Thursday, May 31, 2007

Un coche rojo y el lanzamiento inofensivo de un zapato

El tío Edu sólo necesita un coche rojo. Rojo. Siempre tiene que ser rojo. Creo que es porque, en su casi ceguera total, ese color le ayuda a distinguir el juguete del resto de objetos del mundo. Tiene 32 años y una mentalidad de un crío de 4 ó 5. El tío Edu es maravilloso. Es la alegría en estado puro. No es capaz de ligar frases pero, a su manera, las construye. Si mi madre, su hermana, le pone sobre la mesa un plato caliente, él balbucea algo así como “te quiero”. Mueve el coche insistentemente, casi nunca lo hace rodar, sólo lo mantiene en el aire y lo mira a menos de un palmo, mientras lo agita con denuedo.

Creo que mi retorno a Roma estuvo muy bien… o muy mal, según se mire. Mi hermano lo dejó después con su novia. Bueno, lo cierto es que ella lo dejó primero, pero cuando llegó el arrepentimiento fue demasiado tarde. O eso parece, de momento, porque en las cosas del amor nunca se sabe, más aún cuando el tiempo no ha hecho cuña. El tío Edu ha venido a casa con la tía Angelita. Tengo ocho tías y dos tíos, sólo por parte de madre. Se turnan en los cuidados de Edu porque la abuela, después de la operación, está débil y no es capaz de atenderle. De hecho otra de mis tías, Milagros, se encarga de cuidar a la abuela a diario. Pero hay buenas noticias. La abuela ha ganado en alegría. Ya come, y por lo visto mucho; está engordando y se ríe. Dicen que se ríe y que le apetece pasear.

Digo que el regreso a Roma fue bueno y malo por dos razones. Bueno, porque estuve de vacaciones, no trabajando, y malo porque una mendiga me tiró un zapato. Vi la foto clara, en las escaleras de la italiana Plaza de España. Ella se retorcía sobre unas escaleras pidiendo limosna, envuelta en una especie de capa con capucha negra. Un plano cojonudo, un contrapicado hermoso. Saco la cámara, tiro tres fotos. Luego otras tres. Miro la pantalla de la cámara; son manifiestamente mejorables, así que vuelvo a disparar.  Ella asoma el rostro a través de la capucha.

-¡No soy una modelo! ¡No lo soy!

El zapato no llega a rozarme.

Lo recojo, se lo acerco y deposito unas monedas. Me siento como una mierda desalojada del tracto anal a la velocidad de la luz, estampándose contra otras mierdas en el fondo de una letrina.

 

Tomamos el metro. El metro de Roma es oscuro, sucio; está sucio como la ciudad entera, es un calco de la línea verde del suburbano madrileño veinte años atrás, o veinticinco. Pero la gente es luminosa, gentil, amable, feliz, sincera, descarada, condescendiente; es como la gente del suburbano madrileño veinte años atrás, o veinticinco. Al volver a Madrid y subirnos al vagón de la línea diez, mi hermano y yo nos hemos dado cuenta de eso. Ya nadie habla en el metro, al menos los días laborales. Todos miran al vacío. Un bebé llora en un carrito de tres ruedas. Mi hermano Antonio, embriagado aún de lo que fue Roma, se pone a silvar, luminoso, gentil, amable, feliz, sincero, descarado, condescendiente. Emula un pajarillo. Lo hace realmente bien. El bebé calla, no sé si por el canto o por la mecida a la que es sometido por su madre. Mi hermano deja de piar, y en el vagón vuelve el silencio. Debía haberle dado un billete de cincuenta euros a aquella mendiga, no hubiera servido para pagar su dignidad, pero sí la mía.

Hemos salido del metro. Caray, qué frío siento en los pies con estas chanclas de plástico.

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Monday, May 14, 2007

Bicicletas en Viena, el olor de su pelo, el divorcio de mi tía y un cáncer de huevos

Llevo más cervezas de las que caben en el término sobrio. No quiero salir del coche. Deseo quedarme aquí, en las puertas de la T2 de Barajas, a vivir para siempre. Fuera del aeropuerto, en el coche, vivir para siempre aquí. Estoy tan cansado. 

Isa me besa y yo huelo su pelo. El pelo de Isa huele a sosiego. Un pedacito de paz en mi universo de desorden desorganizadamente compuesto al libre albedrío. Voy a salir del coche pero ella se vuelve más hermosa.

-Espera un poco más, no te vayas.

Y me besa.

Y yo huelo su pelo.

Llevo un mes sin visitarla.

Un mes sin visitar a la abuela.

Hago media pirámide de letras y pensamientos.

En la radio del coche suena ‘Inevitable’ de los Piratas.

Suena tan hermosa, la canción, que vuelvo a oler el pelo de Isa. No me quiero marchar. Inevitable me define, porque inevitable significa que no se puede parar, y la música, en su particular contexto inexplicable, acaba por explicarme del todo. De repente soy los acordes, la letra, la voz rasgada, el caos. Isa me vuelve a besar. Quiero llorar. Lloro así como por dentro, en silencio, porque los hombres lloran callados, ausentes, aunque se diga lo contrario. Y yo quiero ser un hombre. Un hombre. Sí, eso quiero ser.

Me he despedido deprisa para que no descubra que no soy un hombre.

En el control me obligan a abrir la maleta. Me quitan un desodorante de la marca Don Algodón. En realidad, no me lo quitan, me cuestionan.

-¿Quiere usted facturar el desodorante o pasarlo al departamento de desintegración?

Sí; ha dicho desintegración.

-Desintégrenlo, pero antes perfúmense los sobacos.

Ella me mira fijamente y yo doy un espaldarazo a la maleta. Me pierdo por el pasillo hasta la puerta de embarque E81.

 

 Zumbido de motores, avión que despega. Quiero ser un hombre. Duermo.

 

Tengo resaca; pregunto cómo llegar al corazón de Viena en transporte público. Los austríacos o astriacos son mucho más que alemanes. Arnold ‘Chuachenaguer’ es austríaco o austriaco. Camino. Camino. Camino. Hay una cervecería anexionada a un gran palacete estilo versallesco.

-¿Grande o pequeña?

-Grande, por favor.

La cerveza no está demasiado fría, pero su sabor es suave, reconfortante. La camarera se llama Cristina, lo reza el cartel digital que luce en el pecho trazando cada letra de derecha a izquierda con diminutos puntos rojos.

Estoy en ese punto de insatisfacción periódica que me viola al menos una vez al mes. Tengo que buscar un hotel pero no estoy por la labor. Tengo que escribir palabras por las que me paguen, pero prefiero pagarme a mí mismo. Inspirar el pelo de Isa, una vez más, ha sido un bálsamo. Todavía tengo su esencia anclada a la napia, como el anzuelo a la trucha. Es indivisible. En Viena el viento que cimbrea la sombrilla del bar en el que me embriago lleva a lomos el sabor de su olor. No hay distancias cuando uno se siente solo. Fumo mucho, demasiado. La palabra cáncer revolotea. Cáncer. Mi amigo Pedro tiene cáncer. Un cáncer de huevos, bromeo. Es un cáncer en los testículos. Tengo que llamarle, preguntarle, saber si los médicos le han dicho que lo superará. Eso me tranquilizaría en el caso de que la respuesta fuera afirmativa porque uno no sabe cuándo va a sufrir un cáncer de huevos. Me siento egoísta pensando así, preguntando sólo por mi propio beneficio, pero realmente quiero preguntarle para saber cómo está. Después de todo -considero la posibilidad-, no soy tan egoísta. Pero lo soy.

Me encantan los vencejos y los gorriones. Son mis animales preferidos. Si cierro los ojos, ahora, suenan sus gritillos como una manta tupida, tersa, que me protege. Si los oigo estoy donde quiera estar, porque ellos siempre están, vaya donde vaya, me encuentre donde me encuentre, siempre están. Siempre. Si los oigo, estoy con la abuela, estoy con mi hermano, estoy en Madrid, estoy en Asturias, con mi tía Carmina, o mejor dicho con Luisa, que es como le gusta que la llamen.

Lo de Carmina y su marido se está acabando. Elle le deja. No puede aguantar una sobredosis más de indiferencia, quiere ser gorrión. O vencejo. Quiere ser ella. Carmina se ha buscado y parece que se va a encontrar cualquier día de estos. Yo la llamo porque la quiero y ella habla. Habla y reafirma conmigo su decisión. Lo va a dejar. “Es muy simple, sólo necesito arreglar un par de papeles”. Pero le da miedo el paso. Y el olor del pelo de Isa vuelve, y temo perder su aroma por los siglos de los siglos.

Carmina, adelante, hazlo.

Carmina tiene huevos. Se casó con un toxicómano a pesar de los consejos de quienes no vivían sus sentimientos. Se divorcia ahora a pesar de quienes hacen de sus vidas una sumisa asunción de los sociales requerimientos. Carmina tiene huevos.

Y yo me enciendo otro cigarro. Y el humo huele a su pelo.

He dejado de ser un hombre.

Pregunto por un hostal.

Unos dos quilómetros a pie.

Enciendo el portátil. Pido una cerveza. He hablado con la persona cuyo pelo es miel. Ella cree que tiene el pelo demasiado fino, volátil. Su pelo es perfecto. El olor de su pelo es perfecto. Estoy a cincuenta metros de un albergue. Trescientos metros más, cinco euros menos de precio en el alojamiento. Trescientos metros más, cinco euros menos de precio en el alojamiento. Cincuenta euros me parece una cifra razonable.

No sé si habrá un lugar para mí en el hostal o en cualquier sitio, pero a cincuenta metros de él la única certeza es que hay cerveza. Rima no provocada, lo admito, ha sido una casualidad. Ha salido el sol y frente a mí una casa de venta de muñecas vomita su oferta de pelos estropajosos y plásticos encerados. El sol convierte mi ordenador en un espejo. Pasa un tipo con un tupé pronunciado y pantalones de cuero, una pareja de, ¿novios?… podría ser. Y luego me veo yo. La nariz, como un pegote de arcilla lanzado al muro de mi cara, con esas raíces de pelo abriéndose paso a través de las fosas nasales y la única verdad en forma de ojos que no son más que un leve navajazo, dos arañazos de homosexual.  Mi verdad, mis ojos. Me fío de ellos, confío en ellos. Ellos son… ¿mi ventana al interior?, demasiado fácil. Que te follen, Bécquer; son la compuerta de un basurero en el que a veces crecen las flores.

Mamá tiene mal la rodilla. La palabra cáncer vuelve a acreditarse. Cobra forma. Dudo entre la palabra ‘cobra’ o ‘toma’. Lo correcto es ‘cobra’, porque el cáncer factura vidas. Mi madre no, hija de puta, mi madre no. Te juro que te mato; mi madre no. Te mato, hija de puta.

Mi madre                                          NO.

Pido otra cerveza.

El cielo se ha vuelto a nublar; y recuerdo el olor de su pelo. Siempre llevo una revista, un periódico, un algo que justifique mi existencia con un nombre entintado, borroso. Porque me niego a desaparecer. Papá acaba con todo.

-Hijo, ¿has pensado que dentro de cien años nadie se acordará de nosotros?

Carne. A veces mi padre es eso. Carne. Una continuidad de su trabajo. Quince horas diarias seccionando huesos, venas, tendones. Quince horas diarias haciendo filetes. Yo sé que debajo de todo ese humus viscoso; sangriento pero exangüe, hay una persona que es mi padre. Lo sé porque mamá me ha contado dónde inicié mi andadura en este mundo, y las madres nunca mienten. Algún día mi padre sabrá lo que pienso de él, y yo sabré lo que piensa de mí. Un adelanto: “El día más feliz de mi vida, hijo, fue cuando tú naciste”. No hay nada más que esa frase. Detrás, el vacío.

Viena me gusta. El olor de su pelo me gusta. Carmina -o Luisa-: retoma tu camino, divórciate.

Ha vuelto a salir el sol.

El hostal tiene dos camas. Nunca he entendido que dispongan de dos camas en una habitación cuando uno pide una estancia sencilla, porque sólo necesito una cama para dormir, y no soy nada promiscuo.

A las seis de la mañana dejo el hostal para caminar por la ciudad y ver los puntos de interés turístico. Voy a alquilar una bicicleta para ver Viena hasta las doce de la mañana, momento en el que iré al hotel de la empresa que me ha invitado al viaje para mostrarme sus soluciones informáticas destinadas al mercado empresarial.

Los austríacos o austriacos son  más que alemanes. Desabridos en el trato por regla general, maravillosos en ocasiones individuales. Al final no alquilo la bicicleta y opto por moverme en transporte público. Una pareja de españoles me regala una tarjeta con la que puedo viajar gratis en tranvía, metro y autobús gratis durante lo que queda de día. La tarjeta, a su vez, se la regaló un turista escocés que anteayer se marchó a su país. La tarjeta tiene tres días de vigencia, así que hoy expira. Ellos se van hoy a Praga, que se encuentra a unas cuatro horas en tren de Viena, y regresan mañana. Ella es dermatóloga y él sevillano. Ella vive en mi barrio, en Madrid. Él no sé dónde vive y me pide mi número de teléfono para reencontrarnos de nuevo en Viena el lunes, cuando vuelvan de Praga.

El hotel, en su aspecto externo, es el típico hotel de cinco estrellas, como casi todos en los que me suelo hospedar cuando ejerzo como periodista. Es el valor añadido de una profesión mal pagada, mal considerada y con un alto índice de licenciados en paro. Ellos me pagan un hotel de cinco estrellas y yo escribo un reportaje sobre su empresa. ¿Qué cuánto cobro? -pido perdón, ese ‘que’ no lleva tilde- Depende de la publicación. Unas pagan a veinte euros la página, otras más de cien euros la página. En esa horquilla nos movemos los periodistas de perfil medio bajo, por no decir de baja estofa. ¿Qué cuándo cobro? -pido perdón, ese ‘que’ no lleva tilde-; pues cobro cuando les sale de los cojones pagarme. Hay revistas que pagan a un mes -las prestigiosas- y otras a tres meses vencidos. Hay otras que no pagan. Y no vuelvo a escribir para ellos. Aprovechando que estoy en Viena, pedí a la compañía que me invita al viaje que me adelantara el vuelo dos días antes, con el fin de hacer un reportaje fotográfico y empaparme un poco cómo es la ciudad para intentar ofrecer un reportaje a cualquier revista de viajes. Mandas un par de fotos de muestra y un texto de introducción, si les gusta, lo publican. Cuando llego a recepción me piden una tarjeta de crédito. Les doy la mía pero no les sirve. Necesitan que sea de débito, por si acaso se te va la mano con el minibar, básicamente. Llamo a la persona del departamento de comunicación responsable de la organización de los periodistas, pero tiene el teléfono apagado. Menos mal que me permiten dejar las maletas en el hotel hasta que consiga dar con ella. Me siento junto al bar del hotel, arranco el portátil y escribo. Cuando acabe, alquilaré una bicicleta y volveré a sumergirme en las calles de Viena con mi cámara réflex digital de ocho megapíxeles para tratar de sobrevivir. Vuelve el olor de su pelo. Es maravilloso.

Llamo a Carmina -o Luisa- y me dice que si la puedo llamar dentro de diez minutos, porque está hablando con una amiga. Quiero saber cómo va el proceso de separación. Y aquí estoy, en el bar del hotel Radisson SAS Style Hotel de Viena, tratando de sobrevivir. ¡Ojo!, digo tratando de sobrevivir pero soy feliz, yo he elegido esta vida, y tengo la vida que quiero. No soy de aquellos que viajan y suelen comentar algo así como: “Mi trabajo es horrible, me paso la vida viajando”.

Abro la agenda del ordenador. El martes estaré en Madrid -hoy es domingo- y el miércoles vuelo a Londres, regreso el mismo día y después tengo que tomar un avión a Valencia, a ver una competición de vela con una empresa tecnológica que patrocina uno de los barcos que compiten. La semana siguiente pondré rumbo a Roma, donde estuve la semana pasada, para hacer un recorrido turístico en bicicleta.

Vuelvo a intentar hablar con Carmina -o Luisa-.

Lo consigo. Carmina -o Luisa-, lo tiene más claro todavía. Se va a divorciar.

Hace sol y me dispongo a apagar el ordenador. Voy a alquilar esa bici, voy a pedalear a cualquier lugar. Voy a vivir porque estoy vivo. Voy a vivir porque soy feliz. Sé que el aroma de su pelo está ahí fuera, sólo tengo que cerrar los ojos.

Y pedalear.

Ya estoy de vuelta en el hotel. La ruta en bici por Viena ha sido maravillosa. Enciendo el ordenador. El hilo musical recubre la atmósfera con ‘I´m gonna make you love me’, de los Jayhawks. Un tema cojonudo, luminoso en los estribillos, recurrente en la estrofa pero perfectamente rematado en la recta final. La cerveza no está demasiado fría, pero es reconfortante. A las ocho y media tengo la cena con la directora de comunicación de la empresa que me invita al viaje. El cursor parpadea, no tengo nada que contar. Son las siete de la tarde y tres minutos y creo que voy a subir a mi habitación a darme una ducha. Creo que huelo. Cuatro horas en bici son demasiadas para mi camiseta de algodón barato. Disfruto de la cerveza. En la catedral de San Esteban, en el corazón de Viena, había un grupo de ‘break dancers’ haciendo cabriolas. Cuando han acabado el número, casi nadie les ha dejado dinero en los cubos dispuestos alrededor de ellos para hacer frente a la función. Yo he aportado un euro. He sacado un par de fotos buenas, con la catedral de San Esteban detrás. Antes he estado en el Danubio, viendo una gran noria que dicen que tiene años de antigüedad a sus espaldas. Cuatro ingleses borrachos me han intentado quitar la cámara. Uno de ellos, el más delgado y ebrio, me ha dicho que se la entregara. Le he respondido en español: “Que te den por el culo, cabrón”. Ha dudado, pero al encenderse la luz verde del semáforo han cruzado el paso de cebra otros tres amigos suyos y he tenido que poner pedales en polvorosa. Justo en ese momento un coche de policía se ha cruzado en mi camino. He levantado la mano y se ha detenido. Le he contado al agente mi situación. Los han detenido. Por lo visto varias personas habían llamado a la estación de policía alertando de su comportamiento indecoroso. Desde la ventanilla trasera del coche, los ingleses me han hecho varios cortes de manga. El hilo musical del hotel es cojonudo. Suenan unos acordes interpretados con un piano, con toques de jazz, soul y algunos paréntesis de rithm & blues. Apoyo la cabeza en el respaldo de la silla -casi sillón- del hotel. Un gran colofón a un gran día. Me siento feliz. Sólo pero feliz. Voy a apagar el ordenador y a subir a mi habitación para ducharme y dormir un rato.

La canción acaba con un goteo ascendente de golpes de tecla, cada vez más agudas.  

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Sunday, May 6, 2007

Vida perra (día 2)

No he dormido más de dos horas. Me pasa siempre que viajo. No me acostumbro a las camas de los hoteles, por muy de cinco estrellas que sean, como es el caso. El teléfono de la habitación sigue sonando. Ruedo por la cama hasta el otro extremo, maldigo al diseñador de la estancia por instalar la línea en el otro extremo de la monumental cama en la que me debato. Después de cruzar media docena de cojines y almohadas recojo el auricular.

-Buenos días, tal y como solicitó, le hemos despertado a las siete y media de la mañana.

-¿Podrían volver a despertarme a las ocho y cuarto?

-Por supuesto, señor.

Me tumbo y miro al techo. Es rematadamente blanco. La recepcionista me ha llamado señor; qué poco me conoce.

RAE

señor, ra.

(Del lat. senĭor, -ōris).

1. adj. Que es dueño de algo; que tiene dominio y propiedad en ello. U. m. c. s.

2. adj. coloq. Noble, decoroso y propio de señor.

Soy dueño de un coche destartalado, pero no me considero ni noble ni decoroso, así que no encajo en el calificativo ‘señor’. Paso unos minutos recapacitando sobre nada, cierro los ojos y tanteo entre las sábanas. Encuentro el mando a distancia y pulso el botón uno. La televisión se enciende. Me incorporo. La moqueta está caliente y mis pies lo agradecen. Agito la cabeza para ahuyentar el sueño. La habitación tiene casi una decena de lámparas. Me vuelvo a cagar en la madre del diseñador, recordando que el día anterior estuve media hora tratando de dejar a oscuras el cuarto. Pulsaba un interruptor y se encendían tres luces a la vez, presionaba el de al lado y se apagaban esas tres bombillas, pero se iluminaba el baño, probaba con el interruptor del baño y se hacía la luz en la terraza. Qué mal lo tuvieron que pasar los Srs. Orondo.

Dudo entre bañarme o ducharme, y me decanto por la última opción. Soy un escrupuloso compulsivo con el mobiliario del baño. No me gusta apoyar los carrillos del pompis en la taza del WC, ni reposar sobre una bañera en la que decenas de desconocidos se hayan masturbado. Así que cojo mis zapatillas de plástico barato y abro el grifo.

Bajo a desayunar. El restaurante del hotel es muy amplio y está flanqueado por una generosa barra abierta, pensada para que los residentes comprueben de primera mano cómo trabajan los cocineros y todos puedan ver lo limpios que son, y de paso reírse de la cara de bufones que se les queda con esos estúpidos gorros blancos. Me zambullo en el tumulto de platos y ofertas culinarias, aunque al final me decanto por una sencilla macedonia de frutas, un zumo de naranja natural y un cruasán -o ‘curasán’, que diría mi abuela-. Busco una mesa libre, o más bien trato de encontrar una que me guste, porque están casi todas vacías. Un brazo se alza entre el vergel de mesas y se agita en mi dirección. Son papá y mamá Orco animándome a sentarme con ellos. ‘Periodista free lance 2′ se encuentra con ellos y me mira suplicante, pero, aunque hago un gesto inicial de aproximación, acabo por sentarme a cuatro metros de ellos. Desde mi mesa, a través de una cristalera monumental, se ven las pistas de esquí. Sé que ‘Periodista free lance 2′ entenderá mi maniobra de evasión. A mí me va a tocar pasar la mayor parte de la mañana con ellos, ya que la empresa que nos ha invitado al viaje ha contratado un profesor de esquí para los principiantes, caso mío y de la pareja de transatlánticos. ‘Periodista free lance 2′ se decantó por unas clases de snowboard. Yo debería haber hecho lo mismo, pero ya es demasiado tarde, ya no hay vuelta atrás.

El paso previo para todo esquiador principiante que se precie de serlo es alquilar el material, así que después del desayuno nos dirigimos a la tienda de alquiler. Hay que bajar unas escaleras hacia el almacén en el que se encuentran los aperos, y desciendo riéndome para mis adentros. Quiero ver a ‘Shrek’ y ‘Fiona’ subir las escaleras con las botas puestas. Lo deseo con todas mis fuerzas. Creo que es posible que alguno de ellos se caiga o durante la ascensión, y quiero verlo. No quiero sangre ni huesos rotos, sólo un inofensivo trompazo que me alegre la mañana.

Nos sentamos en un banco de dudosa solidez y un joven con gafas nos pregunta la talla de pie y nuestra estatura. No me gusta su forma de actuar. Ha detectado que somos principiantes y, como buen inepto que es, trata de hacer las cosas más deprisa de lo que sabe, para impresionarnos. Recoge las botas de la estantería a toda velocidad, selecciona nuestros esquís y bastones con destreza y dispone todo el equipo a nuestros pies en sólo unos segundos. Después pregunta el número de pie a los que van a practicar snowboard, y continúa con su pavoneo. Yo rezo para que tropiece o se le caiga una bota golpeando un esquí y la tienda entera se desplome por el llamado efecto dominó. No sucede nada; está claro que el muy cretino no ha hecho otra cosa en su vida que no sea ordenar y repartir botas y esquís.

Ponerse las botas es un suplicio. Hay que destensar unas correas muy duras, ensanchar el cuello de la bota tirando fuerte de la lengüeta e introducir el pie. Al fin logro calzarme; noto cómo un sudor ardiente recorre mi pecho y se desplaza hasta las axilas. Estoy mirando al suelo. Respiro profundamente, casi jadeo, y giro la cabeza hacia la izquierda. El señor ‘ojosdevacaelectrocutada’ mantiene un pulso inútil con la bota. Hasta que se cansa y deja de intentarlo. Me mira por espacio de unos 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y habla. “No puedo, es imposible”. Pasan otros 15 ó 30 segundos y, antes de que hable, el empleado de la tienda le explica la forma en que debe colocar el pie para introducirlo en la bota. Por fin lo consigue. Para cuando él se ha puesto de pie, mamá Zampabollos inicia el mismo proceso. Como era de esperar, le cuesta. Se pone nerviosa y empieza a gritar al Sr. Cachalote.

-¡Ven aquí, ayúdame!

Está ridícula. El gorro que lleva puesto, y que manifiestamente le queda grande, se ha ladeado levemente. Parece el paje tonto de una cabalgata de reyes representada por tullidos. Un pitufo sobredimensionado, en grado superlativo. Es un todo, una obra de arte siniestra, es la bola del mundo, el Hitler de la obesidad, un súcubo retorcido, ella es ella elevada al infinito, una nave espacial en decadencia. El Sr. 30 segundos, con suma bondad y atención, toma la bota y empuja. Están a punto de caer del banco, yo me acerco por si las moscas, pero al final acaba por encajar el calzado en el pie de su particular Cenicienta. Caminamos como zombis hacia la escalera. Tengo a la pareja delante y justo en la mitad de la ascensión la Sra. Fiona pierde el equilibrio; su cuerpo se tambalea, a caballo entre caer de bruces o rodar de espaldas sobre los escalones, pero un empujón de su marido aborta cualquiera de las dos posibilidades y llegamos sanos y salvos arriba.

Considero la posibilidad de que a ella no le guste la experiencia de esquiar. No la soporto. Su forma de mirar, de actuar y de dirigirse al Sr. Cachalote no es decorosa, no es la correcta, no es la que suele destilar alguien que quiere a alguien. Él es una buena persona, no merece ese trato.

La profesora de esquí tiene un nombre impronunciable. Sólo sé que se lo pusieron en honor a la patrona de Andorra, o la virgen de Andorra, o algo así. Es alta, no está mal. Divide el grupo en otros dos. A un lado los que nunca jamás han tenido contacto con la nieve (en formato esquí) y al otro los que alguna vez se deslizaron por ella. Entonces mamá Pitufa dice que ella es la primera vez que está en la nieve.

-O sea, que no has esquiado nunca

-Nunca he estado en la nieve, así que nunca he esquiado -parece enfadada-.

Me uno al grupo de neófitos totales, aunque un año antes esquié con mi hermano en el puerto de Leitariegos, en Asturias. No confío en recordar cuáles son los movimientos, así que prefiero empezar de cero.

Comenzamos con la cuña. La cuña consiste, básicamente, en poner bizcos los pies empujando las rodillas hacia dentro. Es decir, es hacer el mongólico pero con unos esquís puestos. La cuña es la forma en la que se logra frenar. Nos ponemos en fila y, uno por uno, vamos haciendo la dichosa cuña. Yo salgo el primero y la monitora me felicita. Después de todo -pienso- no se me ha olvidado. Llega el turno del Sr. Shreck. Toma impulso, se deja deslizar y frena con la destreza que puede tener un saco de cien kilos. Fiona le mira con envidia; ahora le toca a ella. Comienza a deslizarse, va bien, mantiene el equilibrio. La profesora habla.

-¡A ver esa cuña!

La Sra. Panceta mongoliza sus pies, pero no frena, es un gesto inútil. Comienza a desmoronarse hacia la izquierda. No está cayendo, no, no es eso; se está derramando. Yace en la nieve en relativa inmovilidad; relativa porque una parte de sus carnes se cimbrea a un ritmo decreciente y gelatinoso. Es el mismo movimiento cárnico que se aprecia en las morsas del ártico cuando se tumban al sol. La fila de doce novatos mira concentrada a Fiona. Ha quedado de espaldas a nosotros y sólo dice una cosa: “No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar No me puedo levantar”. Me recuerda a su marido. Lo repite con insistencia, pero no intenta incorporarse, simplemente reza esa frase una y otra vez. El Sr. Orondo la mira pero no se inmuta. Es su pequeña revancha. Noto que me presionan el hombro y, cuando me doy la vuelta, veo a ‘Periodista free lance 1′ con una cámara réflex profesional. Me habla.

-Tío, qué putada que no se dé la vuelta. La foto sería cojonuda.

No me lo pienso y grito.

-¡Eh! ¡Vamos! ¡Eh! ¡Túuuuuuuuu!

La Sra. Colesterol se gira y suena una ráfaga de disparos. La foto está hecha. Yo desvío la mirada hacia el cielo como si no la hubiera llamado, como si hubiera sido otro. Me falta silbar distraído para que el intento de hacerme el sueco sea más contundente.

La monitora se acerca a ella; la ayuda a incorporarse. Se levanta como puede y busca con la mirada a su marido entre la fila de esquiadores palurdos. Por fin lo encuentra. Ella es una kilométrica bola de rencor; él se ha convertido en un osito de peluche. De súbito, una lágrima de sangre ve la luz a través del túnel de la nariz de la gorda. Ha caído sobre la nieve, muy deprisa. Observo el punto en el que ha ido a morir y descubro cómo poco a poco el rojo se expande sobre el manto blanco. Esa gota de sangre es el ‘Gordo’, y el manto de nieve es la ‘Gorda’. El ‘Gordo’ ha iniciado una pequeña rebelión evitando ayudar a la ‘Gorda’ a levantarse, pero al final la ‘Gorda’ acabará por sofocarla. La gota de sangre pretende cambiar el color de todo el valle, pero la nieve nunca lo consentirá.

Ella sigue impávida atravesándolo con la mirada. Pienso en esa frase que he oído tantas veces, y que es algo así como: Los gordos también tienen derecho a vivir. Es errónea. Como todo en la vida, la frase en cuestión está sujeta a excepciones, y la Sra. Panceta es una de ellas.

Él mantiene la mirada en el vacío y ella, al final, le obvia y regresa a la cola.

Decido abandonar el grupo y esquiar por mi cuenta, a sabiendas de que, en la nieve, mis piernas son tan frágiles como las de un potro recién nacido. Me divierto, me encanta la sensación de ir por libre, de comenzar a tener cierto control. Es maravilloso. Sí. Quiero repetirlo todos los días de mi vida, comprarme una casa de montaña en una zona de nieves perpetuas, consagrar mi vida al esquí y ser enterrado bajo toneladas y toneladas de copos blancos.

El restaurante de la estación de esquí está hecho de madera al completo, y pasamos como zombis, con esas botas rígidas que no le dejan desenvolverse a uno con naturalidad. No hay cola en la entrada al bufé y comenzamos a hacer acopio de bandejas, tenedores, cuchillas, pan…

-¡Esto es como en el cole! -comenta uno de los periodistas-.

-Sí, es verdad -ratifica la gorda con tres trozos de pan sobre la bandeja-. El comedor del colegio de mi hijo es igual que éste -lo dice a un volumen tan alto que siento como si un tren subterraneo hubiese zarandeando los cimientos del restaurante-.

Yo pienso la observación de la gorda. Yo pregunto.

-¿Llevas a tu hijo al comedor?

-Sí.

-Pero… ¿por qué? Quiero decir, me dijisteis que no trabajáis ninguno de los dos…

La gorda levanta el tenedor como un director de orquesta mientras busca una mesa con la mirada.

-Es que no le aguanto. Prefiero que pase más tiempo en el colegio. Que le aguanten los profesores.

Por fin encuentra una mesa y se sienta. Un minuto después aparece el Sr. Orondo. Ella analiza el plato de su compañero y monta en cólera.

-¡Eh! ¿Qué es eso que tienes en el plato? Yo quiero de eso… Sí, sí, de eso blanco -otro vagón pasando por debajo del restaurante-.

El Sr. Sumiso se levanta, dócil, vencido, a por un plato para su calco de grasa. Vuelve y lo deposita junto al de la Srta. Ofelia, ya casi vacío. Yo miro mi plato y, aunque se me ha quitado un poco el hambre, hago el esfuerzo.

No me ha sentado nada bien la comida. Después de esquiar unas horas más, el personal destacado de la empresa que organiza el viaje llama a formación. La comitiva al completo debe desplazarse a una pequeña colina de nieve, encajada en la falda de la montaña, a disfrutar de una competición de snowboard. Es una de las pruebas del campeonato del mundo de esa disciplina. Comenzamos la ascensión. En seguida comprendemos que no va a ser coser y cantar. No es que vaya a ser cruzar el Himalaya, pero la cuesta, a medida que nos acercamos, es más pronunciada y tiene placas de hielo. Sí, yo también estoy pensando cómo coño van a subir ‘Moby Dick’ y su pareja de baile. Ascendemos sin mirar atrás, poco a poco, en fila india. Yo me encuentro en medio de la hilera, por detrás de mis compañeros de profesión y la gente de la organización; por delante de los dos Boeing 747. Me parecía arriesgado subir tras ellos, sobre todo por lo que hubiera supuesto para mi integridad un resbalón inoportuno de los Srs. Orondo.

Veinte minutos después alcanzamos nuestra particular cumbre. Hay dos rampas de nieve y, entre ellas, se encuentra aparcado un cuatro por cuatro, tipo ranchera, con dos altavoces inmensos. Sobre la parte trasera del automóvil hay un pincha discos asaeteando al personal con música que a mí me recuerda a los 80. Es todo un espectáculo. A los de prensa nos dejan situarnos cerca del cuatro por cuatro, y los competidores saltan sobre nosotros a varios metros de altura, girando aparentemente sin control, aunque siempre aterrizan de forma magistral.

Media hora después decidimos que es hora de descender. ‘Periodista Free Lance 2′ me toca en el hombro.

-Mira quién sube por ahí -‘Periodista Free Lance 2′ se muerde el labio, incrédula.

Son Amundsen y Scott, un Yeti con un Troll, los dos jinetes del Apocalipsis. Los Srs. Orondo suben a duras penas la cuesta, él más entero que ella; ella con un gesto de patente desesperación. Nos cruzamos mientras ellos ascienden y nosotros descendemos.

-¡Casi me mato! Me he tropezado y… ¡casi me mato! -el tercer vagón de la tarde, peligro de aludes-.

Pasamos con indiferencia frente a la pareja. Se paran. Dan media vuelta. Nos siguen hacia abajo. Ella finge, jadea, hace como que no puede respirar. A medida que nos alejamos de ellos, la gorda incrementa los suspiros; casi solloza. Me viene un olor a mierda insoportable. Estoy seguro de que ha sido ella.

Media hora después llegamos al hotel. No sé si ellos han llegado con nosotros o no. Tampoco me importa. Tampoco nos importa. Un par de horas después les he visto en el spa del hotel, derramados sobre un yacuzzi lleno de burbujas. Han levantado la mano y me han saludado. He hecho lo propio y me he dado media vuelta. Estoy seguro de que se han debido tirar, por lo menos, una docena de pedos cada uno, disimulados por las burbujas.

Hora de cenar. Abro la carta de ofertas culinarias y opto por una ensalada de langostinos y un plato de sushi, una cerveza y dos panes, uno de albaricoque y otro de aceitunas. Es el cumpleaños de la gorda y nos confabulamos para que le traigan una tarta con una vela una vez acabemos de cenar.

Cuando me traen la ensalada noto a la gorda, a mi lado, analizando la comida.

-¿Quieres?

-Sí.

Enarbola el tenedor como una banderilla y comienza la búsqueda. En el centro del plato se encuentra el langostino más generoso de todos. Ella hace bailotear el tenedor por encima de la lechuga, la escarola, el tomate y los asustados langostinos. Como era de esperar, ensarta el langostino más grande. Me dirijo al camarero.

-¿Me podría traer otra cerveza, por favor?

 

El traqueteo del tren me adormece. Si no fuera porque el camarero me ha preguntado si deseaba comer, estoy seguro de que hubiera ido durmiendo todo el viaje de vuelta. Estoy molido, me duele todo, pero el viaje ha merecido la pena. Apenas tengo hambre; pido la comida. Hablo con una de las chicas de organización del viaje sobre la pareja de marras. Después de la cena de la noche anterior toda la comitiva hizo leña de los gordos caídos, especialmente de ella. Me alivia saber que no sólo yo sentía animadversión para con la Sra. Orondo. Son todos. Todos tenemos la misma opinión de ella. Sin excepción alguna; puedo asegurar que su pareja, el Sr. Orondo, piensa lo mismo.

Decido dar de lado al postre que sirven en el AVE. La chica de organización coge la bandeja con los pastelillos sobrantes y se dirige siete asientos más atrás.

-Chicos, no queremos el postre, ¿lo queréis vosotros?

-¡Joder! ¡Si lo hubieras dicho antes! -a pesar del comentario, la gorda alarga el brazo y recoge la bandeja-.

                                                                                      

A la mañana siguiente, ya en Madrid, me levanto con agujetas, la boca pastosa. Enciendo el ordenador y abro el correo. Uno de los periodistas del viaje a Andorra me ha mandado un enlace. El asunto reza algo así como ‘Urgente’. Lo abro. No lo puedo creer. Alguien aparece en un foro poniendo a parir a la Sra. Orondo. Me supera. La muy foca se dedica a traficar con perros. Se anuncia solicitando caridad perruna, busca alguien que le regale un cachorrito porque asegura que no tiene dinero y es lo que más desea su hijo de cuatro años, que es medio subnormal, cojo y además tiene una enfermedad degenerativa que no le permitirá vivir más allá de dos años. Eso sí, pide canes con pedigrí, no le vale cualquiera. Luego, cuando los recibe, los pone a la venta.

He desayunado una manzana y un zumo de naranja. He pensado que quizás Dios no es tan justo como pensaba.

 

Posted by Marcos at 23:49:39 | Permalink | No Comments »