Saturday, September 1, 2007

Salivazos por la espalda

El avión es un medio de transporte seguro estadísticamente hablando, pero es el medio de transporte más intimidador, empíricamente hablando. Puedo asegurar que mensualmente tomo más aviones que mi propio coche (siento aburrir con tanta palabra acabada en ‘mente’, no es correcto pero mi narrativa no da para más), y que han sido varias las ocasiones en las que casi abrazo la oración durante un vuelo turbulento. Pero hoy ha sido incomparable. Cuando han comenzado las turbulencias en la travesía hacia Berlín he tenido que apretar fuerte el esfínter para que mi miedo no salpicara al resto. La gente cantaba, casi al unísono, cada vez que se producía un vaivén: ¡Uoooooooouh! -decían en perfecta sincronía-. Y yo trataba de respirar y controlar el pulso apretando en una mano Viaje al fin de la noche, del macarra Céline y en la otra Luchando a la contra, del lacónico pero certero Bukowski.

Gracias a Dios, las ruedas tocan suelo. Nos fumamos un pitillo la responsable de prensa del grupo español y yo, y esperan a que acabemos el cámara y un redactor de un canal de televisión de cobertura nacional, así como varios compañeros más de prensa especializada -prefiero, como siempre, mantener el anonimato de todos por si su imagen pudiera verse resquebrajada al formar parte de este relato-. Vamos a cubrir una feria a Alemania en la que se dan cita los principales fabricantes mundiales de pantallas de LCD, reproductores MP3, cámaras de fotos digitales y demás viandas del mercado electrónico de consumo. El hotel es un cuatro estrellas muy decente, ubicado cerca del derruido muro de Berlín -dios no le tenga en su Gloria- y tiene un bar muy acogedor en el que nos tomamos unas cervezas antes de la cena.

Decidimos desplazarnos dando un paseo hasta el Bundestag, centro neurálgico de la clase política germana, escenario elegido para la cena, pero nos perdemos durante el trayecto. Y nos vemos obligados a preguntar a un grupo de jóvenes.

-Excuse me, ¿do you speak english?

-Yes -dice un tipo que me saca dos cabezas-.

-Queremos ir a este sitio -la responsable de prensa señala un punto en el mapa que nos facilitaron al hotel-.

-Uhmmm

Los alemanes hablan entre ellos y se ríen, se ríen un poco más cuando descubren que somos españoles, y finalmente nos indican una dirección. Nos ponemos en camino, pero con el paso de los pasos nos damos cuenta de que nos han engañado. Al final, analizando el mapa, damos con la ubicación. Los cabrones nos habían mandado en dirección contraria. Tenemos mesa para las 21:30. Cuando llegamos son las 22:05. Al entrar en el Bundestag, coronado por una gran cúpula de cristal en la que se encuentra el restaurante, nos cierran el paso. Hay un guardia de seguridad.

-¿Do you speak english?

-Yes.

-Mire, teníamos mesa reservada y queremos pasar -dice la responsable del grupo-.

-El restaurante se cierra a las 10.

-Pero son las diez y cinco.

-Claro, y el restaurante cierra a las diez.

Al final no sé con exactitud qué pasa pero nos dejan entrar. Tomamos un ascensor y disfrutamos de una cena de diseño con platos de los cuáles desconozco la mitad de los ingredientes. Hay un par de buenas conversaciones sobre el papel de los operadores de telefonía móvil y su estrategia dictatorial en términos tarifarios. No queda nadie más en el restaurante. Uno de los camareros nos dedica una mantenida mirada y decidimos que es momento de abandonar el lugar. Salimos de la cúpula de cristal al exterior, hay que caminar unos setenta metros hasta la zona de los ascensores que nos descenderán hasta la calle. En ese tramo nos encendemos un cigarro la responsable de prensa y yo. Justo cuando estoy guardando el mechero, aparecen dos guardias.

-Aquí no se puede fumar.

-¡Ah! Lo siento -dice la responsable de prensa agachándose para apagar el cigarro en el suelo-.

-¡Stoooop! -exhorta el guarda-.

Ella le mira, intimidada, el guardia prosigue.

-Se mancha el suelo, no lo apagues ahí.

-Pero, ¿es que no hay ningún cenicero?… ¿Dónde lo apago?

-Apágueselo en la mano.

-¿Qué coño dice éste? -pregunto incrédulo yo-.

El guardia me mira, repite el lugar en el que debemos apagar el cigarrillo y acompaña la orden con un gesto del dedo índice contra la palma de la otra mano. Yo quiero apagárselo en el ojete y luego rellenar su fosa séptica con un generoso chorro de pis. Sin preguntarle, tomo el cigarro de la responsable de prensa y echo el capullo en el suelo, guardándome la parte restante en el bolsillo, y hago lo mismo con mi propio cigarro. Los alemanes no dicen nada, pero bajan con nosotros en el ascensor y sé que nos ponen a parir por el tono de su voz, aunque bien pensado puede que fueran hablando de cualquier otra cosa. El idioma alemán siempre me ha sonado a ladrido de perro, a discusión acalorada. Son como incontinentes tartajas, muy altos y fuertes todos ellos pero sometidos al orden y la disciplina, para qué, entonces, tanto músculo -me pregunto yo-. La felicidad pasa siempre por el desorden de las cosas. Quizás por ello muchos parecen siempre tan tristes. Habría que tomar cartas en el asunto y zarandear la parte del mapamundi que representa a Alemania para que las casas, los coches, los pensamientos, lo que queda del muro de Berlín, se convirtiera en una pasta informe, en la materia prima que diera consistencia a una sociedad nueva.

Decidimos tomarnos unas cervezas en el hotel. Justo en la puerta, antes de entrar, una púber con una mochila al hombro se cruza en nuestra trayectoria caminando de espaldas. Nadie entiende nada. La chica, de repente, se gira y esprinta. Luego vuelve a caminar de espaldas. Sin comentarios.

Las sirven calientes, las cervezas, pero lo tienen una, creo que de tipo Pilsen, con un regusto muy intenso al final. Cuando doy cuenta de la segunda, me desligo de la conversación en la que estoy enfrascado con la responsable del grupo y un cámara, y pongo el oído en la de al lado. Uno de los periodistas ha sido corresponsal de guerra y habla sobre las matanzas en África que le tocó fotocopiar a pluma.

-Había tantos cadáveres en el suelo que teníamos que ir pisándolos para abrirnos caso. Al final del aula nos topamos con el cuerpo de una chica joven, seguramente la profesora del colegio, con un bebé sobre sus brazos. Los dos estaban muertos. Fue horrible.

-¿Te afectó? -pregunta un compañero-.

-Un día, por las buenas, me puse a llorar sin control, como un niño, sin parar. Sí, claro que me afectó.

Los periodistas del sector de la tecnología somos una familia. El tópico asquea pero es la pura verdad. En el sector del deporte, del que yo formé parte casi durante un año, los periodistas se regodean en un saco de envidias. Competitividad, chulería, petulancia, arrogancia y celo son sólo la punta de una polla sobre la que se podrían escribir decenas de adjetivos negativos. Una polla tan grande como la de Rocco o Mandingo. En el sector de la tecnología, evidentemente, hay también competitividad, pero en la mayoría de los casos es sana. A la una de la mañana, después de la segunda cerveza, me voy a la cama. No puedo dormir, así que enciendo el portátil y acabo un par de artículos pendientes. No puedo dormir, así que enciendo la televisión. Los Simpsons en alemán pierden la gracia por completo, pero es toda una experiencia. Me masturbo un par de veces y, como a las 04:30, me quedo dormido.

El microbús que nos acerca al recinto ferial es muy cómodo y, entre legañas y silencio, los siete periodistas españoles vamos despertando poco a poco. Hay un coche descapotable con un perro que luce unas gafas de sol mientras se asoma por la ventanilla, y bicis. Hay muchas bicis. Bicicletas aparcadas sin candado, bicicletas con culos grandes sobre el sillín, con culos pequeños, con alemanes con gafas y sin ellas, de montaña y carretera, de paseo y plegables. Berlín no tiene cuestas, una gran ventaja.

Se me ocurre contar los chistes que se inventa mi hermano.

-Mi hermano se inventa chistes cortos.

-¿Si? -dice alguien-.

-Sí, por ejemplo, tiene uno que dice: Me he cortado con un fólio pero casi no me dólio.

Hay alguna risa.

-Y otro que dice: Devon, arreglame el coche y dime lo que te devon.

Hay alguna risa, pero menos.

-Y el último: Te he quitado tu revólver pero no te lo voy a devólver.

Entonces me callo.

El día siguiente transcurre entre pabellones inmorales con moquetas cuidadas, stands de diseño, azafatas cinceladas por el mismísimo Miguel Ángel y ejecutivos asiáticos dando ruedas de prensa. Un día de trabajo que alcanza su epitafio en la cena de prensa. Nos toca compartir mesa con los periodistas griegos y, como buenos españoles, llegamos tarde. El que tengo al lado me suelta una densa perorata sobre la aportación griega al diccionario español, y yo desvío el tema poniendo sobre el mantel el cruce de Champions del Real Madrid, al que le ha tocado en lid el Olympiakos, y asevero que les vamos a poner su culo de cagayoghures como la bandera del Japón, pero en tres dimensiones. Al tipo no le gusta el balompié así que me deja en paz. Todo un acierto hablar del 4-4-2.

Postre y copa. Autobús a un bar de moda, Newton, se llama. Tiene muchas mesas, el baño subiendo unas angostas escaleras y varias mujeres de esas que normalmente trabajan en sitios con luces rojas y cuyas jefas fuman puros monumentales. Caen un par de cervezas, casi todos los demás van a cubatas, vaya aguante tienen.

Algo golpea en mi cabeza. Busco en el suelo y descubro un cacahuete. Al levantar la vista, impacta una avellana en mi frente. Una pelirroja esconde la mano. Se lo digo al resto de mis compañeros, que también han sufrido las iras de una generosa variedad de frutos secos. Entonces uno de los periodistas, cachondo mental en toda regla, se sitúa al lado del novio de la pelirroja, que se mofa de nosotros, señala y se ríe, hablando en alemán. Nos da la espalda y el periodista español se acerca dos dedos a la boca, deposita una cucharada de saliva y luego, como si golpeara una chapa imaginaria, catapulta el pollo hacia su espalda. Repite la operación unas 15 ó 20 veces. Cuando la pareja decide marcharse nos miran, hay más mofa, y se dan media vuelta.

-¡Ehhhh! -grito yo-.

El tipo se da la vuelta.

-¡Que te limpie la camisa tu madre!

No me entiende y vuelve a hacer befa con una voz gutural. Su camisa, ahora de lunares, es un poema ridículo.

Por la mañana tengo una resaca monumental. A decir verdad tengo dos resacas monumentales. Cómo estará el resto de la expedición. Yo debí beberme como seis cervezas y ellos hicieron lo propio pero a güisquis. Un compañero de prensa especializada y yo vamos a hacer un tour en autobús por Berlín. Es un tipo genial. Tiene ese brillo en la mirada que le convierte en miembro de la estirpe de los elegidos, aunque nunca he sabido elegidos para qué fin. Esa gente le da color a las cosas sin premeditarlo. Es su forma de mirar, de pensar, de ver las cosas, es su forma de tratar al resto, con un respeto atroz y renegando siempre de su propio bienestar en beneficio del resto. Es grueso, con gafas y tiene un andar desaliñado y pizpireto. Nos hacemos un par de fotos en el lugar en el que estuvo el muro de Berlín y en el llamado ‘Checkpoint’, el punto de control que establecieron los aliados cuando Hitler tenía las horas contadas. Hay un puesto en el que venden indumentaria militar de la última Gran Guerra, y me hago con un casco de tela de los operarios de tanque y una gorra de la infantería, ambos del ejército rojo. La gorra de tanque me parece el atrezzo perfecto para salir a escena cuando mi grupo de música y yo demos un concierto.

Yo quiero ver el bunker del bigotudo más hijoputa que haya parido madre, y, cuando compramos nuestro ticket para el tour, pregunto al personal turístico dónde está.

-¿Sabe dónde está el bunker en el que dicen que se suicidó Hitler?

-¿Para qué quieres verlo? -dice, incómodo- No hay nada, sólo una explanada.

Tiene razón, seas quien seas, la muerte es el punto de partida de un camino inexorable hacia el olvido.

Posted by Marcos at 15:12:38 | Permalink | Comments (4)