una competición de snowboard. Es una de las pruebas del campeonato del mundo de esa disciplina. Comenzamos la ascensión. En seguida comprendemos que no va a ser coser y cantar. No es que vaya a ser cruzar el Himalaya, pero la cuesta, a medida que nos acercamos, es más pronunciada y tiene placas de hielo. Sí, yo también estoy pensando cómo coño van a subir ‘Moby Dick’ y su pareja de baile. Ascendemos sin mirar atrás, poco a poco, en fila india. Yo me encuentro en medio de la hilera, por detrás de mis compañeros de profesión y la gente de la organización; por delante de los dos Boeing 747. Me parecía arriesgado subir tras ellos, sobre todo por lo que hubiera supuesto para mi integridad un resbalón inoportuno de los Srs. Orondo.
Veinte minutos después alcanzamos nuestra particular cumbre. Hay dos rampas de nieve y, entre ellas, se encuentra aparcado un cuatro por cuatro, tipo ranchera, con dos altavoces inmensos. Sobre la parte trasera del automóvil hay un pincha discos asaeteando al personal con música que a mí me recuerda a los 80. Es todo un espectáculo. A los de prensa nos dejan situarnos cerca del cuatro por cuatro, y los competidores saltan sobre nosotros a varios metros de altura, girando aparentemente sin control, aunque siempre aterrizan de forma magistral.
Media hora después decidimos que es hora de descender. ‘Periodista Free Lance 2′ me toca en el hombro.
-Mira quién sube por ahí -‘Periodista Free Lance 2′ se muerde el labio, incrédula.
Son Amundsen y Scott, un Yeti con un Troll, los dos jinetes del Apocalipsis. Los Srs. Orondo suben a duras penas la cuesta, él más entero que ella; ella con un gesto de patente desesperación. Nos cruzamos mientras ellos ascienden y nosotros descendemos.
-¡Casi me mato! Me he tropezado y… ¡casi me mato! -el tercer vagón de la tarde, peligro de aludes-.
Pasamos con indiferencia frente a la pareja. Se paran. Dan media vuelta. Nos siguen hacia abajo. Ella finge, jadea, hace como que no puede respirar. A medida que nos alejamos de ellos, la gorda incrementa los suspiros; casi solloza. Me viene un olor a mierda insoportable. Estoy seguro de que ha sido ella.
Media hora después llegamos al hotel. No sé si ellos han llegado con nosotros o no. Tampoco me importa. Tampoco nos importa. Un par de horas después les he visto en el spa del hotel, derramados sobre un yacuzzi lleno de burbujas. Han levantado la mano y me han saludado. He hecho lo propio y me he dado media vuelta. Estoy seguro de que se han debido tirar, por lo menos, una docena de pedos cada uno, disimulados por las burbujas.
Hora de cenar. Abro la carta de ofertas culinarias y opto por una ensalada de langostinos y un plato de sushi, una cerveza y dos panes, uno de albaricoque y otro de aceitunas. Es el cumpleaños de la gorda y nos confabulamos para que le traigan una tarta con una vela una vez acabemos de cenar.
Cuando me traen la ensalada noto a la gorda, a mi lado, analizando la comida.
-¿Quieres?
-Sí.
Enarbola el tenedor como una banderilla y comienza la búsqueda. En el centro del plato se encuentra el langostino más generoso de todos. Ella hace bailotear el tenedor por encima de la lechuga, la escarola, el tomate y los asustados langostinos. Como era de esperar, ensarta el langostino más grande. Me dirijo al camarero.
-¿Me podría traer otra cerveza, por favor?
El traqueteo del tren me adormece. Si no fuera porque el camarero me ha preguntado si deseaba comer, estoy seguro de que hubiera ido durmiendo todo el viaje de vuelta. Estoy molido, me duele todo, pero el viaje ha merecido la pena. Apenas tengo hambre; pido la comida. Hablo con una de las chicas de organización del viaje sobre la pareja de marras. Después de la cena de la noche anterior toda la comitiva hizo leña de los gordos caídos, especialmente de ella. Me alivia saber que no sólo yo sentía animadversión para con la Sra. Orondo. Son todos. Todos tenemos la misma opinión de ella. Sin excepción alguna; puedo asegurar que su pareja, el Sr. Orondo, piensa lo mismo.
Decido dar de lado al postre que sirven en el AVE. La chica de organización coge la bandeja con los pastelillos sobrantes y se dirige siete asientos más atrás.
-Chicos, no queremos el postre, ¿lo queréis vosotros?
-¡Joder! ¡Si lo hubieras dicho antes! -a pesar del comentario, la gorda alarga el brazo y recoge la bandeja-.
A la mañana siguiente, ya en Madrid, me levanto con agujetas, la boca pastosa. Enciendo el ordenador y abro el correo. Uno de los periodistas del viaje a Andorra me ha mandado un enlace. El asunto reza algo así como ‘Urgente’. Lo abro. No lo puedo creer. Alguien aparece en un foro poniendo a parir a la Sra. Orondo. Me supera. La muy foca se dedica a traficar con perros. Se anuncia solicitando caridad perruna, busca alguien que le regale un cachorrito porque asegura que no tiene dinero y es lo que más desea su hijo de cuatro años, que es medio subnormal, cojo y además tiene una enfermedad degenerativa que no le permitirá vivir más allá de dos años. Eso sí, pide canes con pedigrí, no le vale cualquiera. Luego, cuando los recibe, los pone a la venta.
He desayunado una manzana y un zumo de naranja. He pensado que quizás Dios no es tan justo como pensaba.