Por fin ha llegado el día. Llevaba dos semanas nervioso, pensando en el próximo viaje. Destino, Italia. Tiempo pasado, porque ahora escribo desde otro avión que hoy, 14 de octubre, me lleva a Las Vegas, donde estaré hasta el próximo jueves. Llevaba mucho tiempo sin animarme a escribir, ora por la falta de tiempo, ora por el siempre indeseable pero necesario abandono de todo.
El viaje a Italia fue maravilloso. Nos alojaron en un hotel de Bolognia, apartado de todo, ubicado en el centro de un enorme campo de golf. Como no podía ser de otra manera, sucedió ‘unadeesascosasrarasquemepasan’. En realidad no me ocurrió a mí, a decir verdad más bien fue cosa de la responsable de prensa de la compañía que nos invitaba, pero el hecho de verlo todo de cerca me coloca dentro del escenario, me convierte en… ¿Cómo se dice? ¿Actor secundario? No sé por qué pero me ha venido a la mente Actor Secundino; igual es un efecto rebote de aquél ácido que digerí en 1994. El hecho es que, después de la cena de presentación para periodistas, la hembra en cuestión -el calificativo no es machismo, sino objetividad del todo exenta de crueldad en mi intención- alcanzó tal nivel de desinhibición sexual que, por un momento, imaginé su vagina como un aspirador infernal, una tragadera indómita capaz de encontrar y fagocitar con violencia los penes de toda la comitiva periodística. ¡Qué coño! -y nunca mejor dicho-; no sólo los penes de los asistentes, también los de todos los que se alojan en el hotel, y mira que había gente. Bien pensado, creo que eso sería sólo un aperitivo para su pelambrera; también podría absorber los de la ciudad entera, los de Italia, los del Viejo Continente y también los penes amarillos que se yerguen en ese país en el que sus ciudadanos parecen siempre recién levantados. Creo que su vagina sería capaz de fagocitar el globo terráqueo y después el universo al completo; al final sólo se escucharía un sonoro ¡blop! Curioso epitafio, ni ángeles con espadas, ni caballos ni plagas: el apocalipsis se viste de coño, tiene huevos la cosa.
Para justificar tales comentarios, radiografiaré los hechos de forma tan certera como me lo permitan los recuerdos, mis dedos y la capacidad de juntar letras. El viaje fue organizado por una empresa, llamémosla ‘X’, en colaboración con una marca relacionada con el mundo del motor, llamémosla ‘Y’. Después de aterrizar en Bologna, el autobús nos trasladó a través de los Apeninos, horadados por una red de carreteras muy extensa, a un complejo residencial pensado para abueletes que se dedican en su merecido (o no) retiro, a jugar al golf. Después de dejar las maletas en la habitación, bajamos a la recepción del hotel y nos agasajan con un cocktail previo a una opípara cena en la que el vino corría, o más bien volaba, por las mesas de los periodistas y pilotos con los que compartimos mesa.
Pasa media hora y la gente se empieza a marchar poco a poco. Un par de italianos, percatados de mi condición de españolito, me invitan a quedarme a tomar unas cervezas con ellos. No declino la oferta, aunque por el camino sí caen un austríaco, un danés y un finés, que se cagan de miedo al oír la palabra cerveza pasada la media noche y huyen del salón.
Yo pido un tercio de Peroni y el resto de la gente apuesta por licores. No me gustan las bebidas fuertes, me hacen perder el sentido de la realidad. Pasados unos minutos, nos enzarzamos en una agradable conversación sobre Fabio Capello y su última etapa en el Madrid. Los italianos lo defienden a capa y espada.
-Capello es un buen entrenador -dice el italiano más grueso-.
-Sí, es verdad -asegura su compatriota, cámara de una TV italiana y más delgado que su colega-.
-A mí el fútbol que hacen sus equipos no me gusta, me parece bien que lo hayan echado del Madrid -aseguro yo-.
-¡Pero ganó la liga! -dice el grueso-
-Pero jugó de mierda.
-Pero ganó -repite él-.
-No me vale.
-¿Por qué?
-Es como follar. ¿De qué te sirve echar un polvo con un aborto de 400 kilos? Follar, la verdad es que follas, pero a qué precio…
El italiano delgado no para de reírse, y contagia al grueso quien a su vez me contagia a mí. La gente ha ido retirándose y nos arremolinamos los que quedamos. A saber: la responsable de prensa -a la que le tiemblan las piernas pero pide una más-, dos periodistas ingleses, un periodista más de no sé qué nacionalidad y yo. Visto lo visto, los italianos y yo decidimos subir a dar cuenta de las neveritas de nuestras habitaciones. La tournée se inicia en la habitación del grueso. Yo abro otra Peroni y ellos siguen apostando por el licor. En el momento que estoy depositando la chapa en el cenicero, se oye un sonido que a mí me parece un tortazo en toda regla. Salimos a la terraza a ver qué ha pasado. La responsable de prensa se balancea a un lado y a otro y recibe varios tortazos seguidos del periodista apátrida. Impresionante cómo encaja los golpes. Balbucea y se balancea de un lado a otro completamente embriagada, e intenta abrazar al periodista para besarle. Hay más intercambios de golpes. Ella hace el pino y su falda se desliza hasta cubrirle el rostro, es como una lechuga invertida que deja al descubierto la última de sus capas, en este caso una braguita rosa, que protege el corazón de esta verdura que tanto gusta a los conejos. Es como un juego, los dos ríen animados mientras la ensalada de hostias no hace más que crecer y crecer. Al espectáculo visual se han sumado los vecinos de la segunda planta, en la que nos encontramos los italianos y yo. Casi todos son periodistas de la misma expedición que, en silencio y conteniendo la risa -qué hijoputas más salaos-, asisten a un espectáculo para el que no soy capaz de fijar un precio. Al final, los dos púgiles acaban intercambiando fluidos bucales. El cámara de la TV italiana tiene la cámara al hombro. ¡Qué profesional!
-Vamos abajo ahora mismo a ver qué pasa -dice el grueso-.
Nos reímos nerviosos y bajamos de nuevo al lugar en el que tuvo lugar la cena. Todo está a oscuras. El único personal del hotel que se hace visible -son como las 2 de la mañana-, es un bujarrón incontenible que trata de poner orden a golpe histérico de muñeca. La responsable de prensa baila destartalada sobre una mesa, alrededor de la cual hay dispuestos dos sillones en los que reposan los dos periodistas ingleses, el apátrida y un tipo entrado en la cincuentena que no sé de dónde coño ha salido. Yo me pido otro chute de zumo de cebada para digerir la situación como se debe. Hay cosas que sobrio no tienen explicación. Baja de la mesa y vuelve a rechupetear la boca del apátrida. Cuando el italiano grueso pasa al lado de ella para sentarse en el sofá, ve cómo su culo es estrujado con tal vehemencia que, si éste hubiera sido una espinilla, nos habría pintado de color turrón a todos los allí presentes. No contenta con ese pequeño ‘desliz’, empuja al apátrida y se sienta a horcajadas sobre la verga del cincuentón, que comienza a darse en palo con ella sin decoro alguno.
-Hostiás tío, ¿es su marido? -le pregunto al italiano delgado.
El tipo arquea tanto los hombros que casi derriba la lámpara victoriana que cuelga sobre nuestras cabezas. Yo también estoy en periodo de alucinación. Miro como un estúpido a través del cuello de mi Peroni, pero no flota nada anómalo. Ese cuento que tantas veces me repitió mi madre: “Hijo, cuida siempre de tu bebida cuando vayas por ahí, que los camellos echan droga para engancharte”, es falso. Confirmado. Con la demanda que hay, como para andar regalando… La tipa salta sobre el rabo del cincuentón como si estuviera sobre un toro mecánico trabajando a nivel diez, y el mocetón disfruta de lo lindo palpándole las nalgas a ciento veinte kilómetros de distancia de la palabra pudor.
Minutos después ella se levanta, coge el bolso y se marcha con el púgil apátrida. Hemos acabado la noche el cincuentón, los dos italianos y yo saqueando mi nevera. El cincuentón fue en su día un deportista de élite de reconocido prestigio en Italia y Europa, y nos cuenta decenas de anécdotas de políticos y deportistas italianos y españoles, historias de puterío, canalladas y mentiras, de puñaladas por la espalda y billetes de cara lavada extraídos de tu bolsillo y el mío; en definitiva, las historias que mueven el mundo.
Al día siguiente, la periodista cachondona nos ha recibido como si tal cosa a las puertas del autobús. De hecho, yo me he comido una charla de cojones por demorarme diez minutos cuando la salida estaba fijada a las 10:00 AM.
-Sí señor, eres toda una ‘profesional’ -le he espetado a la cara-. ¡Ole tus huevos!