No han sido ni ganas ni obligación, lo que me ha sentado frente al ordenador ha sido el rumor de una canción, de una banda que no sé identificar. Ha sido el hilo conductor de mi día de hoy. Me he levantado como a las diez. Tinoninoninoninoni. Creo que era de un grupo que se llama Budapest, pero no estoy seguro. He desayunado. Sobre el balcón de la casa de pueblo de mis abuelos de Asturias -diecisiete habitantes censados, de los cuales seis son familiares míos- caía un sol tan luminoso como redondo. He respirado. Varias veces. Buscaba eso, esto, estar sólo, y cuando uno busca estar sólo, resulta de que se acaba sorprendiendo al encontrar soledad. Pero es hermoso. He salido a las puertas de la casa de labranza en la que nació mi padre. Suelo dormir en la cama en la que él fue alumbrado, o apagado, según se mire. Había dos perros sobre el suelo, dejándose tocar sin pudor por los rayos del mediodía, los más sinceros y descarados. He bajado hasta el río, me he dejado caer sobre la orilla y, con la punta de los dedos, he cosquilleado la piel del agua, que ha respondido con una ondulación. Después, casi sin querer, me he llevado a la boca una brizna de hierba que he masticado con los incisivos. He caminado de vuelta a casa y he cogido el coche para dar una vuelta. He llegado al bar de Villacanes, el más cercano a la aldea, y allí estaba Pedrolo. Con su gorra, sus 46 años, su tercio de San Miguel, su paquete de cigarros negros y la misma sonrisa de siempre.
-¡Pedrolo!
-Tócame el bolo
-¡Ey tú!
-Tururú
Poco más nos hemos dicho. Sobran las palabras para un canalla tan castizo como él, un madrileño innegable. He hecho de espectador en una partida de bolos celtas. Es curioso. No gana el que más bolos derriba, sino el que más lejos los lanza. La bola impacta y salen despedidos a diez, veinte y hasta treinta metros de distancia. Gana el que más lejos los arroja. Después de un par de tercios de cerveza me he despedido, o no, ya no me acuerdo, y he bajado otra vez al río. Caricias sobre el agua y pensamientos. De niño me creía nacido para grandes cosas, invencible. Si caía de la azotea de cualquier piso, sabía que saldría victorioso. Ahora uno, que se cree fuerte, que en ocasiones se muestra inamovible ante un vendaval intempestivo y recio, cae a los pies de cualquier brisa leve, si acaso ésta llega en el momento preciso. Me encuentro con Pepe, de la casa de Juan Gómez, el padre de Pedrolo. Está mayor. Yo le echo unos 72 ó 73, pero tiene 80, como la abuela de Madrid. Cómo ha mejorado la abuela, por cierto. La daban por muerta, pero se ha recuperado, hace las camas, sale a por el pan, va de compras. Actividad. Se lo ha puesto complicado a la puerca de la guadaña, que le dio una tregua en forma de operación de corazón y algunas anginas de pecho, pero la abuela jugó con mano diestra sus cartas. Estoy convencido: si quiere hacerle cruzar el río tendrá que pillarla por sorpresa, tendrá que ser algo repentino. De otra manera, tendrás que joderte, hija de puta. Cúrratelo si te la quieres llevar, trabájatelo, porque no te va a poner las cosas fáciles.
Avanzo por cosas tan simples como un empujón de mi amigo Ripi: “Tío, me gusta como escribes”. Y yo, que a veces me tomo en serio; me siento bien, veo el sentido a aquello que escribo cuando me apetece, siempre y sólo cuando me sale de los huevos. En el salón de la casa de Asturias hay fotos en blanco negro, fotos de matrimonios de mi familia, muchas fotos, que son lo que yo fui sin estar allí. Hay también un árbol genealógico que acaba de resquebrajar mi tía Carmina con su divorcio; todo un acierto. Acabemos con los árboles genealógicos, con la familia real (a propósito en minúscula), con el papa (más de lo mismo), zapatero (ídem de ídem) y los republicanos resentidos, caguémonos en la tumba de franco (sobran las palabras), en la historia de españa -por los clavos de cristo, que no se escapen ni vascos ni catalanes- y en la de sus enemigos; hagamos caca suelta sobre todo, abonemos el terreno para que salgan las flores y caguemos más sobre esas mismas flores para que salgan otras nuevas con bríos renovados. Estoy cansado, necesito algo nuevo, es por ello que me veo obligado a hablar de cacas y abono, no es que me vaya lo escatológico, aunque bien mirado, es un tema de conversación que da mucho de sí. Qué coño, me va lo escatológico.
Entonces, justo ahora, que escribo esto, noto un picotazo en el brazo. Es un mosquito. En la muñeca. Absorbe. Su tripa se hincha. Ya no me duele. Y cuando está saciado, se marcha. Y pienso, ¿para qué matar mosquitos? Una vez hecho el daño, una vez propinado el primer picotazo, ya da igual acabar con él, porque el dolor va a ser el mismo. Me he ido a dormir con una sensación plena; en algún lugar del mundo hay un mosquito con la tripa llena que no tiene ya la necesidad de picar a nadie más. Además, los mosquitos no son demasiado longevos, luego seamos razonables, seamos benévolos con ellos.
Tinoninoninoninoni.
Es lo último que he oído.
Antes de quedarme dormido.
Al levantarme de la siesta he bajado a bañarme al río. En el río hay agua, piedras, pizarras desgastadas, hay orillas verdes, árboles, ramas, botes de lejía vacíos, culebras y libélulas; hay bolsas de basura, lodo, madera enquistada, latas oxidadas y frescor. En el río está mi prima María, que con seis años es la Reina (a propósito en mayúscula) del reino de Todo, es la madre que la parió, es la libertad, es una ventana a la inocencia, es algo que no se puede dañar porque ella me atusa el pelo, me cambia la diadema por otra limpia, porque se sube a mis hombros y ríe a carcajadas.
María
llora
porque se ha caído al suelo
y yo la levanto
tan suavemente
que tardo
dos
o tres
años
y rebusco por todos los sitios
de su cuerpo
hasta comprobar
que el cristal
que la recubre
está intacto
y para que cese
su llanto
hago cabriolas
por el prado
me lanzo dando vueltas
al río
y al salir
su risa
se deja tocar
por las lágrimas de antes
y me digo
bien merece la pena
un resfriado.
El tiempo pasa, y las personas mueren, o viceversa. En la aldea había hace 25 años muchos niños y algunos viejos, ahora, muchos viejos y algunos niños. Hay casas abandonadas, casas vacías dentro del vacío de un pueblo casi abandonado. A pesar de eso, sigo religiosamente dilapidando, año tras año, mis vacaciones estivales aquí. Hay tanta tranquilidad que tranquilidad deja de ser la palabra apropiada. Hoy han llegado mis padres de Madrid, a pasar también aquí sus vacaciones. Hace unos quince días que no les veo. Les echo de menos. He hablado con Isa por Messenger; se cumplen aproximadamente dos semanas desde que lo dejamos. Me echa de menos, y yo a ella también, pero lo oculto. Después de chatear con ella, echo aún más de menos a mis papás (¿por qué para referirse a ambos no se utiliza mamás y sí papás?). Saludo a mi padre, con dos besos rápidos y a mi madre con otros dos mucho más lentos. Me enciendo un cigarro.
-Hijo, no fumes -dice mi madre-.
-Mamá, es que, como sabes, soy fumador desde hace 17 años.
-Hijo, deja de fumar.
-Mamá, déjalo ya, de verdad.
-Al padre de tu tío Gabi, que tiene cáncer por fumar, le han tenido que extirpar la nariz.
Mi tía Carmina desvía la mirada hacia otro lado y mi tío Miguel, una de las personas más cojonudas que he conocido, se rasca la cabeza y aparenta distracción o discreción. Le tengo estima a mi tío Miguel, siempre tan sincero, directo y legal.
-Además del tabaco tienes que dejar de beber cervezas, porque bebes mucho y todos los días -añade papá-.
Entre líneas me llaman alcohólico. Considero la posibilidad. Hago cuentas. Me gusta la cerveza, es cierto. Y hago recuento de lo que puedo beber, por ejemplo, en una semana. Veamos, de siete días que tiene una semana salgo a tomar cervezas tres. Normalmente martes, jueves y sábado. Eso a veces, porque algunas semanas sólo salgo jueves y sábado, o martes y sábado o martes y viernes. Prosigamos, entre semana -martes y jueves- no suelo pasar de dos o tres quintos de cerveza, o de un par de jarras o tres como mucho, a lo sumo cuatro. Los fines de semana sí suelo beber algo más y, a veces, llego a casa un poco bebido y, en ocasiones puntuales, con una curda considerable, algo que puede suceder una vez cada dos o tres meses, entendiendo por curda considerable una borrachera que me permite andar perfectamente y mantener una conversación sin que la lengua se me trabe en exceso. Algún viernes me bebo dos botellines de cerveza en casa. Nada que no hagan mis amigos. En resumidas cuentas, puede salir una media de un botellín y medio diario.
-Estáis exagerando -me defiendo-.
-No hijo, no estamos exagerando, bebes demasiado.
-Mamá, reconozco que fumo demasiado, pero no creo que beba tanto como vosotros creéis.
Sube el tono de la conversación.
-Tienes 31 años, ¡tienes que asentar la cabeza! -casi ordena mi padre-.
Qué vergüenza. Mis tíos y mi abuela testigos, jurado por obligación. No entiendo nada. Creo que todo viene porque lo he dejado con Isabel y creen que el mundo se va a desmoronar por eso. Moral tradicional, moral ancestral, moral de mierda, moral que me paso por el forro de los huevos y se mancha con mis pelos negros y rizados; yo me cago en la puta moral de los cojones. Sé a ciencia cierta que no hago daño a nadie, que no molesto a nadie. Lo sé. O al menos esa es mi intención. Con eso debería bastar, ¿no? Al menos eso basta para mí cuando alguien no tiene la intención de dañar a alguien. Es como lo que me pasa con los vasos y la vajilla. Siempre acaban en el suelo cuando ando cerca de ellos. Y mamá siempre me regaña. Creo que ha pasado a ser una cuestión de sugestión, porque cuando veo algo de cristal me pongo nervioso, me da como alergia. Pienso que lo voy a tirar, lo enfoco y, claro, al final lo tiro. Recuerdo una Nochevieja en casa de mis padres que me propuse fervientemente no hacer añicos nada. Antes de sentarme a la mesa analicé la situación de todo. Los platos, la jarra, las botellas de vino, las servilletas… y finalmente me senté. Entonces apoyé el codo sobre el mantel y alguien vertió un par de dedos de vino en mi copa. Hice más fuerza con el codo para apoyarme con firmeza y tomar con la otra extremidad el recipiente en cuestión, con la mala suerte de que mi articulación se posó por error sobre el mango de un tenedor cuya punta, a su vez, había tenido el capricho de haberse deslizado por debajo de la base de la copa de forma accidental, razón por la cual ésta saltó catapultada casi al infinito, manchando todo de vino. Sucedió, pero yo no tenía la intención, eso es lo que cuenta.
Al final he agachado la cabeza y he tragado con todo. No me quedan más cojones. Vivo en su casa. Creo que me voy a marchar antes de tiempo de Asturias, porque en Madrid, en la casa de mis padres, no hay nadie ahora.
Y todo por un puto cigarro de mierda.
He dormido como un lirón, mejor dicho, como dos lirones. Hace un día maravilloso, despejado, azul. Ya por la tarde tomo el coche para recoger a mi hermano en la estación de autobuses de Ponferrada. Hay como una hora y media de trayecto. Es de obligado cumplimiento atravesar el vertiginoso puerto de Leitariegos. Me gusta conducir a través del puerto de Leitariegos; es como si el coche volara. Si uno levanta la vista por encima de la línea de la carretera, ésa es la sensación. Pero cuando estoy a unos quince quilómetros de llegar a la cima del puerto su bóveda se cubre de plomo. Parece que esté anocheciendo a pesar de que son las cinco y media de la tarde. Huele a humedad. Cada vez todo es más oscuro. Pongo sobre el tapete las piezas del ajedrez de mi vida. Es un desastre. Desorganizada. Únicamente soy responsable con el trabajo, y la razón de este desajuste respecto al todo es que me apasiona. Tengo que tomar cartas en el asunto. Rompe a llover. No es que me coja la tormenta, es que yo la cojo a ella. Es curioso, es como atravesar un telón de agua, como desvirgar una cascada. Unos segundos antes sólo se oía el ruido del motor y, unos segundos después, caen en tromba miles de gotas sobre el cristal y todo se vuelve gris oscuro. A ratos, graniza. A ratos, llueve. Muchos relámpagos resquebrajan el cielo, lo parten en dos tres y hasta cuatro pedazos. Lo convierten en un puzle durante décimas de segundos. El torrente de agua arranca piedras y barro de las laderas de las montañas. Noto su sonido sobre el capó del coche y decido echarme a un lado de la carretera a esperar una tregua. No se ve a más de dos metros. Giro la llave del contacto y espero. Me gusta la lluvia, aunque me convierta en tristeza. Pasan diez minutos. Sigue lloviendo con la misma intensidad. Vuelvo a girar la llave y salgo a la carretera. Voy despacio, poco a poco. Me cruzo tan sólo con un par de coches. El velocímetro no pasa de 20 ó 25 kilómetros por hora. Cuando llego a la cima del puerto la lluvia cesa y comienza a clarear. He contado cuatro puercoespines espachurrados en la carretera. En las carreteras de Asturias caen como chinches. De hecho, creo que la expresión debería ser ‘caer como erizos’ en lugar de ‘caer como chinches’. Llego a Ponferrada y recojo a mi hermano. Durante el trayecto que nos lleva de regreso se hacen patentes los efectos de la ahora moribunda tormenta. Hay piedras en el asfalto, densos charcos de barro y gente con paraguas, perros mojados y tejados desangrándose a través de canalones oxidados. Llegamos al último pueblo antes de volver a iniciar la ascensión al puerto de Leitariegos. Se llama Caboalles de Arriba y allí pasa el periodo estival mi tía Delia, que enviudó hace un par de años. Decidimos para a hacerla una visita. Cuando llamamos a la puerta, se oye un “Vooooy” quejumbroso y lejano. Al abrir la puerta, ella nos mira fijamente a los dos.
-¡Mira qué dos piratas han venido a verme! Y yo que creía que ya nadie se acordaba de mí. Vamos, ¿qué hacéis ahí? Pasad.
Recibo un par de besos húmedos, comprensibles cuando los brinda una anciana de ochenta años. Casi a la velocidad de la luz, dispone sobre la mesa un par de cervezas, dos platos emborronados de arañazos, otrora cristal impoluto, y una bandeja con dos pisos de empanadas troceadas. Las hay de sardinas, de carne y de morcilla. La tía Delia hizo la de carne, las restantes son intercambios culinarios con las vecinas: “Prueba esta empanada que hice, Delia, a ver si te gusta”. Me decanto por un pedazo de la de carne y otro de la de sardinas. Centrémonos en la de carne. La masa es esponjosa; de cocción, perfecta, quizás un poco fuera de sí en el punto de sal y grasa, pero correcta en la cantidad de relleno. Pasemos a la de sardinas. Demasiado relleno, bien en lo referente a la sal y la masa quizás demasiado fina. Apenas grasa. En cualquier caso, son dos empanadas cojonudas.
-¿Qué tal por aquí tía? –pregunta mi hermano.
-Sola, tranquila pero sola. Echo de menos a tu tío.
-¿No sale por ahí a dar un paseo?
-Sí, todos los días. Con las vecinas. Me viene bien salir a dar una vuelta.
-Y vosotros, de mozas, ¿cómo andáis?
-Bueno… -esquiva mi hermano-.
-¿Sigues con esa chavaluca tan guapa?
-¿Con cuál? –dice Antonio-.
-Con ésa rubia, alta y bien parecida.
-No, ahora estoy con otra.
-Madre mía, cómo eres. Aunque me da a mí que es peor tu hermano…
Nos reímos y ella continúa.
-Marcos, ¿qué fue de la chica que cortejaste, aquella que tenía familia en Grao?
-Pues hace ya más de tres años que no salgo con ella.
-Con lo buena moza que era y lo bien que hablaban todos de ella…
-Tía, no valgo para mantener una relación.
-Pues escucha –levanta el dedo índice, y entrecierra un poco un ojo-, búscate una chica honrada, cásate y que te dé hijos. Yo no los tuve y mira que sola estoy. Si al menos hubiera tenido uno… Tu tío era un hombre de la cabeza a los pies, aunque nos faltó descendencia. Pero claro, me casé con él de segundas nupcias. Yo pasaba de los cincuenta años y no traía ningún rapaz de mi anterior marido, dios le tenga en su gloria. Vaya por delante que me casé con tu tío porque fue mi primer novio, no lo hubiera hecho con cualquiera.
-¿Por qué fracaso el primer noviazgo? –pregunto-.
-A los pocos meses de conocernos, él se marchó a Guinea, a trabajar, y me dijo que se desposaría conmigo si yo seguía siendo formal cuando volviera de África. Al final, como digo yo, me cambió por otra. Entonces yo hice mi vida y él, la suya. Luego, con el tiempo, enviudamos y un buen día se presentó aquí con la idea de casarse conmigo. Tu tío no valía para estar sólo, no se defendía en la cocina y tampoco con la casa. Como seguía siendo alto, fuerte y como es debido, decidí no pasar sola un día más. Ahora, lo que son las cosas, vuelvo a estar sola.
Hace ademán de llorar, pero acaba por acogerse a un gesto de contricción.
-¡Qué vida tan complicada he tenido! –pensativa- Os lo repito a los dos, echaros una novia decente, que os dé hijos. Tendréis que buscar mucho, porque ahora todo ha cambiado y las mujeres son peores que los hombres. Muy putas son ahora. Hay más putas que puteros. Hace años era al contrario, pero ahora todo ha cambiado -se atusa el pelo y continúa-. La cosa está difícil para los jóvenes. Los sueldos no suben y, sin embargo, el precio de los pisos anda por las nubes. Lo tenéis muy difícil.
Agradezco la última frase, mucho más por venir de una octogenaria. Deja entrever un punto de vista a mi juicio crítico sobre la situación de la generación a la que pertenezco, un punto de vista muy alejado de lo que piensa la mayoría de quienes superan la cincuentena, que nos ven a mí y a los míos como a una panda de parásitos a los que les gusta vivir bien y reniegan de la emancipación del hogar paterno por principio vital. Somos los del baby boom, la generación mejor formada de la historia de España, los que empezamos a trabajar de becarios sin cobrar o cobrando una miseria, somos aquellos que, cuando firmamos el primer contrato legal con una empresa y anunciamos en casa que el sueldo era de 1.000 euros, recibimos la misma respuesta al unísono: “No está mal para empezar”. Somos los que, diez años después, sabemos que no está ni bien ni mal, simplemente es una cifra que está, y nada más, para empezar y para acabar, y hemos perdido la fe en que se mueva dígito alguno. Somos los que no tenemos derecho a concesiones porque lo tuvimos todo, somos los que no tienen motivos para estar tristes, somos los que no tienen depresiones, sino demasiado tiempo libre y pajaritos en la cabeza. Somos quienes no vamos a poder ofrecer algo mejor a nuestros hijos de lo que nos ofrecieron a nosotros nuestros padres. Somos una generación que no se casará con su primera, segunda o tercera novia. Somos todo esto, pero, en definitiva, no dejamos de ser un producto derivado de quienes levantan el dedo acusador. Ellos esconden su culpa multiplicando la nuestra hasta el infinito, pero se están lavando las manos en una palangana de mierda que, tarde o temprano, acabará por salpicarles. Por eso el comentario de mi tía me parece acertado. Ella ha tenido una vida cien veces más complicada que la mía hasta ahora, pero entiende mis preocupaciones, mis problemas. Es esa clase de gente la que espolea a uno hacia el reto marcado, hacia la consecución del objetivo que nos mueve a vivir. Qué cojones, en el futuro yo quiero ser un abuelo como ella. No quiero ser un abuelo como esos otros que cuentan historias de la guerra civil, de batallas sangrientas, de esos que hablan de la defensa de los ideales y bla bla bla. Me la chupan. Después de todo, Franco está muerto, la República también y de aderezo hubo millares de fiambres de uno y otro bando.
La tía Delia nos ha despedido a mi hermano y a mí con otro par de besos húmedos. Ha sido una maravillosa tarde de lluvia torrencial y empanadas.