Sunday, June 24, 2007

He perdido la puta llave de los cojones

Tomo el ascensor después de mandar una entrevista a uno de mis clientes. Saludo pero el único pasajero al entrar, un tipo con muchos tatuajes y cara de gilipollas, ni me mira.

Cuando llego al lobby del hotel, una recepcionista mejicana, muy hermosa, me pregunta cómo me fue en Tijuana.

-¿Le gustó Tijuana? -dice-.

-Sí, estuvo genial, le gente fue muy amable conmigo. Como dicen ustedes, Tijuana está ‘padre’.

La recepcionista, que me recuerda de mi anterior viaje a San Diego, me mira con una sonrisa radiante. Me despido. Suzi, la responsable de comunicación, hace recuento. El equipo de periodistas europeos está al completo y salimos del hotel para dirigirnos al lugar de la fiesta. Es en un portaaviones de la marina de los Estados Unidos. Hay muchos escalones. Nos lleva unos cuatro minutos alcanzar la cubierta, donde descansan unos 20 cazas y cuatro helicópteros. Hay chicas muy guapas, con las tetas repletas de plástico, pero muy guapas. De todas formas, no encuentro ninguna que me llame la atención, es como si les hubieran robado la mirada, el gesto. Es como si estuvieran vacías, pero son muy guapas. No sé si la cosa realmente es así o es mi percepción en este día en particular.

Al final del portaaviones hay un gran escenario en el que va a tocar Goo Goo Dolls, una banda norteamericana que me gusta de forma somera.

Ceno en uno de los puestos de comida que han sido dispuestos en la cubierta y opto por una ensalada César, un plato de cus cus y una cerveza Corona, el equivalente a la clásica Coronita en España.

La banda llega en helicóptero y salta al escenario. Joder, el cantante es el tipo de los tatuajes que me encontré en el ascensor. Es otradeesascosastanrarasquemepasantanamenudoyquealcontarlasnadiecree. Tengo dos discos de Goo Goo Dolls bajados de Internet, pero no conocía físicamente al cantante. Llamo a Isabel, mi novia, porque a ella le encanta el cantante, del cual dice que “no está como un tren, está como un camión de bueno”. No me coge el teléfono, así que le mando un SMS. Empiezo a estar un poco borracho, menos que Suzi y que uno de los periodistas de UK, pero empiezo a estarlo. Los cabrones suenan bien en directo, son canciones facilonas, hechas para quinceañeras recién regladas. Pero algunas de ellas me gustan y, en directo, ganan bastante. Lo único que no aguanto es la actitud del cantante, haciéndose el interesante con una pequeña cortina de pelo escondiendo parte de sus facciones. Todo demasiado calculado, hay demasiada premeditación y alevosía, pero es una fórmula que funciona con el público al que se dirigen.

El concierto acaba y bajamos de la cubierta a una planta intermedia, algo así como el hangar del portaaviones. La música está a todo volumen, hay algunos simuladores de vuelo y gogos bailando de forma provocativa sobre plataformas cuadradas. Es una fiesta de cojones. La pista de baile en la que se desencajan la cadera las gogos es una tarima giratoria, nunca para, siempre está girando. Es como la tierra, gira todo el rato, lenta pero sin pausa, como la vida, lenta pero sin pausa. Suzi se sube a hombros de alguien, baila. Joder, cómo bailan los asiáticos y los hindúes. Son la bomba. Descoordinados. Creo que no conocen la semántica del baile porque nunca bailan. Uno de los ingleses me dice que se desatan cuando vienen a EEUU. Estoy de acuerdo con él. Hay un coreano sobre una de las plataformas que acaba de abandonar la gogo de turno. El tipo se sube con una plumosa y tupida serpentina de color blanco alrededor del cuello, es como una de esas con las que suele ahorcarse Sara Montiel. A los diez minutos es empujado por otro asiático, que ocupa su lugar, y después le toca el turno a un hindú. La cosa se repite de esta forma varias veces.

A esas alturas de la noche ya estoy bastante borracho. No es que lleve encima un pedo monumental, nunca me suelo pillar pedos monumentales, pero llevo cuatro ó cinco cervezas encima y están haciendo bien su trabajo. Uno de los periodistas europeos va hasta arriba de coca. Se sale, es un tipo cojonudo, tímido al principio pero abierto después de un par de conversaciones. Le encuentro atractivo y toca el saxo.

Suzi y yo subimos a uno de los simuladores. Nos atan a una silla como a un redondo de ternera y comenzamos a dar vueltas y a disparar a todo lo que se mueve. Al final logro 180 puntos, una buena puntuación, según Suzi.

Al salir del habitáculo me formulo una pregunta, ¿cuántas personas habrán muerto a manos de los camiones y cazas de este portaaviones? No lo sé, pero ahora hay una fiesta.

La música cesa a las dos de la mañana y regresamos al hotel. Alguien comenta la posibilidad de desplazarnos a algún local de salsa, pero al llegar al lobby decidimos continuar la fiesta en la habitación de Suzi. En el ascensor, le quito con sigilo el pintalabios del bolso a Suzi y me pinto los labios. Cuando me doy la vuelta y lo descubren, todos me miran muy serios. Yo hablo: “Hago esto porque estoy convencido de mi sexualidad, porque sé que soy un hombre, porque soy un hombre pleno”. Entonces todos rompen a reír y se pintan los labios.

Pedimos champán, unos nachos, un par de pizzas, cervezas y más comida que no logro recordar. Somos varios, un español, un francés -no es el comienzo de un chiste- tres ingleses, una escocesa, dos norteamericanas y alguno más que no recuerdo. Hay un iPod sobre un par de altavoces. La música está realmente alta. Llaman a la puerta. Llega la comida y las cervezas -hemos acabado con las del minibar de Suzi y con las de nuestras respectivas habitaciones-. El tipo empuja una bandeja con el pedido y lo flipa un 120 por ciento cuando ve la gente que hay en la habitación, supuestos hombres con los labios pintados de rojo, y lo que hay por el suelo. A saber: líquido, ropa, humo, una plancha, un par de gafas de sol, dos calcetines encogidos, botellas vacías, risas, toses, cajones abiertos y paquetes de tabaco vacíos y llenos. El tipo es mejicano. Trato de hablar con él pero desisto porque le veo un poco superado por la situación. Es normal, yo lo estaría en su lugar. Vuelven a llamar a la puerta. Entran dos chicas con una nevera repleta de cervezas. Yo me tumbo con Suzi sobre una de las dos camas y tengo una conversación preciosa con ella, sobre su hija, sobre cómo le ha cambiado la vida y sobre lo feliz que es desde que se ha separado de su marido. Se siente sin dar explicaciones a nadie. Dice que está pensando en buscar otro trabajo. No es el dinero ni la empresa. Gana bien y la empresa, dice, es maravillosa los empleados. Es porque siente la necesidad de comenzar una nueva historia. Lleva cinco años en el mismo sitio y cree que ha llegado el momento. Es antropóloga y hace unos años trabajó en África para Naciones Unidas. Suzi echa de menos a su hija de 14 meses de edad.

Llaman a la puerta. Joder, son dos tipos más.

-¿Could we come in?

No los conocemos de nada, pero los tipos acaban entrando, no sé bien por qué. Son un canadiense y un inglés -no es el comienzo de otro chiste-. El inglés se sienta en una esquinita de una de las dos camas y se sumerge en un mundo de silencio imaginativo, con los ojos fijos en el suelo. Es como Rain Man. Considero la posibilidad de tirar una caja de cerillas a sus pies para ver si podría contarlas con la misma celeridad que el personaje encarnado por Dustin Hoffman en la película. El otro es un gilipollas integral. Nos ha visto con los labios pintados y se ha pintado los labios, la cara, el cuello y gran parte del brazo. Un listillo sabelotodo, pero los ingleses le están dando su merecido. Le están dejando en evidencia, está jodido. Pero no se va, aguanta estoico. Será cabrón. El periodista que le da a la zarpa se las pira sin decir esta boca es mía. La gente va abandonando la habitación y cuando quedamos tres, decido abandonar. Son las cinco de la mañana. Al llegar a la puerta de mi habitación me busco en los bolsillos. Joder, he perdido la puta llave de los cojones.

Vaya pintas tenía el canadiense de la cara pintada, hay que ser gilipollas.

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Thursday, June 21, 2007

Es tan silenciosa, la habitación, que me pongo a escribir

Después de estar todo el día de acá para allá por San Diego, rueda de prensa tras rueda de prensa, volvemos al hotel. Me planteo ir a la piscina pero estoy cansado y prefiero descansar la media hora de que dispongo antes de bajar al lobby del hotel en el que tiene lugar el cocktail para los periodistas. La media hora pasa muy rápido. El ascensor baja de igual forma.

Hay muchos periodistas en el cocktail.

Me tomo una cerveza.

Decido que voy a traspasar la frontera. Me marcho a Tijuana. La otra periodista española que ha acudido a cubrir la información, se apunta. Cuando se lo decimos a la responsable de los periodistas, una escocesa genial, diferente, risueña, joven, curtida y amable, se lleva las manos a la cabeza.

-Marcos… don´t do that… please… is dangerous.

Le digo que no, que voy a ir a Tijuana. Se ha puesto blanca, ella es la responsable de nosotros, de los periodistas, está nerviosa.

El tranvía huele mal. Huele muy mal. Atufa. Rebosa olor, olor y gente, mejicanos en su mayoría. Hay negritos muy graciosos con esos pantalones cinco tallas más grandes, auriculares hiperdimensionados y cadenas de oro falso. El tranvía está sucio. Llegamos a la frontera, cruzamos un pequeño puente y pasamos a Tijuana. Ningún control, puestos de policía vacíos. Es lo normal. Lo difícil es la vuelta, el regreso. Saco un par de fotos de las colas inmensas de coches que tratan de entrar en EEUU. Un negro borracho se acerca y se ofrece para sacarnos una foto a mi compañera española y a mí. Mi compañera trata de alejarse, de disimular, pero qué coño, el negro es un buen tipo. Le dejo la cámara formulando una oración para mis adentros. No tengo miedo a que me la robe, pero sí a que se caiga al suelo y se vayan al garete seiscientos euros de tecnología y la crisma de un negro simpático, buena persona. Después pregunta sobre si en España hay negros. Le digo que sí, que de hecho mi tío es negro. Mi tío se llama Paul, es el marido de Marga, mi tía, la que tiene cáncer de riñón con metástasis en los pulmones. Mi tío es otro negro genial, simpático, como este que nos atiende, y tiene marcas tribales en la cara. Tres arañazos en cada carrillo. Se las hicieron en Nigeria, al nacer.

Saca la foto y, cien metros después, le damos esquinazo.

Bajamos por la avenida de la revolución, jalonada por construcciones de no más de cuatro plantas y violada por decenas de bares. Cervezas a menos de un dólar. Jolgorio. Sonrisas. Parecen felices. Hay gente en la calle invitando a los transeúntes a pasar a las tiendas, las cantinas, los locales de streaptease; es una bacanal romana en pleno siglo XXI. Recorremos casi toda la avenida y nos perdemos por algunas calles, menos turísticas, más humanas, menos felices. Porque aquellas otras, me parece, venden felicidad a la carta, felicidad por dólares, pero felicidad al fin y al cabo. Son un pueblo sometido a la necesidad de sobrevivir pero orgulloso, encabronado, un superviviente, como todos nosotros al fin y al cabo. Me siento bien, me gusta más que San Diego. No son las calles, menos ostentosas a todas luces, no son los precios, más económicos, es la gente, la hospitalidad, la aventura de saber que puedes tener problemas al regresar a la frontera.

Mientras paseamos por la avenida de la Revolución, decenas de personas nos invitan a pasar a las tiendas de venta de souvenirs y artículos de cuero que salpican el entorno, a los bares y establecimientos de streaptease. Hablan en inglés y en Español, gesticulan, cantan. La música de los locales de los sex shops y los pubs se entremezcla generando una tercera melodía que invita al desorden, al abandono de lo moralmente correcto. Las mejicanas me parecen guapas, los mejicanos, alegres. Hay puestos ambulantes comandados por lugareños de piel mucho más cetrina que el resto y con menos centímetros de altura. Me paro para hacerme una foto frente al local de un dentista. Sé que es un dentista porque así lo reza un desgastado cartel en lo alto de la entrada, pero en realidad se parece más a un taller mecánico. Me gustaría tomarme una cerveza mejicana marca Sol por 0,99 centavos de dólar, pero decidimos regresar a Estados Unidos.

Y regresamos.

La periodista española y yo nos separamos. La razón es que ella ha pasado con un sello en el pasaporte en el que se refleja que el desplazamiento a EEUU es por motivo de negocios. Yo dije que era turista, porque los periodistas, a veces, tenemos problemas en EEUU. Hay un tipo delante de mí en la cola del control de aduanas. El tipo pasa. Enseña su identificación al policía y, segundos después, es esposado. Estoy nervioso. La gente mira, comenta, habla, juzga. Yo lo hago por dentro.

-Next.

Y camino hacia el policía.

-Español… mmm, ¿Barcelona?

-No, de Madrid.

-¿Qué lleva en la bolsa?

-Mi cámara de fotos -añado abriendo la cremallera-.

-¿Alguna compra?

-Dos paquetes de tabaco y esto -levanto un sombrero de cow boy-.

Me costó diez dólares, el sombrero, unos siete euros, al cambio. Me negué a regatear, me pareció un precio justo, asequible. Es posible que lo hubiera podido conseguir por la mitad, pero para mí era asequible.

-Ok, pase.

Respiro y camino. Veo al tipo que habían detenido, ya sin esposas, hablando con un par de policías. Es humillante que a uno le esposen delante de tanta gente. Me encuentro, según lo acordado, con mi compàñera española. Nos vamos al hotel.

Hay otro negro borracho en el tranvía que nos regresa. Se levanta, tambaleándose, y me pregunta algo.

-Sorry… ¿Are you a cow boy? -Señala mi sombrero y pregunta si soy un cow boy-.

-No, I´m not.

Entonces vuelve a preguntar.

-¿Are you a scientist?

Ahora pregunta si soy un científico. Hay otro negro al lado, con muchos kilos de más, que sonríe. El negro borracho es un buen tipo, el negro rollizo, también. Los negros son buenos aunque, pues eso, traten de pintarlos de negro.

Cuando llegamos al hotel Manchester Hyatt de San Diego caminamos hasta el lugar en el que continúa la fiesta de recepción para los periodistas, ubicada en una pequeña península cerca de un generoso embarcadero. Hay norias, bandas de música, malabaristas y puestos de comida. Tengo el estómago relleno de alfileres punzantes, pero lo recubro con un poco más de grasas y colesterol. Y con un par de cervezas. Me encuentro al resto de la comitiva de periodistas europeos en una de las barras de la fiesta. Suzi, la escocesa responsable del grupo, respira aliviada, me mira y sonríe. Estaba preocupada por mí. Nos conocemos de otros viajes y creo que me aprecia. Algunos de los colegas me llaman héroe porque he regresado sano y salvo. No lo comprendo.

Este año no había toro mecánico en la fiesta. Menos mal. Hace dos años, en el mismo viaje de prensa, también en San Diego, quedé el primero en una competición de toro mecánico. Suzi me dice que de haberlo habido este año, hubiera apostado dinero por mí. Lo que no sabe es que, después de haber quedado el primero, tuve el dedo índice de mi mano derecha así como dormido durante dos semanas. La cuerda con la que debía sujetarme al toro me apretaba demasiado y esas fueron las consecuencias.

Nos tomamos las últimas cervezas en la última planta del hotel. Las vistas son maravillosas y hago un par de fotos de la ciudad. Entonces me despido y desciendo en ascensor a mi habitación. Es tan silenciosa, la habitación, que me pongo a escribir.

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Wednesday, June 20, 2007

Madrid, Londres, Los Ángeles. Un pedo a 10.000 metros de altura

Lo último que sé antes de apagar el teléfono y subir al avión es que Alonso sigue por detrás de Hamilton. En el fondo me la suda que quede por detrás del inglés porque me cae bastante mal el español, pero es español y por eso le tengo cierta ‘amigadversión’. Encima el muy cobarde, ahora que no le va tan bien como antes, empieza a decir que los medios españoles son mejores que los ingleses, que bla, bla, bla, bla. Haberlo hecho en su momento. O te cagas en los medios de comunicación -totalmente loable- o pasas de ellos. Raúl, el siete blanco, ha pasado de los medios de comunicación desde casi el principio de su carrera, pero nunca les ha pedido ayuda en los malos momentos. Es un tipo consecuente. Alonso se ve entre las cuerdas y suaviza su posición. Es una mierda pinchada en un palo. O dos mierdas en dos palos. Te va a ayudar tu puta madre, chato. Me río por lo que acabo de pensar, soy periodista pero jamás de los jamases podría ayudar a Alonso. Él está muy lejos de lo que escribo yo, o de mis influencias, aunque hace un par de años, en una rueda de prensa de Movistar, coincidí con él. De recuerdo, me llevé los guantes oficiales de Fernando Alonso.

Joder, me vuelven a llamar a embarcar. No llego.

Llegué.

Despegamos.

Apago el teléfono.

Enciendo el ordenador porque me veo en la obligación de escribir del tipo que tengo al lado. Es como… como que cree haber nacido de la virgen María, o de cualquiera de las hembras de Mahoma. Me mira raro. Sé que es porque no llevo traje y vuelo en business. Sé que es por eso. Y porque tengo el pelo largo. Creo que piensa que mi billete es normal pero que, de alguna forma, me he colado a la zona business. Me levanto al baño y pone mala cara. Le pido disculpas y ni me mira.

Me descojono. Pido el diario El Mundo. El tipo me mira y sonríe con un ejemplar de El País entre las manos. Me mola el juego. He pedido El Mundo porque he visto cómo él pedía antes El País y pensé en intercambiar periódicos después para poder leer los dos, no por otra cosa, no soy facha. Si él hubiera pedido El Mundo, yo hubiera pedido El País. Pero la guerra ha estallado. La azafata pregunta:

-¿As o Marca?

El tipo pide el As.

-El Marca, por favor -añado-.

El tipo me vuelve a mirar de forma extraña. Mal, diría yo.

Entonces pienso que le tengo que joder un poco más. Me levanto otra vez al baño, afronto el pasillo ‘D’ de la zona business. El tipo se mosquea, se desata el cinturón y me deja pasar. Voy al baño pero, antes de entrar, pregunto a una azafata.

-¿El baño es por aquí?

-No, es en la otra dirección, tiene que cruzar todo el avión.

A mí me extraña, pero no rechisto. Al retirar la cortina que da acceso a la zona de viajeros ‘no business’, me encuentro con un carromato de los que carga a lomos agua, comida y demás viandas. Le digo al azafato que voy al baño.

-Usted es business, debe ir al servicio que se encuentra al otro lado del avión.

Es lo que me suponía, al ir en vaqueros y con una camiseta sin botones, la chica se ha pensado que era un mortal más con un billete básico. Le digo al azafato que se lo comente a la azafata. Entonces se aleja por el pasillo, le veo hablar con ella. Ella se gira, se lleva las manos a la cara, comprometida, arrepentida. Tampoco es para tanto. Me acerco y lo único que le digo es algo así como: “No me tiene que pedir perdón, basta con que intente ver a la gente como si fuera desnuda”. Se lo digo y sonrío. Creo que no me ha entendido.

Llega la comida a bordo. El hijo de puta de al lado sigue mirándome como si fuera un paleto. Eso es lo que me jode. Sé que soy un paleto, y me gusta serlo, pero a los paletos se les suele obviar, no se les analiza, porque somos eso, paletos. Este cabrón me está tocando los cojones. Joder, acabo de pedir una cerveza y casi tiro la suya. Chistea, pone cara de circunstancias. Yo estoy al límite. El tipo me mira y me dice: “Podrías tener un poco más de cuidado”. Ya está, la voy a montar, sí, la voy a montar. De las grandes.

-Perdone.

-Es que ya me ha molestado dos veces para ir al servicio.

-Perdone, es que tenía la necesidad de orinar.

-Ya, pero ahora casi me tira la cerveza.

Entonces, decido que la voy a montar. Me levanto del asiento.

-Creo que le he tratado con respeto.

-Mira chaval.

Se acabó.

-Caballero -estoy fuera de mí, sé que si me dice algo le voy a coger del cuello. No sé si luego le daré una hostia, pero le voy a coger del cuello-. Me está tocando los cojones -de repente pienso que si me dice algo le voy a dar esa hostia-.

-Es que usted…

-Vamos a ver, le digo que me está tocando los cojones.

Aprieto la mandíbula y creo que él se está dando cuenta de que estoy al límite. Lleva un chaleco azul, como los que llevaban Zipi y Zape. Palabra que es verdad, que lleva ese puto chaleco. Es azul y de un tejido más fino que la lana. Seguro que su padre ama la colombofilia y le encantan las pantuflas. Yo le estoy mirando de muy mala hostia. Él agacha la cabeza y dice ‘perdón’. Joder, de repente me siento mal.

-No hombre, no pasa nada, es que en los aviones, pues eso, las sensaciones están a flor de piel -digo-.

-Es que usted casi me tira la cerveza -dice-…

-Jajajajajajajaja -ya no puedo más y rompo a reír-.

No puedo hacer otra cosa que reírme. Me río en su cara. Sadam Hussein es bueno, Fidel Castro también, George Bush, más de lo mismo, y Evo Morales, el cuarto en discordia. Está claro, hay que ser un dictador para que te entiendan. Cuando te reblandeces, se comen tus pelotas.

Pero al fondo del pasillo hay alguien que me entiende. Es una azafata que no había visto en todo el vuelo. Es mayor, anciana, me parece casi octogenaria. Me mira, sonríe y me dice: ¿Quiere usted otra cerveza?

Le digo, no, muchas gracias, es usted muy amable.

El chaval del chaleco está fuera de sí, rabioso porque ella me sonríe. Empieza a tontear con la casi octogenaria. Por favor -dice- ¿Sabe cómo va el Madrid?¿Sabe si Alonso ha ganado la carrera?

A mí se me cae el queso que nos han servido, con el plato incluido. Me arrepiento de no haberle roto la cara antes. Quiero que me provoque, que me diga algo, lo que sea. Algo que justifique que le rompa la cara. Nada, no hace nada. Estiro el pie para acercar el plato con el queso. No llego a él, me estiro más, pero tampoco. El tipo me mira, me descubre en esa postura tan extraña y sonríe de tal forma que no sonríe, pero sé que se está mofando de mí. A que te doy una hostia sin dártela -pienso para mis adentros-.

-El Madrid pierde por un gol a cero -dice la azafata-.

Joder, esto va de mal en peor. Miro el reloj. Debe estar acabando el primer tiempo. No sé cuándo le han comunicado el resultado, pero si se lo han dicho en tiempo real, ya está acabando la primera parte; el tiempo de reacción empieza a ser demasiado corto.

Cuando bajo del avión, el Madrid sigue perdiendo. Me voy a uno de los bares del aeropuerto y pido una cerveza. No han venido a buscarme. Habían contratado una limusina pero algo ha fallado. Me desplazo al hotel Radisson Eduward Heathrow en autobús. Cuatro libras por recorrer un kilómetro. Unos ocho o diez euros al cambio. Cuando subo al transporte, le comento al conductor si me puede avisar cuando lleguemos al hotel. Se pone a gritarme, no sé qué ha pasado. Entonces, le digo algo así como: “Si grita tanto para avisarme de que es mi parada, se lo agradecería un montón”. Y me doy la vuelta.

Me llega un SMS. El Real Madrid ha remontado, hemos vencido 3-1 al Mallorca y somos campeones de Liga. Cuatro años después.

Por fin llego al hotel. Más problemas, no me han pagado la habitación y me toca a mí afrontar la factura. Hablo con la empresa que me invita, me piden disculpas y me dicen que en 24 horas me ingresarán el total del dinero de la habitación. Me tomo la última cerveza del día mientras veo en diferido la carrera de F1.

Es rápido el cabrón de Hamilton.

Ha amanecido. Veo la luz.

La empresa que me invita se ha puesto las pilas. Me recogen en un Volvo con sillones de piel. La clase ‘upper’ de Virgin es maravillosa. Me abren la puerta, me dan mi billete y toman del maletero, sin que me dé cuenta, mi maleta, para facturarla y evitarme molestias. La sala VIP de la ‘upper class’ de Virgin es de lo mejor. Se me había olvidado porque hace un año y medio que no la piso. Es cojonuda. Una bacanal de gratuidad. El menú es muy completo y la oferta de bebidas generosa. Y tienen Wifi gratis. Consulto el correo. Me ha entrado más trabajo. Genial.

Subimos al avión, nos reciben con cava, me dan de comer, convierto mi sillón en cama (cosas de la ‘upper class’ de Virgin) y me duermo, aunque antes de abandonarme al sueño reflexiono si alguna vez, con mi sueldo, podría permitirme viajar de esta forma. Indudablemente, no, así que -me digo a mí mismo-, aprovéchalo.

Yo me pongo a hablar con una periodista rubia, inglesa, en la barra del bar del avión. La cortina se abre y veo a  la gente de la clase económica. Desde la ‘upper’ de Virgin es algo inmoral. La rubia con la que hablo es muy simpática, se va a casar, tiene 32 años y es también free-lance. Me dice una frase lapidaria. Si has empezad de free-lance no creo que vuelvas a trabajar en una empresa. Es cierto. Soy un hombre libre. En la barra estamos la rubia y yo. Empezamos a hablar de comida y, no sé por qué, hablo de lo gordos que están muchos americanos. Joder, una persona de 1,90 de estatura se acerca. Creo que es americano.

-I am from USA

-Sorry.

Es un tío increíble. Resulta que es guardaespaldas de grupos de música. Como el avión viaja hacia California, le pregunto si ha hecho de guardaespaldas de los Red Hot Chilie Peppers. Dice que sí, pero es inteligente, dice que ya no son lo que eran, que llevan seis años sin sacar nada nuevo, que se lo ha comentado a ellos personalmente pero que ellos dicen algo así como: “Nos ganamos la vida de esta forma”. Es triste. Joder, creo que me corro cuando le pregunto si conoce un grupo que se llama Kings of Leon. El muy hijo de puta dice que ha sido guardaespaldas de ellos en algunos festivales. Joder, joder, joder.

-Tío, has estado con ellos, los has tocado, les has hablado, ¿se drogan?

-Nunca les vi drogarse.

-¿Te molan?

-La verdad es que son un grupo de cojones, suenan de la hostia.

-Eso creo yo, pero el último disco… mmm… puede que empiecen a ser más de lo mismo… puede que no evolucionen.

-Tienen una ventaja, son jóvenes.

El guardaespaldas nos cuenta, a la rubia y a mí, historias sobre grupos de música, historias de mamadas a las puertas de cualquier hostal, borracheras, televisores aprendiendo a volar desde la planta 13, 14 ó 15 de cualquier hotel, incendios en el baño…

Me jode porque me cuenta anécdotas pero no me dice el grupo que protagoniza cada episodio, me tendré que aguantar, me tendré que joder, imaginarme que pueden ser los Rolling, Bruce Springsteen o Madonna.

Hay turbulencias, nos desalojan del bar, yo ni las noto a estas alturas.

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Sunday, June 17, 2007

Estoy en Madrid

Estoy jodido. El Madrid se juega la Liga hoy y estoy jodido. El vuelo a Londres sale a las 19:55, llega a las 21:15 y el partido empieza a las 21:00. Los clásicos retrasos y no voy a ver nada. Para colmo de males, la F1 empieza a las 21:00. Quiero ir a un bar de ingleses a celebrar que Alonso gane a Hamilton, quiero cagarme en la reina de Inglaterra y hacerme un ala delta con las orejas del príncipe Carlos. Sus hijos me caen bien, sobre todo el mayor. Es la mirada. La mirada del hijo mayor de Carlos me dice que es un buen tipo. Prudente, cauto, condescendiente, llano. Es un buen tipo. Me gustaría tomarme unas cervezas con él. Sin embargo al hijo menor se le ve más cabrón, más emputecido, más con los genes de su padre que con los de la difunta Diana. Me levanto hacia una de las pantallas que la sala VIP de Iberia en la T4 de Barajas. Están entrevistando a alguien, pero aún falta tiempo para la carrera. Un tipo con corbata se acerca.

-¿Es suyo? -Lanza un objeto hacia la mesa con conexión a Internet desde la que escribo esto-.

-Sí, gracias.

El tipo ni me ha mirado, se ha limitado a lanzar mi cinta del pelo de licra, comprada en algún chino del barrio, contra la mesa en la que escribo. Me levanto y cojo un par de cervezas, una bolsa de patatas, dos bolsas de palmeras marca CODAN y galletas de marca IBERIA. Joder, estoy jodido. Me voy a perder el puto final de Liga. Me río. Este año empecé siendo el responsable de la sección del Real Madrid en un periódico deportivo llamado ‘Penalty’. El periódico cerró, descubrí que el deporte y los deportistas son más cagables de lo que pensaba pero, a pesar de todo, quiero saber si el Madrid gana la Liga. Es la última jornada y se decide todo ahora.

Quizás es porque el Real Madrid es lo único que me prestó atención de niño.

Fue una prueba de lo más fácil. De lo más sencillo. El hombre, nos dijo, a jugar y a pasarlo bien. Yo cogí el balón, con mis poco más de 50 kilos de peso y 13 años y corrí la banda como siempre. No intenté hacer nada raro, sólo lo de siempre. Regateé a todo el equipo y colgué el balón, así tres veces. A los cinco minutos el Sr. Mezquita, ojeador del Real Madrid, me manda al banquillo. Y yo lloro. Me voy al banquillo.

-Chaval, tengo que hablar con tu madre.

-Está junto a la portería -digo yo-.

Mamá, que ha venido por puro trámite, porque papá le dijo cuando llegó la carta: “Llévate a Marcos que acaba de llegar la solicitud que mandamos hace dos años y le dicen que se haga las pruebas”- le escucha al tipo:

-Su hijo tienen un Don. Su hijo juega muy, pero que muy bien al fútbol.

Mi hermano Antonio, que me quiere mucho, ya con 11 años, casi hace cortes de mangas a los que aún siguen jugando y grita mi nombre desde la banda hacia los chavales que aún siguen jugando para ver si el Madrid se fija en ellos. Mi hermano se ríe de todos porque su hermano Marcos, su hermano mayor, ha llamado la atención al Real Madrid. Para mí no hay nada más, ya no quiero jugar en el Real Madrid, me basta con que a mi madre le digan que valgo para algo y que mi hermano se sienta orgulloso de mí. Es el día más feliz de mi vida, un día del que hablaré hasta que me muera. Un día que sé que ha sucedido, que ha pasado, que es verdad, es mi puto día, el día de San Marcos Sierra Clemares.

Y ahora, en la T4 de los cojones, me acuerdo de eso y me entran ganas de llorar, y lloro porque cuando me voy a marchar lejos siempre me acuerdo de lo que dejo. Es un defecto natural, pero siempre me acuerdo de lo que dejo. Papá me ha dicho algo hermoso: “Ten cuidado en los aeropuertos”.

Por cierto, al final me seleccionaron para jugar en el Real Madrid pero nunca fui a jugar a la Ciudad Deportiva porque, según papá, no tenía buenas notas y no debía ir y porque, según mamá, la zona de entrenamientos estaba demasiado lejos para que me acompañara todos los días.

Desde entonces me gusta el fútbol. Desde entonces cuando veo el fútbol soy Raúl, Butragueño, Beckham o Juanito.

La carrera de F1 acaba de empezar. Al final era dos horas antes, a las siete. Alonso ha salido por detrás de Hamilton. Puta mierda, me hubiera gustado llegar a Londres sabiendo, al menos, que Alonso le pasó a Hamilton en la salida. Están llamando a mi vuelo por megafonía. Me marcho.

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Wednesday, June 13, 2007

Mi hermano a veces está como triste

Por fin me apetece escribir. Los Ángeles, San Diego y otra vez San Francisco. Esa es la planificación de mi agenda la próxima semana. Y Niza, casi se me olvida. Escucho desde mi cuarto el susurro de la cisterna mientras se llena. Por fin, el sonido cesa. En septiembre, si Dios quiere, iré a Cuba con mi tía Marga, la que sufre cáncer de riñón con metástasis en los pulmones. Está desesperada, quiere hacerse con un medicamento hecho a base de veneno de escorpión que dicen es efectivo y sólo se fabrica allí. Está desesperada. Desesperada. Tose mucho. Cada vez más. Antonio, mi hermano, mira inmóvil la pantalla del ordenador con los cascos puestos. Toma la guitarra y vuelve a grabar algunos acordes. Sufro una recesión al viaje a Roma.

-Tu hermano, a veces, está como triste -dice Ana, su compañera de trabajo-.

La casa ocupa era mucho peor de lo que pensaba. Se suponía que había un camping, pero era poco menos que un erial justo al lado de un muro de piedra desestructurada. Sólo aguantamos allí aquella noche. El banco se sujetaba a duras penas.

-El sabe lo que quiere, pero no va a por ello -añado yo-

-Se lo digo muchas veces -prosigue Ana-. Ahora dice que quiere ser policía, y cuando le pregunto que por qué, si no le gusta, me dice que la vida no es como en bambi, que se come con dinero’.

Ana es simpática. Una chica comprometida. Va a concentraciones de ciclistas desnudos y vive en Lavapiés. Todos los que se alojan en la casa ocupa son de ese corte. Pero, joder, cómo comían lomo y jamón cuando mi hermano sacó de la mochila unas cuantas rodajas. Un estilo de vida personal y respetable pero que se somete al puerco capitalismo cárnico, o al capitalismo del puerco cárnico, cuando el hambre aprieta.

-Tío, no sé, pero tiene que cambiar, hacer algo.

-Ya, pero yo ya no se lo puedo decir más veces, lo tiene que ver él.

Antonio y yo hemos tocado juntos en varios grupos, pero la cosa no funciona. Mi hermano está hecho para hacer las cosas él sólo, llevar las riendas y dirigir a cada miembro del grupo. Tiene claro lo que quiere, musicalmente hablando. No tiene en consideración el concepto banda. Cada vez que le digo esto, da la negada por respuesta. No se ve reflejado en esa definición. El último intento por hacer algo juntos fue el viernes pasado. Me lo llevé a ensayar con mi banda. Sé que no soy Fredy Mercuri, qué coño Fredy Mercury, no soy ni la sombra difusa de Paco Clavel. Por eso sólo busco diversión. Me gustan los estribillos sucios, sin sonidos demasiado definidos. Mi hermano no se adapta al ritmo, le cuesta, toca los botones de los amplificadores, intenta ajustar volúmenes pero, como no le hacemos caso, desiste.

Al salir del ensayo, le comento algo.

-¿Vendrás el próximo día?

-Ni de coña, sonáis fatal. Así no me mola tocar. Para hacer versiones tan alejadas de la canción original, primero hay que saberse al dedillo la del disco.

No coincido con ese planteamiento. Saberme de memoria la letra y la entonación me condiciona demasiado. Prefiero partir de un conocimiento vago de la melodía e intentar hacer la canción mía. Aunque la verdad es que somos bastante malos. De hecho somos malísimos, sonamos fatal, nunca vamos juntos en las canciones y perdemos el ritmo, la entonación y los tonos constantemente. En mi opinión, es el peor grupo en el que he tocado jamás pero nunca me lo había pasado tan bien. Disfruto mucho, canto con total libertad, no me encuentro sometido a nadie, puedo hacer lo que me salga de los cojones con las letras, los tonos y el lenguaje gestual. Eso gusta, y mucho.

Sigo con la idea de escribir un libro pero no encuentro ideas, y tampoco creo que pueda dar forma a nada, ya sea real o imaginario. Y los días pasan, y la vida me va abandonando, y trato de no pensarlo porque reflexionar sobre la muerte es ponerle en bandeja un atajo, y cuantos más rodeos se vea obligada a dar, más tiempo para disfrutar tendré. Me gusta vivir, me gusta estar vivo, me gusta besar a mamá, me gusta despertarme y juguetear con las sábanas, me gusta masturbarme, me gusta ese aire retro de las patillas de la Pantoja, me gusta hacer fotos, me gusta ver fotos, me gusta salir todos los días a por el pan en moto, me gusta besar a mamá en la frente, me gustan las mujeres con mucho maquillaje, me gusta el telediario, me gusta ver cómo la impresora despide las hojas hacia fuera, me gusta ir en chanclas, me gusta ir descalzo, me gusta el óxido de los columpios, me gusta ducharme con agua fría, me gusta el Capitán Trueno, me gusta estornudar después de varios amagos, me gusta toser y me gusta cagar. Es cierto que, a veces, al desalojar, el golpe del mojón contra el agua eleva incómodas gotas que van a parar al trasero, pero, como muchas otras cosas en la vida, es un mal menor, el precio que se paga por un ratito de felicidad.

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Sunday, June 10, 2007

Colaboración anónima: La visión de Versace o la vida perra de un can valenciano. (Recomendable leer Vida perra, días 1 y 2)

Me creí aquello de que a los perros nos podía tocar la Primitiva. Pero ahora ya sé que no existe la justicia divina (los animales siguen yendo al limbo) y que los anuncios de la tele son mentira. No, no fui yo, fueron mis dueños los premiados con un viaje de un concurso de una “güeb que no para quieta”, según me ha comentado ella, internetadicta y chuchodelicuente en sus ratos libres, es decir, siempre. Se parta una pierna en una pista negra si alguna vez vuelve a ver la nieve.

Sí, se fueron, y a él le eché mucho de menos (le echo de menos). Porque nos comunicamos con la mirada, y en ocasiones, ambos echamos espuma por la boca. Yo, cuando me cabreo; él, cuando se desmaya. En su caso debe de ser cosa de familia, porque su hermano Toni (“El Toni”), con quien me dejaron los tres días que duró su escapada a ese país pirenaico, protagonizó una sobredosis de caballo, quiero decir, de pastillas, durante mi estancia en el camping familiar. Cayó redondo y me acerqué a olisquear al chaval, cuyos ojos estaban en blanco, mientras escuchaba las risas de “El Jonhy”, “El Jonathan” y “El Charlie”, tuneros y pastilleros a partes iguales. Sus ‘colegas’, se supone, los cuales me querían dar a mí una “pirula”. “Versace, toma, para pasar el rato”.

Ese fin de semana fue un infierno, seguramente muy superior a tener que acompañar a mis amos por el ‘principat’: no me dieron de comer, me tiraron a la piscina, me metieron en una caja de cartón con un orificio por el cual me echaban el humo de los porros que fumaban sin parar, me encerraron con un par de gatos en una jaula. Al menos no tuve que recoger orejas del suelo de la peluquería. De los clientes, claro. Cuando le daba un pronto y le pillaba perfilando patillas pasaba a esculpir cabezas aerodinámicas en menos que ladra un perro. Pobre, no lo hacía aposta.

Recuerdo que me trajeron dos regalos a su regreso: dos mantas multimedia con botoncitos y altavoces. Nunca entendí muy bien el porqué ambas tenían mangas. La marca estaba clara: había emes por todos los lados.

Ahora estoy dentro de una caja, y la caja, a su vez, en un camión de SEUR. Al menos no me han vendido, como a mis compañeros ‘Gucci’, ‘Dolce’ y ‘Gabanna’. Me han regalado, algo mucho más noble, si no fuera porque tengo un cáncer incipiente que me han detectado. Se han desecho de mí, y por lo visto soy una ’sorpresa’ para mi nuevo dueño o dueña, el cual, si me acepta, tendrá que pagar los gastos de envío. ¿Cuál será mi nueva casa? ¿Viviré por la zona del Barrio del Pilar-Herrera Oria? ¿lo haré cerca de la Puerta de Toledo? ¿quizás cerca de El Retiro? ¿en una urbanización de las afueras? ¿pegadito al diario EL PAÍS?

Posted by Marcos at 16:24:41 | Permalink | No Comments »