Monday, March 30, 2009

Un relato para Rita

Llovía. Llovía mucho. Mi hermano y yo llegamos puntuales, confirmando con la excepción la regla que nos hace impuntuales. Subimos al autobús fletado para los invitados y allí están nuestros amigos de toda la vida. Abrazos, apretones de manos y alegría desbordada. Cuando uno se va haciendo mayor y queda cautivo del trabajo, de los compromisos y obligaciones, las bodas son la excusa perfecta para volver a tensar los lazos de la amistad y evitar que se desaten por completo. La boda es en Alcobendas. Pere, mi amigo, luce con clase una brillante calva mientras fuma y mira hacia el cielo, plomizo, con suma indiferencia. Un día nublado no turbiará su claridad de ideas. Se casará sí o sí.

Nos metemos en el bar que hay justo frente a la iglesia en la que tendrá lugar la ceremonia. La primera ronda la pagan los padres de Pere. Poco después algunos abandonan el suelo pagano y entran al santo lugar.

Entre caña y caña, hay risas, bromas, historias del pasado con la que se van tensando poco a poco esos nudos que volverá a aflojar el tiempo.

Entonces entra Pipo.

-Chavales, id saliendo que ya se han casado.

Lluvia de arroz, que rebota sobre la calva de Pere y se enreda en el pelo de su esposa. Y, en unos segundos, vuelta al bar a tomarnos la última.

Sólo quedamos siete personas. Mi hermano me apura.

 -Venga Marcos, que va a salir el autobús y tenemos que ir al convite.

Yo sigo hablando indiferente con mis amigos. Sólo quedamos cinco. Dos parejas y yo. Ellos van a ir en coche hasta una finca a las afueras de San Sebastián de los Reyes, así que decido que es el momento de coger el autobús. Vuelve a llover y voy hacia el transporte trotando -mi traje no es impermeable-; un trote estúpido, ya que no estoy habituado a vestir de esa guisa.

-Un poco más y te quedas en tierra, chaval –dice alguien-.

Me siento. El vehículo arranca como la tos de un viejo quejumbroso y se mueve con un runrun que incita al sueño. Busco a mis amigos, sin suerte. Me están gastando una broma, así que decido contraatacar. Me hundo en el asiento, escondiéndome del resto del pasaje y, pasados unos segundos, levanto bruscamente la cabeza para otear entre los asientos en busca de una cara afín. Repito la operación varias veces pero no sucede nada. Así que, cansado del juego, me digo “ya saldrán”, y contempló la lluvia desde la ventanilla.

Nos adelanta otro autobús. Veo el rostro de su conductor, con bigote y gafas de cristal generoso. Tras él, una pareja de novios se hace carantoñas, luego varios asientos vacíos, después un dedo índice que me señala, seguido de una sonrisa convertida en carcajada en el rostro de mi hermano. A sus espaldas todos mis amigos llevándose las manos al estómago. Disfrutan de la situación. Eso me hace sentir bien.

Había varias bodas, varios autobuses. Cogí el equivocado.

Vuelvo a hundirme en el asiento. Mis actuales compañeros de viaje se han dado cuenta de la situación. No voy a salir de mi agujero. De repente el autobús frena bruscamente y un bufido anuncia la apertura de la puerta delantera.

-¡Marcoooooooos! –grita mi amigo Víctor, que ha venido al rescate-. ¡Venga sal! ¡He parado los dos autobuses, así que saaaal de una vez!

-Camino por el pasillo con las risas de la gente azuzando mis pasos y, cuando llego al autobús correcto, el pasaje al completo me recibe con aplausos y vítores.

La finca está situada dentro de un valle con pequeños montes verdes de punta roma, y somos recibidos con decenas y decenas de bandejas de refrigerios, jamón, langostinos, queso y demás viandas propias de los en laces matrimoniales. La cena transcurre, afortunadamente, sin más sobresaltos para quien escribe. Suena una retahíla de notas musicales que anuncia el inicio del baile nupcial y, con la copa de champán aún en la mano, me acerco a un corro de gente dentro del cual Pere y su mujer bailan.

Yo tengo a mi amigo Ripi Madalenas a mi izquierda.

Pere se ha casado.

Soy consciente.

Se ha casado.

Pere gira y gira mirando fijamente a los ojos de su esposa, con las manos cogidas de su talle. No hay nadie más que ella en el salón.

-Ripi, ¿no te recuerda esto al día en que tú te casaste con Rita?

-Sí, claro.

-¿Fue bonito?

-Precioso, Marcos, fue precioso.

Esboza una sonrisa convincente. Vuelve la cabeza disimuladamente y contempla a Rita, que, a unos metros, ignora nuestra conversación embelesada con el baile nupcial. Su mirada es una ventana abierta a lo que piensa. Lo mismo que Ripi. La misma película con distintos actores protagonistas; casi los mismos secundarios, pero esos no importan.

Hay lazos que nunca se destensan, lazos que el tiempo afianza con más fuerza, lazos que acaban desapareciendo para transformarse en una cuerda, firme y sin nudos.

Posted by Marcos at 11:27:03 | Permalink | Comments (4)

El limbo

Es de noche. Estoy en la cama. Inquieto. Hay una pequeña lámpara que deja entre sombras y luces la habitación. La puerta emite un crujido y unos dedos se aferran a la madera de la misma. Levanto la sábana, casi hasta cubrirme los ojos, y espero. Comienza a abrirse lentamente. Puedo observar parte de una manga, hasta la altura del codo. Es el camisón que la tía Marga. El mismo que llevaba en la planta de enfermos terminales del hospital Gregorio Marañón de Madrid, el mismo que llevó puesto hasta el día en que murió. Tiene el pelo enredado, como si hubiera pasado meses con la cabeza apoyada sobre una almohada. Está de pie en el umbral de la puerta. Me mira fijamente. No sonríe pero tampoco está seria. Está resignada. Da un paso hacia adelante. Yo tengo miedo.

-Tía…. Hola tía Marga… 

Ella se acerca y le tiendo los brazos. Tengo miedo. Sucumbimos al abrazo. 

-Tía, te quiero. 

Noto su respiración en mi cuello. Olfateo el suyo. No huele a nada.  

-Tía, ¿hay algo después?
-No.
-¿No?

Me mira fijamente.

-No. Estoy en el limbo.

Lo dice con la misma resignación que mostró su mirada desde la puerta.

-Estoy en el limbo, repite.
-Tengo miedo. Me das miedo. Por favor, no te presentes así a mi madre.

Ella no dice nada.

-Tía, ¿cómo es el limbo?

Siento un golpe en el costado. Es Paz, me despierta sin querer. Después de levantarme al servicio, vuelvo a enterrarme entre las sábanas.

-¿Qué hora es? –pregunta Paz. 
-Las tres -digo sin mirar el reloj pero convencido de que son las tres.

Paz echa una ojeada al mayor enemigo del hombre.

-Marcos, son las seis.

Y ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que la tía se murió a las tres de la tarde. No encuentro relación alguna entre el sueño y la realidad, pero sé que tiene que haber un nexo entre ambos estados. Hace poco mamá me dijo una cosa:

-Después de la vida no hay nada. La tía no nos ha dado ninguna señal.

Yo sólo tengo este sueño, tan real, como coartada. Y miedo, mucho miedo.
Posted by Marcos at 11:24:35 | Permalink | Comments (1) »

Monday, March 23, 2009

De vuelta al desván

La tía murió casi sin decir esta boca es mía. Los alrededores de la cama conquistados por familiares: sobrinos, primos, hijos, marido y madre. Fueron para esta última sus últimas palabras. Estaba sedada pero giró la cabeza y expiró no sin antes expirar la palabra “mamá”.

La tía Marga, tenía miedo días antes.

 -Chus… -decía a una de sus hermanas.

-Creo que voy a pedir la sedación total, ¿tú qué harías?

Mamá, mi madre, su hermana, respondió con un silencio tan elocuente como certero. Mamá no era capaz de ponerse en su situación. La sedación total es morirse a base de pastillas. Pierdes la conciencia, la capacidad de sentir, ya sea dolor o cosquillas. La tía renunció porque –creo- pensó que en su última semana de vida era posible volver a reír.

La tía era todo. Era la mejor de ocho hermanas. No es demagogia, simplemente era la mejor por un solo motivo: era incapaz de deletrear la palabra egoísmo. Creo que a partir de esa palabra se forjan las buenas personas. ¿Ambición? Demasiado pretenciosa. ¿Superación? Podría ser, pero tiene algo de ambicioso dentro. ¿Competitividad? Se compite con otros a los que se puede dañar. ¿Inteligencia? Implica cierto aire maligno. ¿Altruismo? Encaja; me vale.

Mi hermano suele decir que cuando alguien se marcha, es porque otro llega a ocupar su lugar . La hija pequeña de mi tía Marga estaba embarazada cuando murió. Ella nunca llegará a tocar la piel cetrina de su nieta. Ni si quiera llegó a saber con total certeza lo del embarazo de su hija. Los médicos decían que Marga lo imaginaba, pero nunca reconoció a nadie saberlo realmente.

Ahora, desde la atalaya que brinda el paro, pienso en estas y otras cosas, y me doy un empujón para vovler a escribir en este escaparate de sentimientos en el que cada vez cambio menos los maniquíes que contemplan mis escasos lectores. Fue un año maravilloso en un diario económico de tirada nacional, pero todo tiene su fin.

Mañana vuelvo a viajar en calidad de free lance, a ganarme la vida con la pluma, textos al peso, renglones a medida. Pero me queda este desván en el que esconderme para escribir lo que me plazca sin cobrar un duro. En definitiva, disfrutar de la libertad que brinda carecer de un sueldo por hacer las cosas.

Posted by Marcos at 20:21:31 | Permalink | Comments (3)