He perdido la puta llave de los cojones
Tomo el ascensor después de mandar una entrevista a uno de mis clientes. Saludo pero el único pasajero al entrar, un tipo con muchos tatuajes y cara de gilipollas, ni me mira.
Cuando llego al lobby del hotel, una recepcionista mejicana, muy hermosa, me pregunta cómo me fue en Tijuana.
-¿Le gustó Tijuana? -dice-.
-Sí, estuvo genial, le gente fue muy amable conmigo. Como dicen ustedes, Tijuana está ‘padre’.
La recepcionista, que me recuerda de mi anterior viaje a San Diego, me mira con una sonrisa radiante. Me despido. Suzi, la responsable de comunicación, hace recuento. El equipo de periodistas europeos está al completo y salimos del hotel para dirigirnos al lugar de la fiesta. Es en un portaaviones de la marina de los Estados Unidos. Hay muchos escalones. Nos lleva unos cuatro minutos alcanzar la cubierta, donde descansan unos 20 cazas y cuatro helicópteros. Hay chicas muy guapas, con las tetas repletas de plástico, pero muy guapas. De todas formas, no encuentro ninguna que me llame la atención, es como si les hubieran robado la mirada, el gesto. Es como si estuvieran vacías, pero son muy guapas. No sé si la cosa realmente es así o es mi percepción en este día en particular.
Al final del portaaviones hay un gran escenario en el que va a tocar Goo Goo Dolls, una banda norteamericana que me gusta de forma somera.

Ceno en uno de los puestos de comida que han sido dispuestos en la cubierta y opto por una ensalada César, un plato de cus cus y una cerveza Corona, el equivalente a la clásica Coronita en España.
La banda llega en helicóptero y salta al escenario. Joder, el cantante es el tipo de los tatuajes que me encontré en el ascensor. Es otradeesascosastanrarasquemepasantanamenudoyquealcontarlasnadiecree. Tengo dos discos de Goo Goo Dolls bajados de Internet, pero no conocía físicamente al cantante. Llamo a Isabel, mi novia, porque a ella le encanta el cantante, del cual dice que “no está como un tren, está como un camión de bueno”. No me coge el teléfono, así que le mando un SMS. Empiezo a estar un poco borracho, menos que Suzi y que uno de los periodistas de UK, pero empiezo a estarlo. Los cabrones suenan bien en directo, son canciones facilonas, hechas para quinceañeras recién regladas. Pero algunas de ellas me gustan y, en directo, ganan bastante. Lo único que no aguanto es la actitud del cantante, haciéndose el interesante con una pequeña cortina de pelo escondiendo parte de sus facciones. Todo demasiado calculado, hay demasiada premeditación y alevosía, pero es una fórmula que funciona con el público al que se dirigen.
El concierto acaba y bajamos de la cubierta a una planta intermedia, algo así como el hangar del portaaviones. La música está a todo volumen, hay algunos simuladores de vuelo y gogos bailando de forma provocativa sobre plataformas cuadradas. Es una fiesta de cojones. La pista de baile en la que se desencajan la cadera las gogos es una tarima giratoria, nunca para, siempre está girando. Es como la tierra, gira todo el rato, lenta pero sin pausa, como la vida, lenta pero sin pausa. Suzi se sube a hombros de alguien, baila. Joder, cómo bailan los asiáticos y los hindúes. Son la bomba. Descoordinados. Creo que no conocen la semántica del baile porque nunca bailan. Uno de los ingleses me dice que se desatan cuando vienen a EEUU. Estoy de acuerdo con él. Hay un coreano sobre una de las plataformas que acaba de abandonar la gogo de turno. El tipo se sube con una plumosa y tupida serpentina de color blanco alrededor del cuello, es como una de esas con las que suele ahorcarse Sara Montiel. A los diez minutos es empujado por otro asiático, que ocupa su lugar, y después le toca el turno a un hindú. La cosa se repite de esta forma varias veces.
A esas alturas de la noche ya estoy bastante borracho. No es que lleve encima un pedo monumental, nunca me suelo pillar pedos monumentales, pero llevo cuatro ó cinco cervezas encima y están haciendo bien su trabajo. Uno de los periodistas europeos va hasta arriba de coca. Se sale, es un tipo cojonudo, tímido al principio pero abierto después de un par de conversaciones. Le encuentro atractivo y toca el saxo.
Suzi y yo subimos a uno de los simuladores. Nos atan a una silla como a un redondo de ternera y comenzamos a dar vueltas y a disparar a todo lo que se mueve. Al final logro 180 puntos, una buena puntuación, según Suzi.
Al salir del habitáculo me formulo una pregunta, ¿cuántas personas habrán muerto a manos de los camiones y cazas de este portaaviones? No lo sé, pero ahora hay una fiesta.
La música cesa a las dos de la mañana y regresamos al hotel. Alguien comenta la posibilidad de desplazarnos a algún local de salsa, pero al llegar al lobby decidimos continuar la fiesta en la habitación de Suzi. En el ascensor, le quito con sigilo el pintalabios del bolso a Suzi y me pinto los labios. Cuando me doy la vuelta y lo descubren, todos me miran muy serios. Yo hablo: “Hago esto porque estoy convencido de mi sexualidad, porque sé que soy un hombre, porque soy un hombre pleno”. Entonces todos rompen a reír y se pintan los labios.
Pedimos champán, unos nachos, un par de pizzas, cervezas y más comida que no logro recordar. Somos varios, un español, un francés -no es el comienzo de un chiste- tres ingleses, una escocesa, dos norteamericanas y alguno más que no recuerdo. Hay un iPod sobre un par de altavoces. La música está realmente alta. Llaman a la puerta. Llega la comida y las cervezas -hemos acabado con las del minibar de Suzi y con las de nuestras respectivas habitaciones-. El tipo empuja una bandeja con el pedido y lo flipa un 120 por ciento cuando ve la gente que hay en la habitación, supuestos hombres con los labios pintados de rojo, y lo que hay por el suelo. A saber: líquido, ropa, humo, una plancha, un par de gafas de sol, dos calcetines encogidos, botellas vacías, risas, toses, cajones abiertos y paquetes de tabaco vacíos y llenos. El tipo es mejicano. Trato de hablar con él pero desisto porque le veo un poco superado por la situación. Es normal, yo lo estaría en su lugar. Vuelven a llamar a la puerta. Entran dos chicas con una nevera repleta de cervezas. Yo me tumbo con Suzi sobre una de las dos camas y tengo una conversación preciosa con ella, sobre su hija, sobre cómo le ha cambiado la vida y sobre lo feliz que es desde que se ha separado de su marido. Se siente sin dar explicaciones a nadie. Dice que está pensando en buscar otro trabajo. No es el dinero ni la empresa. Gana bien y la empresa, dice, es maravillosa los empleados. Es porque siente la necesidad de comenzar una nueva historia. Lleva cinco años en el mismo sitio y cree que ha llegado el momento. Es antropóloga y hace unos años trabajó en África para Naciones Unidas. Suzi echa de menos a su hija de 14 meses de edad.
Llaman a la puerta. Joder, son dos tipos más.
-¿Could we come in?
No los conocemos de nada, pero los tipos acaban entrando, no sé bien por qué. Son un canadiense y un inglés -no es el comienzo de otro chiste-. El inglés se sienta en una esquinita de una de las dos camas y se sumerge en un mundo de silencio imaginativo, con los ojos fijos en el suelo. Es como Rain Man. Considero la posibilidad de tirar una caja de cerillas a sus pies para ver si podría contarlas con la misma celeridad que el personaje encarnado por Dustin Hoffman en la película. El otro es un gilipollas integral. Nos ha visto con los labios pintados y se ha pintado los labios, la cara, el cuello y gran parte del brazo. Un listillo sabelotodo, pero los ingleses le están dando su merecido. Le están dejando en evidencia, está jodido. Pero no se va, aguanta estoico. Será cabrón. El periodista que le da a la zarpa se las pira sin decir esta boca es mía. La gente va abandonando la habitación y cuando quedamos tres, decido abandonar. Son las cinco de la mañana. Al llegar a la puerta de mi habitación me busco en los bolsillos. Joder, he perdido la puta llave de los cojones.
Vaya pintas tenía el canadiense de la cara pintada, hay que ser gilipollas.

