Sin ganas de pensar un titular
-¿Marcos?
-¿Si?
-Ya he buscado su nombre
-¿Y?
-Es mejor que ese tío esté muerto, no te puedo decir más.
Yo pago su letra, su luz y su agua, el vive en mi casa, no hay nada más que eso, así que después del ensayo, mi banda y yo decidimos que lo mejor es ir a un karaoke de mi barrio que se llama Uceda a hincharnos a cerveza. Cojo el micrófono y canto una canción de Heroes del Silencio. Arrecian los aplausos, creo que lo he hecho bien, aunque no soy el de antes. Hay un grupo de cuatro personas que va a salir a cantar después. Galipop, el guitarra del grupo, trata de decirme algo sobre el mullido colchón sonoro de risas, gritos, aplausos y cervezas que golpean contra las mesas acristaladas. -Tío, mira qué cara de gilipuertas tienen los que van a cantar ahora. Mira cómo mueve la cabeza el del pelo largo. Resulta que son disminuidos visuales. Es decir, no ven dos en un burro, son ciegos integrales. Entonces una chica rubia, ciega integral, coge el micrófono y paraliza el tiempo. Galipop se siente fatal tras reflexionar su anterior comentario. La rubia canta y Galipop, emocionado, llora sin pudor alguno. Creo que la tipa se ha tragado un órgano electrónico. No es posible que alguien afine tan bien. Pero vaya si lo es. A mí también me emociona y lloro por dentro, para regar todo eso que dice mi madre que guardo con celo y nunca quiero expulsar. Para regar un basurero en el que, como digo yo, a veces crecen las flores. La rubia se baja del escenario y hablo con ella. Le digo que los ciegos ven más que el resto. Ella sonríe la frase fácil y le dice algo a una amiga que no es totalmente ciega. Ella sólo dice “tiene una camiseta roja”. Entonces me convierto en el chico de la camiseta roja. Canto un par de canciones con la rubia, pero hay un tipo encelado que, entre canción y canción, habla con ella y le propone cantar a dúo. Así lo hacen, pero cuando acaba la canción, al tratar de caminar sobre los escalones que regresan a la gente a la platea, hay un tropezón y acaban rodando por el suelo, el celoso y la rubia, como si de una escena cinematográfica y preliminar al coito se tratase. Me acerco para interesarme por el estado de la rubia. Sólo de la rubia, me cae bien. El celoso me la sopla. Al acercarme, escucho: “tía, viene el de la camiseta roja”. Ella, la rubia, charla conmigo un buen rato. Es una tía cojonuda que hace chistes muy ingeniosos sobre ciegos integrales. Se suman a la conversación sus amigos, con nuevos chistes sobre ciegos. Al día siguiente, me desternillo de risa recordándolo todo, apoyado en la nevera, mientras bebo un vaso de agua detrás de otro tratando de apagar el incendio que se ha declarado en mi estómago. Cosas de las resacas.