El limbo
Es de noche. Estoy en la cama. Inquieto. Hay una pequeña lámpara que deja entre sombras y luces la habitación. La puerta emite un crujido y unos dedos se aferran a la madera de la misma. Levanto la sábana, casi hasta cubrirme los ojos, y espero. Comienza a abrirse lentamente. Puedo observar parte de una manga, hasta la altura del codo. Es el camisón que la tía Marga. El mismo que llevaba en la planta de enfermos terminales del hospital Gregorio Marañón de Madrid, el mismo que llevó puesto hasta el día en que murió. Tiene el pelo enredado, como si hubiera pasado meses con la cabeza apoyada sobre una almohada. Está de pie en el umbral de la puerta. Me mira fijamente. No sonríe pero tampoco está seria. Está resignada. Da un paso hacia adelante. Yo tengo miedo.
-Tía…. Hola tía Marga…
Ella se acerca y le tiendo los brazos. Tengo miedo. Sucumbimos al abrazo.
-Tía, te quiero.
Noto su respiración en mi cuello. Olfateo el suyo. No huele a nada.
-Tía, ¿hay algo después?
-No.
-¿No?
Me mira fijamente.
-No. Estoy en el limbo.
Lo dice con la misma resignación que mostró su mirada desde la puerta.
-Estoy en el limbo, repite.
-Tengo miedo. Me das miedo. Por favor, no te presentes así a mi madre.
Ella no dice nada.
-Tía, ¿cómo es el limbo?
Siento un golpe en el costado. Es Paz, me despierta sin querer. Después de levantarme al servicio, vuelvo a enterrarme entre las sábanas.
-¿Qué hora es? –pregunta Paz.
-Las tres -digo sin mirar el reloj pero convencido de que son las tres.
Paz echa una ojeada al mayor enemigo del hombre.
-Marcos, son las seis.
Y ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que la tía se murió a las tres de la tarde. No encuentro relación alguna entre el sueño y la realidad, pero sé que tiene que haber un nexo entre ambos estados. Hace poco mamá me dijo una cosa:
-Después de la vida no hay nada. La tía no nos ha dado ninguna señal.
Yo sólo tengo este sueño, tan real, como coartada. Y miedo, mucho miedo.
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11:24:35
You are so good at writing that I am almost out of my mind with jealousy.