Thursday, August 23, 2007

Enviando mensaje…

Isabel tiene mi transistor con funda de cuero. Ahora ella quiere que nos veamos para poder dármelo en persona. Yo le digo que es mejor que no nos encontremos, que busquemos un intermediario que me haga llegar el transistor para evitar las puñaladas del recuerdo. Lo que más me importa es la funda de cuero, no la radio en sí. Cuando mi abuelo agonizaba a finales de la década de los 80 con un cáncer de estómago galopante, mi madre decidió regalarle un transistor. Con el fin de salvaguardarlo de los golpes, mamá acudió a un zapatero para que le hiciera una funda  de cuero a medida. Al final resultó más cara la funda que la propia radio. Al final la funda ha sido lo único que me quedó de mi abuelo materno -el receptor se extravió-, y hace un par de años pasó a recubrir un transistor que me compré en rebajas.

La cita se concreta a primera hora de la mañana.

Arranco la moto.

No hay ni coches ni gente en la calle, y el oxígeno está menos saturado que de costumbre. Imagino una gran nube de dióxido de carbono desplazándose hacia Valencia.

Aparco la moto donde siempre. Estoy nervioso. La llamo por teléfono para hacerle saber que ya he llegado. Aparece a lo lejos. Falda corta, vaquera, unas gafas que le cubren más de la mitad de la cara. Está más morena y sonríe al verme. Subimos a su casa, me da la radio y sucede lo previsto cuando una pareja de ex novios se ve un mes después de romper.

Lo mejor de todo ha sido abrazarme a ella, oler su pelo, hundir mi boca en el valle de su nuca.

-Me tengo que ir, Marcos.

-Entiendo.

Ya en la calle, se ha calzado las gafas. He visto cómo se abultaba su nuez al paso de la saliva. Un beso rápido. Ex novios a la fuga.

Antes de conducir hasta casa, compro un par de intermitentes para mi Yamaha YBR de 125, rotos desde que hace un mes un Ford Fiesta blanco (tiene huevos, creo que el conductor tenía un jersey amarillo) me embistiera por detrás y se diera a la fuga. Sólo tengo una hora para ponerlos si quiero llegar a tiempo al ensayo con el grupo. Al final me sobra media hora, y eso que soy malísimo con las manos. Al subir a comer oigo gritos. Veo a mamá con un gatito cogido por el pescuezo amenazando con tirarlo por la ventana. El gatito cuelga disfrutando de las vistas, ignorando el peligro que corre, hasta que mi padre se lo quita de las manos y lo pone a salvo.

Mamá no quiere al gato. Mi hermano lo recogió de la calle hace unos días después de que le atropellara un coche. Veo cierto paralelismo entre el atropello del gato y mi accidente, no sé exactamente por qué, pero encuentro notas concordantes entre ambos siniestros. Mamá y papá discuten.

-¿De verdad ibas a tirarlo por la ventana?

-Sí.

-¿Tendrías valor? –pregunta-.

-Sí, como tú lo tuviste hace años.

-¿Cómo? Pero, ¿qué dices?

-¿No te acuerdas?

-No

-Pues mataste un gato a palos, hace cuatro o cinco años. Lo metiste en un saco y lo moliste a palos.

-Eso tiene explicación.

-No hay explicación para eso –dice mamá-.

-Sí la hay. Era un gato que se comía las gallinas de la casa de Asturias. La abuela me dijo que había que matarlo.

Dejo la conversación a esas alturas, cojo el casco y vuelvo a conducir por las exangües calles de Madrid. Ensayamos unas tres horas. Después de un mes sin tocar no ha sonado demasiado mal. Podría haber sonado rematadamente mal, pero no ha sido así. Después salimos de cañas. Nos tomamos cuatro o cinco tercios de cerveza, discutimos sobre si Estrella de Galicia es o no uno de los mejores zumos de cebada de la piel de toro. Para mí y Sergio, el baterista del grupo, sí lo puede ser, junto con Alhambra, pero a Galipop le dan arcadas las dos clases.

Entonces Emilio, el bajista, dice lo más gracioso que he oído quizás en este último año.

-Chicos –dice Emilio-. Ahí va la última del padre de mi novia.

-De tu suegro quieres decir, ¿no? –puntualiza Sergio-.

-Sofía y yo aún no estamos casados.

-Bueno, pero lleváis más de once años saliendo –dice Galipop- o sea que como si lo fuera.

-Dejad de tocarme la polla y escuchad. Estamos el otro día viendo la televisión en la casa del padre de Sofía, y en esto que empiezan a echar en Antena 3 un tráiler de esos en los que anuncian que dentro de una semana van a proyectar tal o cual película. Bueno, pues resulta que era un tráiler del Señor de los Anillos y en las imágenes se veía a la Dama de Galadriel, muy misteriosa ella, caminando a través de un denso bosque.

-¿Y entonces qué? –digo yo-.

-Entonces dice el padre de Sofía –Emilio adopta una voz de zaragozano profundo-: ¡Andá! Si esta película la vi yo ya hace muchos años, ésta es la de la de la virgen de Fátima. Yo casi me despeloto de risa delante de él, pero es que encima, a renglón seguido, sin dar tregua, aparecen los hobbits tras la Dama, y dice mi suegro: ¿Lo veis? ¡Mira por dónde vienen los pastorcillos!

Me dolía la tripa de reírme, y a los que estaban en las mesas de al lado seguro que los oídos de escucharnos. No podía parar, ninguno podíamos parar. Hemos acabado tomando más birras en el Delover, en Bilbao. Había buena música y sobre la pared estaban proyectando una película de los Hermanos Marx. Como a la una y media nos hemos rendido.

De nuevo conducir de vuelta a casa ha sido toda una experiencia, sin coches, con el inusual frescor de este particular verano de 2007. Creo que ha sido el agosto con más personalidad de los que he conocido.

Y al llegar a casa, al tumbarme sobre la cama, he pensado que soy un tipo grande. Y al coger el teléfono móvil para apagarlo, mis ojos se han reflejado en el cristal y he envejecido un poco.

¿Enviar mensaje?

Aceptar

Enviando mensaje…

“Hasta mañana Isa, lo mejor de todo ha sido abrazarte, oler tu pelo. Sí, eso ha sido lo mejor”.

 

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Tuesday, August 21, 2007

El regreso

Mi autobús sale hacia Madrid a las siete de la mañana. Al mediodía hago la maleta. Guardo en ella el cepillo de dientes, el desodorante, la maquinilla de afeitar, ropa arrugada, mi radio a manivela, cuatro libros, varias decenas de recuerdos y los besos de mis primos pequeños; guardo la tristeza que conmueve a todo aquel que deja atrás algo que ama. Después bajo al río, el agua está gélida, como siempre, como todos los años; nado un rato y me seco al solo con una novela de Mankell. Me fumo un par de cigarros, leo hasta que se va el sol. Justo antes de cenar suena el teléfono. Es Gali, el guitarra de mi grupo. Es Lucha de Gigantes, de Antonio Vega. Deduzco que está acercando el altavoz del móvil a un altavoz. Está sonando en directo.

Lucha de Gigantes… convierte… el aire en gas natural.

Un duelo salvaje advierte, lo cerca que ando de entrar, en un mundo descomunal. Hay tanta fragilidad en su voz, en la de Antonio Vega, que me entran ganas de llorar. Me voy pronto a la cama. Y pronto me despierto para coger el autobús. Voy casi todo el viaje durmiendo.

Madrid en agosto es como un enfermo en estado comatoso. Me he decantado por esa frase, pero he barajado las siguientes:

Madrid en agosto es como un enfermo en estado de coma

Madrid en agosto es como un enfermo comatoso

Madrid en agosto es como un enfermo en coma

Madrid en agosto entra en coma

Madrid en agosto entra en estado de coma

Madrid en agosto está en coma

Sus calles, sus venas, sin apenas fluido vital, sin gente; así es Madrid en agosto. A partir de septiembre se convierte en una orgia en la que participan moros, castellanos, extremeños, nigerianos, ecuatorianos, manchegos, catalanes, valencianos, colombianos y norteamericanos, entre otros. En Madrid la gente, sin saberlo, pasa por alto cualquier himno. Ocurre a diario y casi nadie es consciente. No sucede en ningún otro lugar del mundo, al menos que yo haya visitado. Ese es el valor añadido de Madrid. Como decía aquél, hay jeringuillas en los lavabos, putas y delincuentes, hay arquitectos, funcionarios y carniceros; hay trileros, seguramente algún funambulista -razón en el Retiro- y amas de casa maltratadas, pero a partes iguales hay amor, condescendencia, solidaridad y una patria sin símbolos ni telas, sin colores ni notas musicales que la mancillen. Se unifican en torno al olor a orín, al Paseo de la Castellana, a la Gran Vía o al desorden visual de las torres Kio. Ella en sí, Madrid, es la patria de todo sin ser propiedad de nadie, sólo del que pasa. Porque esta ciudad no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella; ella nos deja pertenecerla. ¿Quién se siente alguien para clavar una bandera en sitio alguno? ¿Le hemos preguntado a ese pedazo de tierra si quiere pertenecernos? Los indios americanos tenían razón.

Y yo me bajo del autobús, en Méndez Álvaro, y pienso éstas y otras cosas

y en algunas más que no digo

por no entorpecer más tu pensamiento

o el mío.

Me gustaría decir que cae sobre Madrid un sol de justicia, porque la frase es hermosa, pero la realidad es que cae medio sol, y ni mucho menos es justo, más bien parece doblegarse al antojo de un rebaño de nubes que, a ráfagas, entona un “aquí estoy yo” capaz de hacer temblar a Dios y su madre. Mi hermano ha venido a buscarme a la estación. Mientras camino hacia el coche, aparcado en lontananza, acerco la nariz al cuello de la camiseta, acaso buscando un pedacito de olor a pueblo, a cerdos y tierra húmeda. Afortunadamente, la tela mantiene ese pedacito de esencia que me llevo de Asturias cada año. Pero sólo un pedacito. Al llegar a casa, desaparecerá. La M-30 está libre de colesterol, circulación fluida, no hay tráfico intermitente ni retenciones, sólo mi hermano con las manos en el volante, el silencio y yo. Al llegar a casa, suena el teléfono.

-Hola Marcos, soy Marga, ¿está tu madre?

Marga es mi tía, la que tiene cáncer de riñón con metástasis en los pulmones.

-No, está en Asturias con mi padre, yo acabo de llegar de allí.

-Ah…

-¿Por qué? ¿Quieres que le diga algo?

-No…

-Entonces, ¿por qué llamabas?

Se oye un concierto de toses y palabras que tratan de abrirse paso entre ellas. Pasa casi un minuto.

-No, nada… es que me apetecía charlar con ella.

-¿Qué tal el tío y los primos?

-Están viendo el fútbol.

-Y tú, ¿qué haces?

-Pues nada, preguntando por tu madre.

Se sonríe.

Una sonrisa no se oye, se ve, pero yo la intuyo -la sonrisa- a pesar del teléfono.

-Ahora mismo la llamo a Asturias y le digo que te llame.

Cuelgo el teléfono y marco el 985 815 118 (afamado lector, es un número real, si no lo cree, llame al mismo y diga: “Hola, soy lector del blog de un tal Marcos Sierra Clemares, ¿le conocen de algo?” Verán que no les engaño.

-¿Si?

-Soy Marcos, ¿se puede poner mi madre?

-Un momento.

Pasan unos segundos.

-¿Si?

-Mamá, soy Marcos, acaba de llamarme la tía Marga, creo que necesita hablar contigo.

-Pero, ¿pasa algo grave?

-Hombre, no parece grave, la verdad, pero la tía necesita charlar contigo.

-Es que cuando hablo con ella luego me quedo muy mal.

-Mamá, la que tiene cáncer es ella, no tú, habla con ella.

-Es que luego yo lo paso mal.

-Mamá, es tu hermana.

-Bueno hijo, te dejo que vamos a cenar.

-Pipipi, pipipi, pipipi, pipipi -dice el teléfono-.

Y la tecnología se ríe de mí y de la tía Marga.

Decido bajar a la piscina de la urbanización. El agua me parece templada, demasiado, quizás, acostumbrado a la dictadura de las aguas de alta montaña sobre las que he nadado en Asturias. El césped está cortado a la perfección y la toalla se apoya sobre la hierba flotando sobre briznas encrespadas, como lo haría el cuerpo de un faquir sobre un tapiz de clavos. Y pienso en otras cosas. Me preocupa que el ordenador se apague de forma repentina, cuando le salga de los cojones. Si me vienen las ideas y necesito escribir, temo no tener con qué. Podría hacerlo a mano, pero ya ni me acuerdo de cuando lo hacía con Bic o Stadyler (creo que no se escribe así); no recuerdo cuando escribía la frase “mi mamá me mima, yo amo a mi mamá” sobre hojas milimetradas, cuadriculadas o de doble guía. De mi niñez, a decir verdad, conservo en pensamientos más bien poco, pero lo que recuerdo lo recuerdo como si me hubiera pasado hace diez minutos. Así las cosas, recuerdo como si me hubiera pasado hace diez minutos la primera vez que masturbé a alguien del sexo opuesto. Yo debía tener como unos cuatro años. Cinco a lo sumo. Estábamos haciendo plastilina y la chica me dijo: “Agáchate y frótame entre las piernas hacia arriba y hacia abajo”. Juro por mi Santa Madre que caían pelotillas de su chumino, tal era el ahínco que le ponía yo al acto en cuestión sin que por ello estuviera excitado en forma alguna. El olor. Sobre todo recuerdo el olor. Luego, con el tiempo, al acercarme a otros chuminos adultos e inspirar sus efluvios, me di cuenta de que esas rajas no olían como aquel otro prematuro ladillero; no sé bien eso se debía a la precocidad del primero y su singularidad olorosa (es el único coño menor de diez años que me he acercado a la napia) o a que posteriormente probé material pasado de fecha.

Después, mamá tuvo que ir a hablar con la profesora a su despacho.

-Su hijo ha estado tocando a una compañera de clase.

-¿Tocándola?

-Tocándola en sus partes.

-¡Ay Madre!

-Tranquilícese, no es la primera vez que lo hace.

-¿Que no es la primera vez? ¡Yo es que le mato!

-Señora, quiero decir que no es la primera vez que ella anima a sus compañeros a que le toquen sus partes.

-¿Y eso es malo?

La profesora pone cara de circunstancias.

-No sé si es malo o bueno, yo le digo lo que pasa.

Vestido con un babi a rayas calculadamente azules, tuve en la esquina de aquel despacho mi primera erección sin saber por qué. El sexo, al menos en sus inicios, siempre fue en mí algo mecánico. Mi primera paja, por ejemplo, fue casi un acto reflejo. Mis amigos, con trece años, solían reunirse en un callejón de la calle Fernando Ossorio a pelársela como monos después de salir de las aulas de los Salesianos del barrio de Estrecho. Siempre había revistas porno y cigarrillos. Yo hacía lo que ellos; subía y bajaba mi pedazo de piel encapullada insistentemente y, como a los diez o quince minutos, abría la boca y hacía: ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaaaah! Lo mejor era el pitillo que me fumaba después, más aún cuando todo lo que sentía era un dolor punzante en el antebrazo que, al día siguiente, no me dejaba casi ni coger la mochila para ir al colegio. No me dolía la polla, tiene cojones la cosa, me dolía el antebrazo. No sentía gusto, sólo dolor en el antebrazo. Pero un buen día, mientras fingía gusto, un calambrazo subió desde mi trasero hasta la nuca, me electrocutó, acabó conmigo, rellenó todos los huecos de mi cuerpo de éxtasis. Y lo mejor es que fue mecánico. No hubo excitación femenina, ni tetas, ni chochos, ni imágenes de mamadas previas. El placer llegó porque sí. Esa tarde me masturbé cuatro o cinco veces más, dos de ellas durante la sobremesa, con mi padre roncando en el sofá de al lado; sin imágenes de chicas, espoleado sólo por el tesón de una mano que dejó de temer a las agujetas. Desde entonces, las mejores pajas para mí han sido aquellas en las que he sido capaz de no pensar en mujeres, cosa que sucede menos de lo que me gustaría. Y ha pasado el tiempo y pienso en Don Bosco, el patrón de los Salesianos de Estrecho. Siempre he tenido la duda de si, nuestro Santo patrón, tocado por ese halo de inocencia y pulcritud que presuponían aquellos curas responsables de mi educación, llegó a masturbarse alguna vez.

Y yo me bajo del autobús, en Méndez Álvaro, y pienso éstas y otras cosas

y en algunas más que no digo

por no entorpecer más tu pensamiento

o el mío.

 

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Tuesday, August 14, 2007

Tinoninoninonino

No han sido ni ganas ni obligación, lo que me ha sentado frente al ordenador ha sido el rumor de una canción, de una banda que no sé identificar. Ha sido el hilo conductor de mi día de hoy. Me he levantado como a las diez. Tinoninoninoninoni. Creo que era de un grupo que se llama Budapest, pero no estoy seguro. He desayunado. Sobre el balcón de la casa de pueblo de mis abuelos de Asturias -diecisiete habitantes censados, de los cuales seis son familiares míos- caía un sol tan luminoso como redondo. He respirado. Varias veces. Buscaba eso, esto, estar sólo, y cuando uno busca estar sólo, resulta de que se acaba sorprendiendo al encontrar soledad. Pero es hermoso. He salido a las puertas de la casa de labranza en la que nació mi padre. Suelo dormir en la cama en la que él fue alumbrado, o apagado, según se mire. Había dos perros sobre el suelo, dejándose tocar sin pudor por los rayos del mediodía, los más sinceros y descarados. He bajado hasta el río, me he dejado caer sobre la orilla y, con la punta de los dedos, he cosquilleado la piel del agua, que ha respondido con una ondulación. Después, casi sin querer, me he llevado a la boca una brizna de hierba que he masticado con los incisivos. He caminado de vuelta a casa y he cogido el coche para dar una vuelta. He llegado al bar de Villacanes, el más cercano a la aldea, y allí estaba Pedrolo. Con su gorra, sus 46 años, su tercio de San Miguel, su paquete de cigarros negros y la misma sonrisa de siempre.

 

-¡Pedrolo!

 

-Tócame el bolo

 

-¡Ey tú!

 

-Tururú

 

Poco más nos hemos dicho. Sobran las palabras para un canalla tan castizo como él, un madrileño innegable. He hecho de espectador en una partida de bolos celtas. Es curioso. No gana el que más bolos derriba, sino el que más lejos los lanza. La bola impacta y salen despedidos a diez, veinte y hasta treinta metros de distancia. Gana el que más lejos los arroja. Después de un par de tercios de cerveza me he despedido, o no, ya no me acuerdo, y he bajado otra vez al río. Caricias sobre el agua y pensamientos. De niño me creía nacido para grandes cosas, invencible. Si caía de la azotea de cualquier piso, sabía que saldría victorioso. Ahora uno, que se cree fuerte, que en ocasiones se muestra inamovible ante un vendaval intempestivo y recio, cae a los pies de cualquier brisa leve, si acaso ésta llega en el momento preciso. Me encuentro con Pepe, de la casa de Juan Gómez, el padre de Pedrolo. Está mayor. Yo le echo unos 72 ó 73, pero tiene 80, como la abuela de Madrid. Cómo ha mejorado la abuela, por cierto. La daban por muerta, pero se ha recuperado, hace las camas, sale a por el pan, va de compras. Actividad. Se lo ha puesto complicado a la puerca de la guadaña, que le dio una tregua en forma de operación de corazón y algunas anginas de pecho, pero la abuela jugó con mano diestra sus cartas. Estoy convencido: si quiere hacerle cruzar el río tendrá que pillarla por sorpresa, tendrá que ser algo repentino. De otra manera, tendrás que joderte, hija de puta. Cúrratelo si te la quieres llevar, trabájatelo, porque no te va a poner las cosas fáciles.

 

Avanzo por cosas tan simples como un empujón de mi amigo Ripi: “Tío, me gusta como escribes”. Y yo, que a veces me tomo en serio; me siento bien, veo el sentido a aquello que escribo cuando me apetece, siempre y sólo cuando me sale de los huevos. En el salón de la casa de Asturias hay fotos en blanco negro, fotos de matrimonios de mi familia, muchas fotos, que son lo que yo fui sin estar allí. Hay también un árbol genealógico que acaba de resquebrajar mi tía Carmina con su divorcio; todo un acierto. Acabemos con los árboles genealógicos, con la familia real (a propósito en minúscula), con el papa (más de lo mismo), zapatero (ídem de ídem) y los republicanos resentidos, caguémonos en la tumba de franco (sobran las palabras), en la historia de españa -por los clavos de cristo, que no se escapen ni vascos ni catalanes- y en la de sus enemigos; hagamos caca suelta sobre todo, abonemos el terreno para que salgan las flores y caguemos más sobre esas mismas flores para que salgan otras nuevas con bríos renovados. Estoy cansado, necesito algo nuevo, es por ello que me veo obligado a hablar de cacas y abono, no es que me vaya lo escatológico, aunque bien mirado, es un tema de conversación que da mucho de sí. Qué coño, me va lo escatológico.

 

Entonces, justo ahora, que escribo esto, noto un picotazo en el brazo. Es un mosquito. En la muñeca. Absorbe. Su tripa se hincha. Ya no me duele. Y cuando está saciado, se marcha. Y pienso, ¿para qué matar mosquitos? Una vez hecho el daño, una vez propinado el primer picotazo, ya da igual acabar con él, porque el dolor va a ser el mismo. Me he ido a dormir con una sensación plena; en algún lugar del mundo hay un mosquito con la tripa llena que no tiene ya la necesidad de picar a nadie más. Además, los mosquitos no son demasiado longevos, luego seamos razonables, seamos benévolos con ellos.

 

Tinoninoninoninoni.

 

Es lo último que he oído.

 

Antes de quedarme dormido.

 

Al levantarme de la siesta he bajado a bañarme al río. En el río hay agua, piedras, pizarras desgastadas, hay orillas verdes, árboles, ramas, botes de lejía vacíos, culebras y libélulas; hay bolsas de basura, lodo, madera enquistada, latas oxidadas y frescor. En el río está mi prima María, que con seis años es la Reina (a propósito en mayúscula) del reino de Todo, es la madre que la parió, es la libertad, es una ventana a la inocencia, es algo que no se puede dañar porque ella me atusa el pelo, me cambia la diadema por otra limpia, porque se sube a mis hombros y ríe a carcajadas.

 

María

 

llora

 

porque se ha caído al suelo

 

y yo la levanto

 

tan suavemente

 

que tardo

 

dos

 

o tres

 

años

 

y rebusco por todos los sitios

 

de su cuerpo

 

hasta comprobar

 

que el cristal

 

que la recubre

 

está intacto

 

y para que cese

 

su llanto

 

hago cabriolas

 

por el prado

 

me lanzo dando vueltas

 

al río

 

y al salir

 

su risa

 

se deja tocar

 

por las lágrimas de antes

 

y me digo

 

bien merece la pena

 

un resfriado.

 

El tiempo pasa, y las personas mueren, o viceversa. En la aldea había hace 25 años muchos niños y algunos viejos, ahora, muchos viejos y algunos niños. Hay casas abandonadas, casas vacías dentro del vacío de un pueblo casi abandonado. A pesar de eso, sigo religiosamente dilapidando, año tras año, mis vacaciones estivales aquí. Hay tanta tranquilidad que tranquilidad deja de ser la palabra apropiada. Hoy han llegado mis padres de Madrid, a pasar también aquí sus vacaciones. Hace unos quince días que no les veo. Les echo de menos. He hablado con Isa por Messenger; se cumplen aproximadamente dos semanas desde que lo dejamos. Me echa de menos, y yo a ella también, pero lo oculto. Después de chatear con ella, echo aún más de menos a mis papás (¿por qué para referirse a ambos no se utiliza mamás y sí papás?). Saludo a mi padre, con dos besos rápidos y a mi madre con otros dos mucho más lentos. Me enciendo un cigarro.

 

-Hijo, no fumes -dice mi madre-.

 

-Mamá, es que, como sabes, soy fumador desde hace 17 años.

 

-Hijo, deja de fumar.

 

-Mamá, déjalo ya, de verdad.

 

-Al padre de tu tío Gabi, que tiene cáncer por fumar, le han tenido que extirpar la nariz.

 

Mi tía Carmina desvía la mirada hacia otro lado y mi tío Miguel, una de las personas más cojonudas que he conocido, se rasca la cabeza y aparenta distracción o discreción. Le tengo estima a mi tío Miguel, siempre tan sincero, directo y legal.

 

-Además del tabaco tienes que dejar de beber cervezas, porque bebes mucho y todos los días -añade papá-.

Entre líneas me llaman alcohólico. Considero la posibilidad. Hago cuentas. Me gusta la cerveza, es cierto. Y hago recuento de lo que puedo beber, por ejemplo, en una semana. Veamos, de siete días que tiene una semana salgo a tomar cervezas tres. Normalmente martes, jueves y sábado. Eso a veces, porque algunas semanas sólo salgo jueves y sábado, o martes y sábado o martes y viernes. Prosigamos, entre semana -martes y jueves- no suelo pasar de dos o tres quintos de cerveza, o de un par de jarras o tres como mucho, a lo sumo cuatro. Los fines de semana sí suelo beber algo más y, a veces, llego a casa un poco bebido y, en ocasiones puntuales, con una curda considerable, algo que puede suceder una vez cada dos o tres meses, entendiendo por curda considerable una borrachera que me permite andar perfectamente y mantener una conversación sin que la lengua se me trabe en exceso. Algún viernes me bebo dos botellines de cerveza en casa. Nada que no hagan mis amigos. En resumidas cuentas, puede salir una media de un botellín y medio diario.

 

-Estáis exagerando -me defiendo-.

 

-No hijo, no estamos exagerando, bebes demasiado.

 

-Mamá, reconozco que fumo demasiado, pero no creo que beba tanto como vosotros creéis.

 

Sube el tono de la conversación.

 

-Tienes 31 años, ¡tienes que asentar la cabeza! -casi ordena mi padre-.

 

Qué vergüenza. Mis tíos y mi abuela testigos, jurado por obligación. No entiendo nada. Creo que todo viene porque lo he dejado con Isabel y creen que el mundo se va a desmoronar por eso. Moral tradicional, moral ancestral, moral de mierda, moral que me paso por el forro de los huevos y se mancha con mis pelos negros y rizados; yo me cago en la puta moral de los cojones. Sé a ciencia cierta que no hago daño a nadie, que no molesto a nadie. Lo sé. O al menos esa es mi intención. Con eso debería bastar, ¿no? Al menos eso basta para mí cuando alguien no tiene la intención de dañar a alguien. Es como lo que me pasa con los vasos y la vajilla. Siempre acaban en el suelo cuando ando cerca de ellos. Y mamá siempre me regaña. Creo que ha pasado a ser una cuestión de sugestión, porque cuando veo algo de cristal me pongo nervioso, me da como alergia. Pienso que lo voy a tirar, lo enfoco y, claro, al final lo tiro. Recuerdo una Nochevieja en casa de mis padres que me propuse fervientemente no hacer añicos nada. Antes de sentarme a la mesa analicé la situación de todo. Los platos, la jarra, las botellas de vino, las servilletas… y finalmente me senté. Entonces apoyé el codo sobre el mantel y alguien vertió un par de dedos de vino en mi copa. Hice más fuerza con el codo para apoyarme con firmeza y tomar con la otra extremidad el recipiente en cuestión, con la mala suerte de que mi articulación se posó por error sobre el mango de un tenedor cuya punta, a su vez, había tenido el capricho de haberse deslizado por debajo de la base de la copa de forma accidental, razón por la cual ésta saltó catapultada casi al infinito, manchando todo de vino. Sucedió, pero yo no tenía la intención, eso es lo que cuenta.

 

Al final he agachado la cabeza y he tragado con todo. No me quedan más cojones. Vivo en su casa. Creo que me voy a marchar antes de tiempo de Asturias, porque en Madrid, en la casa de mis padres, no hay nadie ahora.

 

Y todo por un puto cigarro de mierda.

 

He dormido como un lirón, mejor dicho, como dos lirones. Hace un día maravilloso, despejado, azul. Ya por la tarde tomo el coche para recoger a mi hermano en la estación de autobuses de Ponferrada. Hay como una hora y media de trayecto. Es de obligado cumplimiento atravesar el vertiginoso puerto de Leitariegos. Me gusta conducir a través del puerto de Leitariegos; es como si el coche volara. Si uno levanta la vista por encima de la línea de la carretera, ésa es la sensación. Pero cuando estoy a unos quince quilómetros de llegar a la cima del puerto su bóveda se cubre de plomo. Parece que esté anocheciendo a pesar de que son las cinco y media de la tarde. Huele a humedad. Cada vez todo es más oscuro. Pongo sobre el tapete las piezas del ajedrez de mi vida. Es un desastre. Desorganizada. Únicamente soy responsable con el trabajo, y la razón de este desajuste respecto al todo es que me apasiona. Tengo que tomar cartas en el asunto. Rompe a llover. No es que me coja la tormenta, es que yo la cojo a ella. Es curioso, es como atravesar un telón de agua, como desvirgar una cascada. Unos segundos antes sólo se oía el ruido del motor y, unos segundos después, caen en tromba miles de gotas sobre el cristal y todo se vuelve gris oscuro. A ratos, graniza. A ratos, llueve. Muchos relámpagos resquebrajan el cielo, lo parten en dos tres y hasta cuatro pedazos. Lo convierten en un puzle durante décimas de segundos. El torrente de agua arranca piedras y barro de las laderas de las montañas. Noto su sonido sobre el capó del coche y decido echarme a un lado de la carretera a esperar una tregua. No se ve a más de dos metros. Giro la llave del contacto y espero. Me gusta la lluvia, aunque me convierta en tristeza. Pasan diez minutos. Sigue lloviendo con la misma intensidad. Vuelvo a girar la llave y salgo a la carretera. Voy despacio, poco a poco. Me cruzo tan sólo con un par de coches. El velocímetro no pasa de 20 ó 25 kilómetros por hora. Cuando llego a la cima del puerto la lluvia cesa y comienza a clarear. He contado cuatro puercoespines espachurrados en la carretera. En las carreteras de Asturias caen como chinches. De hecho, creo que la expresión debería ser ‘caer como erizos’ en lugar de ‘caer como chinches’. Llego a Ponferrada y recojo a mi hermano. Durante el trayecto que nos lleva de regreso se hacen patentes los efectos de la ahora moribunda tormenta. Hay piedras en el asfalto, densos charcos de barro y gente con paraguas, perros mojados y tejados desangrándose a través de canalones oxidados. Llegamos al último pueblo antes de volver a iniciar la ascensión al puerto de Leitariegos. Se llama Caboalles de Arriba y allí pasa el periodo estival mi tía Delia, que enviudó hace un par de años. Decidimos para a hacerla una visita. Cuando llamamos a la puerta, se oye un “Vooooy” quejumbroso y lejano. Al abrir la puerta, ella nos mira fijamente a los dos.

 

-¡Mira qué dos piratas han venido a verme! Y yo que creía que ya nadie se acordaba de mí. Vamos, ¿qué hacéis ahí? Pasad.

 

Recibo un par de besos húmedos, comprensibles cuando los brinda una anciana de ochenta años. Casi a la velocidad de la luz, dispone sobre la mesa un par de cervezas, dos platos emborronados de arañazos, otrora cristal impoluto, y una bandeja con dos pisos de empanadas troceadas. Las hay de sardinas, de carne y de morcilla. La tía Delia hizo la de carne, las restantes son intercambios culinarios con las vecinas: “Prueba esta empanada que hice, Delia, a ver si te gusta”. Me decanto por un pedazo de la de carne y otro de la de sardinas. Centrémonos en la de carne. La masa es esponjosa; de cocción, perfecta, quizás un poco fuera de sí en el punto de sal y grasa, pero correcta en la cantidad de relleno. Pasemos a la de sardinas. Demasiado relleno, bien en lo referente a la sal y la masa quizás demasiado fina. Apenas grasa. En cualquier caso, son dos empanadas cojonudas.

 

-¿Qué tal por aquí tía? –pregunta mi hermano.

 

-Sola, tranquila pero sola. Echo de menos a tu tío.

 

-¿No sale por ahí a dar un paseo?

 

-Sí, todos los días. Con las vecinas. Me viene bien salir a dar una vuelta.

 

-Y vosotros, de mozas, ¿cómo andáis?

 

-Bueno… -esquiva mi hermano-.

 

-¿Sigues con esa chavaluca tan guapa?

 

-¿Con cuál? –dice Antonio-.

 

-Con ésa rubia, alta y bien parecida.

 

-No, ahora estoy con otra.

 

-Madre mía, cómo eres. Aunque me da a mí que es peor tu hermano…

 

Nos reímos y ella continúa.

 

-Marcos, ¿qué fue de la chica que cortejaste, aquella que tenía familia en Grao?

 

-Pues hace ya más de tres años que no salgo con ella.

 

-Con lo buena moza que era y lo bien que hablaban todos de ella…

 

-Tía, no valgo para mantener una relación.

 

-Pues escucha –levanta el dedo índice, y entrecierra un poco un ojo-, búscate una chica honrada, cásate y que te dé hijos. Yo no los tuve y mira que sola estoy. Si al menos hubiera tenido uno… Tu tío era un hombre de la cabeza a los pies, aunque nos faltó descendencia. Pero claro, me casé con él de segundas nupcias. Yo pasaba de los cincuenta años y no traía ningún rapaz de mi anterior marido, dios le tenga en su gloria. Vaya por delante que me casé con tu tío porque fue mi primer novio, no lo hubiera hecho con cualquiera.

 

-¿Por qué fracaso el primer noviazgo? –pregunto-.

 

-A los pocos meses de conocernos, él se marchó a Guinea, a trabajar, y me dijo que se desposaría conmigo si yo seguía siendo formal cuando volviera de África. Al final, como digo yo, me cambió por otra. Entonces yo hice mi vida y él, la suya. Luego, con el tiempo, enviudamos y un buen día se presentó aquí con la idea de casarse conmigo. Tu tío no valía para estar sólo, no se defendía en la cocina y tampoco con la casa. Como seguía siendo alto, fuerte y como es debido, decidí no pasar sola un día más. Ahora, lo que son las cosas, vuelvo a estar sola.

 

Hace ademán de llorar, pero acaba por acogerse a un gesto de contricción.

 

-¡Qué vida tan complicada he tenido! –pensativa- Os lo repito a los dos, echaros una novia decente, que os dé hijos. Tendréis que buscar mucho, porque ahora todo ha cambiado y las mujeres son peores que los hombres. Muy putas son ahora. Hay más putas que puteros. Hace años era al contrario, pero ahora todo ha cambiado -se atusa el pelo y continúa-. La cosa está difícil para los jóvenes. Los sueldos no suben y, sin embargo, el precio de los pisos anda por las nubes. Lo tenéis muy difícil.

 

Agradezco la última frase, mucho más por venir de una octogenaria. Deja entrever un punto de vista a mi juicio crítico sobre la situación de la generación a la que pertenezco, un punto de vista muy alejado de lo que piensa la mayoría de quienes superan la cincuentena, que nos ven a mí y a los míos como a una panda de parásitos a los que les gusta vivir bien y reniegan de la emancipación del hogar paterno por principio vital. Somos los del baby boom, la generación mejor formada de la historia de España, los que empezamos a trabajar de becarios sin cobrar o cobrando una miseria, somos aquellos que, cuando firmamos el primer contrato legal con una empresa y anunciamos en casa que el sueldo era de 1.000 euros, recibimos la misma respuesta al unísono: “No está mal para empezar”. Somos los que, diez años después, sabemos que no está ni bien ni mal, simplemente es una cifra que está, y nada más, para empezar y para acabar, y hemos perdido la fe en que se mueva dígito alguno. Somos los que no tenemos derecho a concesiones porque lo tuvimos todo, somos los que no tienen motivos para estar tristes, somos los que no tienen depresiones, sino demasiado tiempo libre y pajaritos en la cabeza. Somos quienes no vamos a poder ofrecer algo mejor a nuestros hijos de lo que nos ofrecieron a nosotros nuestros padres. Somos una generación que no se casará con su primera, segunda o tercera novia. Somos todo esto, pero, en definitiva, no dejamos de ser un producto derivado de quienes levantan el dedo acusador. Ellos esconden su culpa multiplicando la nuestra hasta el infinito, pero se están lavando las manos en una palangana de mierda que, tarde o temprano, acabará por salpicarles. Por eso el comentario de mi tía me parece acertado. Ella ha tenido una vida cien veces más complicada que la mía hasta ahora, pero entiende mis preocupaciones, mis problemas. Es esa clase de gente la que espolea a uno hacia el reto marcado, hacia la consecución del objetivo que nos mueve a vivir. Qué cojones, en el futuro yo quiero ser un abuelo como ella. No quiero ser un abuelo como esos otros que cuentan historias de la guerra civil, de batallas sangrientas, de esos que hablan de la defensa de los ideales y bla bla bla. Me la chupan. Después de todo, Franco está muerto, la República también y de aderezo hubo millares de fiambres de uno y otro bando.

 

La tía Delia nos ha despedido a mi hermano y a mí con otro par de besos húmedos. Ha sido una maravillosa tarde de lluvia torrencial y empanadas.

Posted by Marcos at 11:15:16 | Permalink | Comments (4)