Conste que lo subo porque Almu me lo pidió
Releyó sus antiguos textos. Sonaba tan estúpida, cada palabra, que le pareció normal que perdiera la ilusión por escribir. No había nada salvable. Era natural que hubiese pasado de ser toda una promesa de la narrativa a un simple escriba a sueldo, más aún habiendo estado de parte de los republicanos. Y encima debía dar las gracias porque le mantuvieran la vida intacta.
Se levantó y miró por la ventana. Había muchos gorriones esquilmando el huerto. Poco le importaba. De repente se cubrió todo de plomo, desaparecieron los pájaros y rompió a llover. A los pocos minutos el plomo desapareció tan rápido como lo haría de la faltriquera de un miliciano, y el día se tornó soleado. No se retiró de la ventana ni un momento. Levantó el dedo índice y pinto figuras imaginarias en el vaho del cristal. Solía hacerlo de niño. Era una costumbre enquistada, como otras tantas. Golpear la yema del dedo índice ante la máquina de escribir cuando la inspiración era inalcanzable, masturbarse antes de dormir o acostarse con la radio encendida eran partes de un ritual enfermizo.
Volvió a sentarse en el escritorio. Acabó el informe. Abrió un cajón y deposito la mano sobre el mango. Estaba frío pero se sintió reconfortado. ¡Bum! Y todos sus problemas se acabarían en un instante. Pero le faltaban huevos. Se apretó las sienes. Era un dolor de cabeza insoportable, intenso, el que sufría desde la noche anterior. Una noria sin eje rodando por un acantilado, así notaba la sesera. Cerró el cajón. Volvió a abrirlo. Introdujo un cargador en la recámara.
Se levantó.
Miró a través de la ventana.
Era un día hermoso. Nunca dejó pasar uno así desde que tuvo uso de razón. No es que hiciera cosas especiales en tales fechas, simplemente le bastaba con darse cuenta de que era un día hermoso. Hay quienes, en días hermosos, salen a pasear, al parque, a merendar o a tomar un helado. Martín Fuertes, simplemente, tomaba conciencia de que lo eran. Se negaba a sustituir un paseo, merienda o helado, por un día hermoso. Y lo hermoso, para él, no era precisamente un tejado atmosférico libre de nubes y ahíto de sol, había días lluviosos, sometidos a la dictadura del telón gris y el suelo ocre, tan hermosos como aquellos.
Matilde Griñón abrió la puerta de la habitación con una bandeja en la que, como expertos funambulistas, guardaban el equilibrio dos vasos opacos con ilustraciones de estilo clásico y un pequeño bol con azucarillos cuadrados de aristas erosionadas. Martín levantó el arma y le descerrajó un certero tiro en la frente. Se rompió la cuerda. Los vasos y el bol dieron un sonoro concierto al golpear contra el suelo, al que puso punto y final la insurrecta tapa del azucarero, que giró varias veces sobre el piso, con un ritmo espaciado al principio, frenético en los últimos estertores, como negándose a aceptar su destino. Matilde ni se movió. Los ojos abiertos, fijos contra el techo, y la bandeja aún en la mano. Diríase viva de no ser por el delator hilillo de sangre que manaba de su frente.
Martín permaneció en la misma posición, hierático. No escuchó ni las sirenas, ni el golpe que sucedió al derribo de la puerta, ni tan siquiera vio a los dos policías le encañonaban desde las jambas. Se olvidó de que en su mano empuñaba la muerte; y al despertar y levantar las manos para darse por detenido, los agentes interpretaron mal el gesto. Cuatro tiros tuvieron la culpa. Cayó sobre Matilde, también él con los ojos en blanco.
Había sobre la mesa del forense mucho instrumental del que remata en caso de no haber expirado como Dios manda, y lo movía con la gracia que dan los años de oficio. Separó la piel del cráneo y lo cascó después en dos partes. Se abrió todo aquello como un coco maduro y casi tuvo que coger al vuelo los pensamientos gelatinosos de Matilde. Se quitó los guantes –decía que restaban sensibilidad- y analizó la masa encefálica mirando al aprendiz.
-Se acabó el trabajo por hoy, chaval. Murió de un tiro pero hubiera alcanzado la gloria de igual manera en unos pocos meses.
-¿Por qué señor?
-¿Ves esas coloraciones oscuras?
-Sí señor.
-Son tumores malignos. Estaba plagada, la pobre.
Los dos agentes siguieron apuntando al cadáver de Martín varios segundos más. Finalmente, el más joven de ellos golpeó con la punta del zapato el costado de Martín, que se meció plácidamente y contagió al cuerpo de su mujer unos segundos. Bailaron juntos, como antaño.
-Están los dos fritos.
-¿Qué pone ahí? -Señalaba el folio que vomitaba a medias la máquina de escribir.
“Martín Fuertes, en calidad de secretario del Doctor Ernesto Sánchez Olivares, deja constancia de lo siguiente por expresa indicación del facultativo:
Matilde Griñón, de 58 años de edad, sufre de varias tumoraciones malignas en el cerebro, de carácter irreversible, y por las cuales no se le da a la paciente una esperanza de vida más allá de los dos meses”
!!!!pero vaya un gilipollas!!!!
Such as the Valley of the lilies, fresh and clean, refreshing reading