Monday, November 12, 2007

¡Ole tus huevos!

Por fin ha llegado el día. Llevaba dos semanas nervioso, pensando en el próximo viaje. Destino, Italia. Tiempo pasado, porque ahora escribo desde otro avión que hoy, 14 de octubre, me lleva a Las Vegas, donde estaré hasta el próximo jueves. Llevaba mucho tiempo sin animarme a escribir, ora por la falta de tiempo, ora por el siempre indeseable pero necesario abandono de todo.

El viaje a Italia fue maravilloso. Nos alojaron en un hotel de Bolognia, apartado de todo, ubicado en el centro de un enorme campo de golf. Como no podía ser de otra manera, sucedió ‘unadeesascosasrarasquemepasan’. En realidad no me ocurrió a mí, a decir verdad más bien fue cosa de la responsable de prensa de la compañía que nos invitaba, pero el hecho de verlo todo de cerca me coloca dentro del escenario, me convierte en… ¿Cómo se dice? ¿Actor secundario? No sé por qué pero me ha venido a la mente Actor Secundino; igual es un efecto rebote de aquél ácido que digerí en 1994. El hecho es que, después de la cena de presentación para periodistas, la hembra en cuestión -el calificativo no es machismo, sino objetividad del todo exenta de crueldad en mi intención- alcanzó tal nivel de desinhibición sexual que, por un momento, imaginé su vagina como un aspirador infernal, una tragadera indómita capaz de encontrar y fagocitar con violencia los penes de toda la comitiva periodística. ¡Qué coño! -y nunca mejor dicho-; no sólo los penes de los asistentes, también los de todos los que se alojan en el hotel, y mira que había gente. Bien pensado, creo que eso sería sólo un aperitivo para su pelambrera; también podría absorber los de la ciudad entera, los de Italia, los del Viejo Continente y también los penes amarillos que se yerguen en ese país en el que sus ciudadanos parecen siempre recién levantados. Creo que su vagina sería capaz de fagocitar el globo terráqueo y después el universo al completo; al final sólo se escucharía un sonoro ¡blop! Curioso epitafio, ni ángeles con espadas, ni caballos ni plagas: el apocalipsis se viste de coño, tiene huevos la cosa.

Para justificar tales comentarios, radiografiaré los hechos de forma tan certera como me lo permitan los recuerdos, mis dedos y la capacidad de juntar letras. El viaje fue organizado por una empresa, llamémosla ‘X’, en colaboración con una marca relacionada con el mundo del motor, llamémosla ‘Y’. Después de aterrizar en Bologna, el autobús nos trasladó a través de los Apeninos, horadados por una red de carreteras muy extensa, a un complejo residencial pensado para abueletes que se dedican en su merecido (o no) retiro, a jugar al golf. Después de dejar las maletas en la habitación, bajamos a la recepción del hotel y nos agasajan con un cocktail previo a una opípara cena en la que el vino corría, o más bien volaba, por las mesas de los periodistas y pilotos con los que compartimos mesa.

Pasa media hora y la gente se empieza a marchar poco a poco. Un par de italianos, percatados de mi condición de españolito, me invitan a quedarme a tomar unas cervezas con ellos. No declino la oferta, aunque por el camino sí caen un austríaco, un danés y un finés, que se cagan de miedo al oír la palabra cerveza pasada la media noche y huyen del salón.

Yo pido un tercio de Peroni y el resto de la gente apuesta por licores. No me gustan las bebidas fuertes, me hacen perder el sentido de la realidad. Pasados unos minutos, nos enzarzamos en una agradable conversación sobre Fabio Capello y su última etapa en el Madrid. Los italianos lo defienden a capa y espada.

-Capello es un buen entrenador -dice el italiano más grueso-.

-Sí, es verdad -asegura su compatriota, cámara de una TV italiana y más delgado que su colega-.

-A mí el fútbol que hacen sus equipos no me gusta, me parece bien que lo hayan echado del Madrid -aseguro yo-.

-¡Pero ganó la liga! -dice el grueso-

-Pero jugó de mierda.

-Pero ganó -repite él-.

-No me vale.

-¿Por qué?

-Es como follar. ¿De qué te sirve echar un polvo con un aborto de 400 kilos? Follar, la verdad es que follas, pero a qué precio…

El italiano delgado no para de reírse, y contagia al grueso quien a su vez me contagia a mí. La gente ha ido retirándose y nos arremolinamos los que quedamos. A saber: la responsable de prensa -a la que le tiemblan las piernas pero pide una más-, dos periodistas ingleses, un periodista más de no sé qué nacionalidad y yo. Visto lo visto, los italianos y yo decidimos subir a dar cuenta de las neveritas de nuestras habitaciones. La tournée se inicia en la habitación del grueso. Yo abro otra Peroni y ellos siguen apostando por el licor. En el momento que estoy depositando la chapa en el cenicero, se oye un sonido que a mí me parece un tortazo en toda regla. Salimos a la terraza a ver qué ha pasado. La responsable de prensa se balancea a un lado y a otro y recibe varios tortazos seguidos del periodista apátrida. Impresionante cómo encaja los golpes. Balbucea y se balancea de un lado a otro completamente embriagada, e intenta abrazar al periodista para besarle. Hay más intercambios de golpes. Ella hace el pino y su falda se desliza hasta cubrirle el rostro, es como una lechuga invertida que deja al descubierto la última de sus capas, en este caso una braguita rosa, que protege el corazón de esta verdura que tanto gusta a los conejos. Es como un juego, los dos ríen animados mientras la ensalada de hostias no hace más que crecer y crecer. Al espectáculo visual se han sumado los vecinos de la segunda planta, en la que nos encontramos los italianos y yo. Casi todos son periodistas de la misma expedición que, en silencio y conteniendo la risa -qué hijoputas más salaos-, asisten a un espectáculo para el que no soy capaz de fijar un precio. Al final, los dos púgiles acaban intercambiando fluidos bucales. El cámara de la TV italiana tiene la cámara al hombro. ¡Qué profesional!

-Vamos abajo ahora mismo a ver qué pasa -dice el grueso-.

Nos reímos nerviosos y bajamos de nuevo al lugar en el que tuvo lugar la cena. Todo está a oscuras. El único personal del hotel que se hace visible -son como las 2 de la mañana-, es un bujarrón incontenible que trata de poner orden a golpe histérico de muñeca. La responsable de prensa baila destartalada sobre una mesa, alrededor de la cual hay dispuestos dos sillones en los que reposan los dos periodistas ingleses, el apátrida y un tipo entrado en la cincuentena que no sé de dónde coño ha salido. Yo me pido otro chute de zumo de cebada para digerir la situación como se debe. Hay cosas que sobrio no tienen explicación. Baja de la mesa y vuelve a rechupetear la boca del apátrida. Cuando el italiano grueso pasa al lado de ella para sentarse en el sofá, ve cómo su culo es estrujado con tal vehemencia que, si éste hubiera sido una espinilla, nos habría pintado de color turrón a todos los allí presentes. No contenta con ese pequeño ‘desliz’, empuja al apátrida y se sienta a horcajadas sobre la verga del cincuentón, que comienza a darse en palo con ella sin decoro alguno.

-Hostiás tío, ¿es su marido? -le pregunto al italiano delgado.

El tipo arquea tanto los hombros que casi derriba la lámpara victoriana que cuelga sobre nuestras cabezas. Yo también estoy en periodo de alucinación. Miro como un estúpido a través del cuello de mi Peroni, pero no flota nada anómalo. Ese cuento que tantas veces me repitió mi madre: “Hijo, cuida siempre de tu bebida cuando vayas por ahí, que los camellos echan droga para engancharte”, es falso. Confirmado. Con la demanda que hay, como para andar regalando… La tipa salta sobre el rabo del cincuentón como si estuviera sobre un toro mecánico trabajando a nivel diez, y el mocetón disfruta de lo lindo palpándole las nalgas a ciento veinte kilómetros de distancia de la palabra pudor.

Minutos después ella se levanta, coge el bolso y se marcha con el púgil apátrida. Hemos acabado la noche el cincuentón, los dos italianos y yo saqueando mi nevera. El cincuentón fue en su día un deportista de élite de reconocido prestigio en Italia y Europa, y nos cuenta decenas de anécdotas de políticos y deportistas italianos y españoles, historias de puterío, canalladas y mentiras, de puñaladas por la espalda y billetes de cara lavada extraídos de tu bolsillo y el mío; en definitiva, las historias que mueven el mundo.

Al día siguiente, la periodista cachondona nos ha recibido como si tal cosa a las puertas del autobús. De hecho, yo me he comido una charla de cojones por demorarme diez minutos cuando la salida estaba fijada a las 10:00 AM.

-Sí señor, eres toda una ‘profesional’ -le he espetado a la cara-. ¡Ole tus huevos!

Posted by Marcos at 21:45:41 | Permalink | Comments (2)

Tuesday, October 23, 2007

Sin ganas de pensar un titular

[Récord: 25 páginas en seis días; mi cuarto, folios por el suelo, un corcho relleno de papeles raídos, roídos y reídos; aeropuertos, aviones, de nuevo en mi cuarto, docenas de revistas para las que escribo por el suelo, más de un mes sin escribir nada productivo, decenas de ruedas de prensa, el mullido sillín de la moto que me traslada, y vuelta al cubículo en el que letras, números y signos generan un fluido vital que trueco por dígitos en mi cuenta, que a su vez se convierten por billetes al salir del cajero, que se transforman en monedas al hablar con el camarero y desaparecen sin dar cuartelillo como tocadas por la mano de un hechicero. Y al darme la vuelta arrecia otro mes igual que el anterior, como en un rebaño de círculos concéntricos hacia ninguna parte. Necesito escribir. Algún día tengo que hablar seriamente con el alfarero que da forma a todo esto; necesito cambios estructurales].

Tocamos una versión en directo de los Kings of Lion, una de los Bluetones otra de TSOOL y temas propios. El ensayo ha sido una mierda. Hemos probado con un teclista amigo mío y creo que se ha sentido decepcionado. No canto como hace diez años. He empeorado mucho. Las cosas son siempre lo que parecen. Cuando algo parece una mierda, acaba por convertirse en dos mierdas. Me quiero independizar, irme lejos de todo esto. Del cáncer de mi tía, de los prejuicios familiares, de Madrid, lejos de todo. Hace tiempo hipotequé mi vida en una casa en Villalba. Son como unos 27 metros cuadrados a 40 kilómetros de Madrid. Decidí venderla para comprarme algo más cerca de mi barrio, La Coma. Entonces me hice con los servicios de una inmobiliaria que, a su vez, se hizo con los servicios de un tipo que quería alquilar mi casa y disponer de un derecho de compra sobre la misma. Lleva cuatro meses sin pagar. Un buen día escribí su nombre en Google. Robo con intimidación, robo con violencia y estafa. Me puse en contacto con mi amigo Tetis, que es policía de profesión -y paradójicamente también de vocación-, y le expliqué la situación. Tetis busca información sobre el pájaro.

-¿Marcos?
-¿Si?
-Ya he buscado su nombre
-¿Y?
-Es mejor que ese tío esté muerto, no te puedo decir más.

Yo pago su letra, su luz y su agua, el vive en mi casa, no hay nada más que eso, así que después del ensayo, mi banda y yo decidimos que lo mejor es ir a un karaoke de mi barrio que se llama Uceda a hincharnos a cerveza. Cojo el micrófono y canto una canción de Heroes del Silencio. Arrecian los aplausos, creo que lo he hecho bien, aunque no soy el de antes. Hay un grupo de cuatro personas que va a salir a cantar después. Galipop, el guitarra del grupo, trata de decirme algo sobre el mullido colchón sonoro de risas, gritos, aplausos y cervezas que golpean contra las mesas acristaladas. -Tío, mira qué cara de gilipuertas tienen los que van a cantar ahora. Mira cómo mueve la cabeza el del pelo largo. Resulta que son disminuidos visuales. Es decir, no ven dos en un burro, son ciegos integrales. Entonces una chica rubia, ciega integral, coge el micrófono y paraliza el tiempo. Galipop se siente fatal tras reflexionar su anterior comentario. La rubia canta y Galipop, emocionado, llora sin pudor alguno. Creo que la tipa se ha tragado un órgano electrónico. No es posible que alguien afine tan bien. Pero vaya si lo es. A mí también me emociona y lloro por dentro, para regar todo eso que dice mi madre que guardo con celo y nunca quiero expulsar. Para regar un basurero en el que, como digo yo, a veces crecen las flores. La rubia se baja del escenario y hablo con ella. Le digo que los ciegos ven más que el resto. Ella sonríe la frase fácil y le dice algo a una amiga que no es totalmente ciega. Ella sólo dice “tiene una camiseta roja”. Entonces me convierto en el chico de la camiseta roja. Canto un par de canciones con la rubia, pero hay un tipo encelado que, entre canción y canción, habla con ella y le propone cantar a dúo. Así lo hacen, pero cuando acaba la canción, al tratar de caminar sobre los escalones que regresan a la gente a la platea, hay un tropezón y acaban rodando por el suelo, el celoso y la rubia, como si de una escena cinematográfica y preliminar al coito se tratase. Me acerco para interesarme por el estado de la rubia. Sólo de la rubia, me cae bien. El celoso me la sopla. Al acercarme, escucho: “tía, viene el de la camiseta roja”. Ella, la rubia, charla conmigo un buen rato. Es una tía cojonuda que hace chistes muy ingeniosos sobre ciegos integrales. Se suman a la conversación sus amigos, con nuevos chistes sobre ciegos. Al día siguiente, me desternillo de risa recordándolo todo, apoyado en la nevera, mientras bebo un vaso de agua detrás de otro tratando de apagar el incendio que se ha declarado en mi estómago. Cosas de las resacas.

Posted by Marcos at 23:35:06 | Permalink | Comments (1) »

Saturday, September 1, 2007

Salivazos por la espalda

El avión es un medio de transporte seguro estadísticamente hablando, pero es el medio de transporte más intimidador, empíricamente hablando. Puedo asegurar que mensualmente tomo más aviones que mi propio coche (siento aburrir con tanta palabra acabada en ‘mente’, no es correcto pero mi narrativa no da para más), y que han sido varias las ocasiones en las que casi abrazo la oración durante un vuelo turbulento. Pero hoy ha sido incomparable. Cuando han comenzado las turbulencias en la travesía hacia Berlín he tenido que apretar fuerte el esfínter para que mi miedo no salpicara al resto. La gente cantaba, casi al unísono, cada vez que se producía un vaivén: ¡Uoooooooouh! -decían en perfecta sincronía-. Y yo trataba de respirar y controlar el pulso apretando en una mano Viaje al fin de la noche, del macarra Céline y en la otra Luchando a la contra, del lacónico pero certero Bukowski.

Gracias a Dios, las ruedas tocan suelo. Nos fumamos un pitillo la responsable de prensa del grupo español y yo, y esperan a que acabemos el cámara y un redactor de un canal de televisión de cobertura nacional, así como varios compañeros más de prensa especializada -prefiero, como siempre, mantener el anonimato de todos por si su imagen pudiera verse resquebrajada al formar parte de este relato-. Vamos a cubrir una feria a Alemania en la que se dan cita los principales fabricantes mundiales de pantallas de LCD, reproductores MP3, cámaras de fotos digitales y demás viandas del mercado electrónico de consumo. El hotel es un cuatro estrellas muy decente, ubicado cerca del derruido muro de Berlín -dios no le tenga en su Gloria- y tiene un bar muy acogedor en el que nos tomamos unas cervezas antes de la cena.

Decidimos desplazarnos dando un paseo hasta el Bundestag, centro neurálgico de la clase política germana, escenario elegido para la cena, pero nos perdemos durante el trayecto. Y nos vemos obligados a preguntar a un grupo de jóvenes.

-Excuse me, ¿do you speak english?

-Yes -dice un tipo que me saca dos cabezas-.

-Queremos ir a este sitio -la responsable de prensa señala un punto en el mapa que nos facilitaron al hotel-.

-Uhmmm

Los alemanes hablan entre ellos y se ríen, se ríen un poco más cuando descubren que somos españoles, y finalmente nos indican una dirección. Nos ponemos en camino, pero con el paso de los pasos nos damos cuenta de que nos han engañado. Al final, analizando el mapa, damos con la ubicación. Los cabrones nos habían mandado en dirección contraria. Tenemos mesa para las 21:30. Cuando llegamos son las 22:05. Al entrar en el Bundestag, coronado por una gran cúpula de cristal en la que se encuentra el restaurante, nos cierran el paso. Hay un guardia de seguridad.

-¿Do you speak english?

-Yes.

-Mire, teníamos mesa reservada y queremos pasar -dice la responsable del grupo-.

-El restaurante se cierra a las 10.

-Pero son las diez y cinco.

-Claro, y el restaurante cierra a las diez.

Al final no sé con exactitud qué pasa pero nos dejan entrar. Tomamos un ascensor y disfrutamos de una cena de diseño con platos de los cuáles desconozco la mitad de los ingredientes. Hay un par de buenas conversaciones sobre el papel de los operadores de telefonía móvil y su estrategia dictatorial en términos tarifarios. No queda nadie más en el restaurante. Uno de los camareros nos dedica una mantenida mirada y decidimos que es momento de abandonar el lugar. Salimos de la cúpula de cristal al exterior, hay que caminar unos setenta metros hasta la zona de los ascensores que nos descenderán hasta la calle. En ese tramo nos encendemos un cigarro la responsable de prensa y yo. Justo cuando estoy guardando el mechero, aparecen dos guardias.

-Aquí no se puede fumar.

-¡Ah! Lo siento -dice la responsable de prensa agachándose para apagar el cigarro en el suelo-.

-¡Stoooop! -exhorta el guarda-.

Ella le mira, intimidada, el guardia prosigue.

-Se mancha el suelo, no lo apagues ahí.

-Pero, ¿es que no hay ningún cenicero?… ¿Dónde lo apago?

-Apágueselo en la mano.

-¿Qué coño dice éste? -pregunto incrédulo yo-.

El guardia me mira, repite el lugar en el que debemos apagar el cigarrillo y acompaña la orden con un gesto del dedo índice contra la palma de la otra mano. Yo quiero apagárselo en el ojete y luego rellenar su fosa séptica con un generoso chorro de pis. Sin preguntarle, tomo el cigarro de la responsable de prensa y echo el capullo en el suelo, guardándome la parte restante en el bolsillo, y hago lo mismo con mi propio cigarro. Los alemanes no dicen nada, pero bajan con nosotros en el ascensor y sé que nos ponen a parir por el tono de su voz, aunque bien pensado puede que fueran hablando de cualquier otra cosa. El idioma alemán siempre me ha sonado a ladrido de perro, a discusión acalorada. Son como incontinentes tartajas, muy altos y fuertes todos ellos pero sometidos al orden y la disciplina, para qué, entonces, tanto músculo -me pregunto yo-. La felicidad pasa siempre por el desorden de las cosas. Quizás por ello muchos parecen siempre tan tristes. Habría que tomar cartas en el asunto y zarandear la parte del mapamundi que representa a Alemania para que las casas, los coches, los pensamientos, lo que queda del muro de Berlín, se convirtiera en una pasta informe, en la materia prima que diera consistencia a una sociedad nueva.

Decidimos tomarnos unas cervezas en el hotel. Justo en la puerta, antes de entrar, una púber con una mochila al hombro se cruza en nuestra trayectoria caminando de espaldas. Nadie entiende nada. La chica, de repente, se gira y esprinta. Luego vuelve a caminar de espaldas. Sin comentarios.

Las sirven calientes, las cervezas, pero lo tienen una, creo que de tipo Pilsen, con un regusto muy intenso al final. Cuando doy cuenta de la segunda, me desligo de la conversación en la que estoy enfrascado con la responsable del grupo y un cámara, y pongo el oído en la de al lado. Uno de los periodistas ha sido corresponsal de guerra y habla sobre las matanzas en África que le tocó fotocopiar a pluma.

-Había tantos cadáveres en el suelo que teníamos que ir pisándolos para abrirnos caso. Al final del aula nos topamos con el cuerpo de una chica joven, seguramente la profesora del colegio, con un bebé sobre sus brazos. Los dos estaban muertos. Fue horrible.

-¿Te afectó? -pregunta un compañero-.

-Un día, por las buenas, me puse a llorar sin control, como un niño, sin parar. Sí, claro que me afectó.

Los periodistas del sector de la tecnología somos una familia. El tópico asquea pero es la pura verdad. En el sector del deporte, del que yo formé parte casi durante un año, los periodistas se regodean en un saco de envidias. Competitividad, chulería, petulancia, arrogancia y celo son sólo la punta de una polla sobre la que se podrían escribir decenas de adjetivos negativos. Una polla tan grande como la de Rocco o Mandingo. En el sector de la tecnología, evidentemente, hay también competitividad, pero en la mayoría de los casos es sana. A la una de la mañana, después de la segunda cerveza, me voy a la cama. No puedo dormir, así que enciendo el portátil y acabo un par de artículos pendientes. No puedo dormir, así que enciendo la televisión. Los Simpsons en alemán pierden la gracia por completo, pero es toda una experiencia. Me masturbo un par de veces y, como a las 04:30, me quedo dormido.

El microbús que nos acerca al recinto ferial es muy cómodo y, entre legañas y silencio, los siete periodistas españoles vamos despertando poco a poco. Hay un coche descapotable con un perro que luce unas gafas de sol mientras se asoma por la ventanilla, y bicis. Hay muchas bicis. Bicicletas aparcadas sin candado, bicicletas con culos grandes sobre el sillín, con culos pequeños, con alemanes con gafas y sin ellas, de montaña y carretera, de paseo y plegables. Berlín no tiene cuestas, una gran ventaja.

Se me ocurre contar los chistes que se inventa mi hermano.

-Mi hermano se inventa chistes cortos.

-¿Si? -dice alguien-.

-Sí, por ejemplo, tiene uno que dice: Me he cortado con un fólio pero casi no me dólio.

Hay alguna risa.

-Y otro que dice: Devon, arreglame el coche y dime lo que te devon.

Hay alguna risa, pero menos.

-Y el último: Te he quitado tu revólver pero no te lo voy a devólver.

Entonces me callo.

El día siguiente transcurre entre pabellones inmorales con moquetas cuidadas, stands de diseño, azafatas cinceladas por el mismísimo Miguel Ángel y ejecutivos asiáticos dando ruedas de prensa. Un día de trabajo que alcanza su epitafio en la cena de prensa. Nos toca compartir mesa con los periodistas griegos y, como buenos españoles, llegamos tarde. El que tengo al lado me suelta una densa perorata sobre la aportación griega al diccionario español, y yo desvío el tema poniendo sobre el mantel el cruce de Champions del Real Madrid, al que le ha tocado en lid el Olympiakos, y asevero que les vamos a poner su culo de cagayoghures como la bandera del Japón, pero en tres dimensiones. Al tipo no le gusta el balompié así que me deja en paz. Todo un acierto hablar del 4-4-2.

Postre y copa. Autobús a un bar de moda, Newton, se llama. Tiene muchas mesas, el baño subiendo unas angostas escaleras y varias mujeres de esas que normalmente trabajan en sitios con luces rojas y cuyas jefas fuman puros monumentales. Caen un par de cervezas, casi todos los demás van a cubatas, vaya aguante tienen.

Algo golpea en mi cabeza. Busco en el suelo y descubro un cacahuete. Al levantar la vista, impacta una avellana en mi frente. Una pelirroja esconde la mano. Se lo digo al resto de mis compañeros, que también han sufrido las iras de una generosa variedad de frutos secos. Entonces uno de los periodistas, cachondo mental en toda regla, se sitúa al lado del novio de la pelirroja, que se mofa de nosotros, señala y se ríe, hablando en alemán. Nos da la espalda y el periodista español se acerca dos dedos a la boca, deposita una cucharada de saliva y luego, como si golpeara una chapa imaginaria, catapulta el pollo hacia su espalda. Repite la operación unas 15 ó 20 veces. Cuando la pareja decide marcharse nos miran, hay más mofa, y se dan media vuelta.

-¡Ehhhh! -grito yo-.

El tipo se da la vuelta.

-¡Que te limpie la camisa tu madre!

No me entiende y vuelve a hacer befa con una voz gutural. Su camisa, ahora de lunares, es un poema ridículo.

Por la mañana tengo una resaca monumental. A decir verdad tengo dos resacas monumentales. Cómo estará el resto de la expedición. Yo debí beberme como seis cervezas y ellos hicieron lo propio pero a güisquis. Un compañero de prensa especializada y yo vamos a hacer un tour en autobús por Berlín. Es un tipo genial. Tiene ese brillo en la mirada que le convierte en miembro de la estirpe de los elegidos, aunque nunca he sabido elegidos para qué fin. Esa gente le da color a las cosas sin premeditarlo. Es su forma de mirar, de pensar, de ver las cosas, es su forma de tratar al resto, con un respeto atroz y renegando siempre de su propio bienestar en beneficio del resto. Es grueso, con gafas y tiene un andar desaliñado y pizpireto. Nos hacemos un par de fotos en el lugar en el que estuvo el muro de Berlín y en el llamado ‘Checkpoint’, el punto de control que establecieron los aliados cuando Hitler tenía las horas contadas. Hay un puesto en el que venden indumentaria militar de la última Gran Guerra, y me hago con un casco de tela de los operarios de tanque y una gorra de la infantería, ambos del ejército rojo. La gorra de tanque me parece el atrezzo perfecto para salir a escena cuando mi grupo de música y yo demos un concierto.

Yo quiero ver el bunker del bigotudo más hijoputa que haya parido madre, y, cuando compramos nuestro ticket para el tour, pregunto al personal turístico dónde está.

-¿Sabe dónde está el bunker en el que dicen que se suicidó Hitler?

-¿Para qué quieres verlo? -dice, incómodo- No hay nada, sólo una explanada.

Tiene razón, seas quien seas, la muerte es el punto de partida de un camino inexorable hacia el olvido.

Posted by Marcos at 15:12:38 | Permalink | Comments (4)

Thursday, August 23, 2007

Enviando mensaje…

Isabel tiene mi transistor con funda de cuero. Ahora ella quiere que nos veamos para poder dármelo en persona. Yo le digo que es mejor que no nos encontremos, que busquemos un intermediario que me haga llegar el transistor para evitar las puñaladas del recuerdo. Lo que más me importa es la funda de cuero, no la radio en sí. Cuando mi abuelo agonizaba a finales de la década de los 80 con un cáncer de estómago galopante, mi madre decidió regalarle un transistor. Con el fin de salvaguardarlo de los golpes, mamá acudió a un zapatero para que le hiciera una funda  de cuero a medida. Al final resultó más cara la funda que la propia radio. Al final la funda ha sido lo único que me quedó de mi abuelo materno -el receptor se extravió-, y hace un par de años pasó a recubrir un transistor que me compré en rebajas.

La cita se concreta a primera hora de la mañana.

Arranco la moto.

No hay ni coches ni gente en la calle, y el oxígeno está menos saturado que de costumbre. Imagino una gran nube de dióxido de carbono desplazándose hacia Valencia.

Aparco la moto donde siempre. Estoy nervioso. La llamo por teléfono para hacerle saber que ya he llegado. Aparece a lo lejos. Falda corta, vaquera, unas gafas que le cubren más de la mitad de la cara. Está más morena y sonríe al verme. Subimos a su casa, me da la radio y sucede lo previsto cuando una pareja de ex novios se ve un mes después de romper.

Lo mejor de todo ha sido abrazarme a ella, oler su pelo, hundir mi boca en el valle de su nuca.

-Me tengo que ir, Marcos.

-Entiendo.

Ya en la calle, se ha calzado las gafas. He visto cómo se abultaba su nuez al paso de la saliva. Un beso rápido. Ex novios a la fuga.

Antes de conducir hasta casa, compro un par de intermitentes para mi Yamaha YBR de 125, rotos desde que hace un mes un Ford Fiesta blanco (tiene huevos, creo que el conductor tenía un jersey amarillo) me embistiera por detrás y se diera a la fuga. Sólo tengo una hora para ponerlos si quiero llegar a tiempo al ensayo con el grupo. Al final me sobra media hora, y eso que soy malísimo con las manos. Al subir a comer oigo gritos. Veo a mamá con un gatito cogido por el pescuezo amenazando con tirarlo por la ventana. El gatito cuelga disfrutando de las vistas, ignorando el peligro que corre, hasta que mi padre se lo quita de las manos y lo pone a salvo.

Mamá no quiere al gato. Mi hermano lo recogió de la calle hace unos días después de que le atropellara un coche. Veo cierto paralelismo entre el atropello del gato y mi accidente, no sé exactamente por qué, pero encuentro notas concordantes entre ambos siniestros. Mamá y papá discuten.

-¿De verdad ibas a tirarlo por la ventana?

-Sí.

-¿Tendrías valor? –pregunta-.

-Sí, como tú lo tuviste hace años.

-¿Cómo? Pero, ¿qué dices?

-¿No te acuerdas?

-No

-Pues mataste un gato a palos, hace cuatro o cinco años. Lo metiste en un saco y lo moliste a palos.

-Eso tiene explicación.

-No hay explicación para eso –dice mamá-.

-Sí la hay. Era un gato que se comía las gallinas de la casa de Asturias. La abuela me dijo que había que matarlo.

Dejo la conversación a esas alturas, cojo el casco y vuelvo a conducir por las exangües calles de Madrid. Ensayamos unas tres horas. Después de un mes sin tocar no ha sonado demasiado mal. Podría haber sonado rematadamente mal, pero no ha sido así. Después salimos de cañas. Nos tomamos cuatro o cinco tercios de cerveza, discutimos sobre si Estrella de Galicia es o no uno de los mejores zumos de cebada de la piel de toro. Para mí y Sergio, el baterista del grupo, sí lo puede ser, junto con Alhambra, pero a Galipop le dan arcadas las dos clases.

Entonces Emilio, el bajista, dice lo más gracioso que he oído quizás en este último año.

-Chicos –dice Emilio-. Ahí va la última del padre de mi novia.

-De tu suegro quieres decir, ¿no? –puntualiza Sergio-.

-Sofía y yo aún no estamos casados.

-Bueno, pero lleváis más de once años saliendo –dice Galipop- o sea que como si lo fuera.

-Dejad de tocarme la polla y escuchad. Estamos el otro día viendo la televisión en la casa del padre de Sofía, y en esto que empiezan a echar en Antena 3 un tráiler de esos en los que anuncian que dentro de una semana van a proyectar tal o cual película. Bueno, pues resulta que era un tráiler del Señor de los Anillos y en las imágenes se veía a la Dama de Galadriel, muy misteriosa ella, caminando a través de un denso bosque.

-¿Y entonces qué? –digo yo-.

-Entonces dice el padre de Sofía –Emilio adopta una voz de zaragozano profundo-: ¡Andá! Si esta película la vi yo ya hace muchos años, ésta es la de la de la virgen de Fátima. Yo casi me despeloto de risa delante de él, pero es que encima, a renglón seguido, sin dar tregua, aparecen los hobbits tras la Dama, y dice mi suegro: ¿Lo veis? ¡Mira por dónde vienen los pastorcillos!

Me dolía la tripa de reírme, y a los que estaban en las mesas de al lado seguro que los oídos de escucharnos. No podía parar, ninguno podíamos parar. Hemos acabado tomando más birras en el Delover, en Bilbao. Había buena música y sobre la pared estaban proyectando una película de los Hermanos Marx. Como a la una y media nos hemos rendido.

De nuevo conducir de vuelta a casa ha sido toda una experiencia, sin coches, con el inusual frescor de este particular verano de 2007. Creo que ha sido el agosto con más personalidad de los que he conocido.

Y al llegar a casa, al tumbarme sobre la cama, he pensado que soy un tipo grande. Y al coger el teléfono móvil para apagarlo, mis ojos se han reflejado en el cristal y he envejecido un poco.

¿Enviar mensaje?

Aceptar

Enviando mensaje…

“Hasta mañana Isa, lo mejor de todo ha sido abrazarte, oler tu pelo. Sí, eso ha sido lo mejor”.

 

Posted by Marcos at 22:32:30 | Permalink | Comments (7)

Tuesday, August 21, 2007

El regreso

Mi autobús sale hacia Madrid a las siete de la mañana. Al mediodía hago la maleta. Guardo en ella el cepillo de dientes, el desodorante, la maquinilla de afeitar, ropa arrugada, mi radio a manivela, cuatro libros, varias decenas de recuerdos y los besos de mis primos pequeños; guardo la tristeza que conmueve a todo aquel que deja atrás algo que ama. Después bajo al río, el agua está gélida, como siempre, como todos los años; nado un rato y me seco al solo con una novela de Mankell. Me fumo un par de cigarros, leo hasta que se va el sol. Justo antes de cenar suena el teléfono. Es Gali, el guitarra de mi grupo. Es Lucha de Gigantes, de Antonio Vega. Deduzco que está acercando el altavoz del móvil a un altavoz. Está sonando en directo.

Lucha de Gigantes… convierte… el aire en gas natural.

Un duelo salvaje advierte, lo cerca que ando de entrar, en un mundo descomunal. Hay tanta fragilidad en su voz, en la de Antonio Vega, que me entran ganas de llorar. Me voy pronto a la cama. Y pronto me despierto para coger el autobús. Voy casi todo el viaje durmiendo.

Madrid en agosto es como un enfermo en estado comatoso. Me he decantado por esa frase, pero he barajado las siguientes:

Madrid en agosto es como un enfermo en estado de coma

Madrid en agosto es como un enfermo comatoso

Madrid en agosto es como un enfermo en coma

Madrid en agosto entra en coma

Madrid en agosto entra en estado de coma

Madrid en agosto está en coma

Sus calles, sus venas, sin apenas fluido vital, sin gente; así es Madrid en agosto. A partir de septiembre se convierte en una orgia en la que participan moros, castellanos, extremeños, nigerianos, ecuatorianos, manchegos, catalanes, valencianos, colombianos y norteamericanos, entre otros. En Madrid la gente, sin saberlo, pasa por alto cualquier himno. Ocurre a diario y casi nadie es consciente. No sucede en ningún otro lugar del mundo, al menos que yo haya visitado. Ese es el valor añadido de Madrid. Como decía aquél, hay jeringuillas en los lavabos, putas y delincuentes, hay arquitectos, funcionarios y carniceros; hay trileros, seguramente algún funambulista -razón en el Retiro- y amas de casa maltratadas, pero a partes iguales hay amor, condescendencia, solidaridad y una patria sin símbolos ni telas, sin colores ni notas musicales que la mancillen. Se unifican en torno al olor a orín, al Paseo de la Castellana, a la Gran Vía o al desorden visual de las torres Kio. Ella en sí, Madrid, es la patria de todo sin ser propiedad de nadie, sólo del que pasa. Porque esta ciudad no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella; ella nos deja pertenecerla. ¿Quién se siente alguien para clavar una bandera en sitio alguno? ¿Le hemos preguntado a ese pedazo de tierra si quiere pertenecernos? Los indios americanos tenían razón.

Y yo me bajo del autobús, en Méndez Álvaro, y pienso éstas y otras cosas

y en algunas más que no digo

por no entorpecer más tu pensamiento

o el mío.

Me gustaría decir que cae sobre Madrid un sol de justicia, porque la frase es hermosa, pero la realidad es que cae medio sol, y ni mucho menos es justo, más bien parece doblegarse al antojo de un rebaño de nubes que, a ráfagas, entona un “aquí estoy yo” capaz de hacer temblar a Dios y su madre. Mi hermano ha venido a buscarme a la estación. Mientras camino hacia el coche, aparcado en lontananza, acerco la nariz al cuello de la camiseta, acaso buscando un pedacito de olor a pueblo, a cerdos y tierra húmeda. Afortunadamente, la tela mantiene ese pedacito de esencia que me llevo de Asturias cada año. Pero sólo un pedacito. Al llegar a casa, desaparecerá. La M-30 está libre de colesterol, circulación fluida, no hay tráfico intermitente ni retenciones, sólo mi hermano con las manos en el volante, el silencio y yo. Al llegar a casa, suena el teléfono.

-Hola Marcos, soy Marga, ¿está tu madre?

Marga es mi tía, la que tiene cáncer de riñón con metástasis en los pulmones.

-No, está en Asturias con mi padre, yo acabo de llegar de allí.

-Ah…

-¿Por qué? ¿Quieres que le diga algo?

-No…

-Entonces, ¿por qué llamabas?

Se oye un concierto de toses y palabras que tratan de abrirse paso entre ellas. Pasa casi un minuto.

-No, nada… es que me apetecía charlar con ella.

-¿Qué tal el tío y los primos?

-Están viendo el fútbol.

-Y tú, ¿qué haces?

-Pues nada, preguntando por tu madre.

Se sonríe.

Una sonrisa no se oye, se ve, pero yo la intuyo -la sonrisa- a pesar del teléfono.

-Ahora mismo la llamo a Asturias y le digo que te llame.

Cuelgo el teléfono y marco el 985 815 118 (afamado lector, es un número real, si no lo cree, llame al mismo y diga: “Hola, soy lector del blog de un tal Marcos Sierra Clemares, ¿le conocen de algo?” Verán que no les engaño.

-¿Si?

-Soy Marcos, ¿se puede poner mi madre?

-Un momento.

Pasan unos segundos.

-¿Si?

-Mamá, soy Marcos, acaba de llamarme la tía Marga, creo que necesita hablar contigo.

-Pero, ¿pasa algo grave?

-Hombre, no parece grave, la verdad, pero la tía necesita charlar contigo.

-Es que cuando hablo con ella luego me quedo muy mal.

-Mamá, la que tiene cáncer es ella, no tú, habla con ella.

-Es que luego yo lo paso mal.

-Mamá, es tu hermana.

-Bueno hijo, te dejo que vamos a cenar.

-Pipipi, pipipi, pipipi, pipipi -dice el teléfono-.

Y la tecnología se ríe de mí y de la tía Marga.

Decido bajar a la piscina de la urbanización. El agua me parece templada, demasiado, quizás, acostumbrado a la dictadura de las aguas de alta montaña sobre las que he nadado en Asturias. El césped está cortado a la perfección y la toalla se apoya sobre la hierba flotando sobre briznas encrespadas, como lo haría el cuerpo de un faquir sobre un tapiz de clavos. Y pienso en otras cosas. Me preocupa que el ordenador se apague de forma repentina, cuando le salga de los cojones. Si me vienen las ideas y necesito escribir, temo no tener con qué. Podría hacerlo a mano, pero ya ni me acuerdo de cuando lo hacía con Bic o Stadyler (creo que no se escribe así); no recuerdo cuando escribía la frase “mi mamá me mima, yo amo a mi mamá” sobre hojas milimetradas, cuadriculadas o de doble guía. De mi niñez, a decir verdad, conservo en pensamientos más bien poco, pero lo que recuerdo lo recuerdo como si me hubiera pasado hace diez minutos. Así las cosas, recuerdo como si me hubiera pasado hace diez minutos la primera vez que masturbé a alguien del sexo opuesto. Yo debía tener como unos cuatro años. Cinco a lo sumo. Estábamos haciendo plastilina y la chica me dijo: “Agáchate y frótame entre las piernas hacia arriba y hacia abajo”. Juro por mi Santa Madre que caían pelotillas de su chumino, tal era el ahínco que le ponía yo al acto en cuestión sin que por ello estuviera excitado en forma alguna. El olor. Sobre todo recuerdo el olor. Luego, con el tiempo, al acercarme a otros chuminos adultos e inspirar sus efluvios, me di cuenta de que esas rajas no olían como aquel otro prematuro ladillero; no sé bien eso se debía a la precocidad del primero y su singularidad olorosa (es el único coño menor de diez años que me he acercado a la napia) o a que posteriormente probé material pasado de fecha.

Después, mamá tuvo que ir a hablar con la profesora a su despacho.

-Su hijo ha estado tocando a una compañera de clase.

-¿Tocándola?

-Tocándola en sus partes.

-¡Ay Madre!

-Tranquilícese, no es la primera vez que lo hace.

-¿Que no es la primera vez? ¡Yo es que le mato!

-Señora, quiero decir que no es la primera vez que ella anima a sus compañeros a que le toquen sus partes.

-¿Y eso es malo?

La profesora pone cara de circunstancias.

-No sé si es malo o bueno, yo le digo lo que pasa.

Vestido con un babi a rayas calculadamente azules, tuve en la esquina de aquel despacho mi primera erección sin saber por qué. El sexo, al menos en sus inicios, siempre fue en mí algo mecánico. Mi primera paja, por ejemplo, fue casi un acto reflejo. Mis amigos, con trece años, solían reunirse en un callejón de la calle Fernando Ossorio a pelársela como monos después de salir de las aulas de los Salesianos del barrio de Estrecho. Siempre había revistas porno y cigarrillos. Yo hacía lo que ellos; subía y bajaba mi pedazo de piel encapullada insistentemente y, como a los diez o quince minutos, abría la boca y hacía: ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaaaah! Lo mejor era el pitillo que me fumaba después, más aún cuando todo lo que sentía era un dolor punzante en el antebrazo que, al día siguiente, no me dejaba casi ni coger la mochila para ir al colegio. No me dolía la polla, tiene cojones la cosa, me dolía el antebrazo. No sentía gusto, sólo dolor en el antebrazo. Pero un buen día, mientras fingía gusto, un calambrazo subió desde mi trasero hasta la nuca, me electrocutó, acabó conmigo, rellenó todos los huecos de mi cuerpo de éxtasis. Y lo mejor es que fue mecánico. No hubo excitación femenina, ni tetas, ni chochos, ni imágenes de mamadas previas. El placer llegó porque sí. Esa tarde me masturbé cuatro o cinco veces más, dos de ellas durante la sobremesa, con mi padre roncando en el sofá de al lado; sin imágenes de chicas, espoleado sólo por el tesón de una mano que dejó de temer a las agujetas. Desde entonces, las mejores pajas para mí han sido aquellas en las que he sido capaz de no pensar en mujeres, cosa que sucede menos de lo que me gustaría. Y ha pasado el tiempo y pienso en Don Bosco, el patrón de los Salesianos de Estrecho. Siempre he tenido la duda de si, nuestro Santo patrón, tocado por ese halo de inocencia y pulcritud que presuponían aquellos curas responsables de mi educación, llegó a masturbarse alguna vez.

Y yo me bajo del autobús, en Méndez Álvaro, y pienso éstas y otras cosas

y en algunas más que no digo

por no entorpecer más tu pensamiento

o el mío.

 

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Tuesday, August 14, 2007

Tinoninoninonino

No han sido ni ganas ni obligación, lo que me ha sentado frente al ordenador ha sido el rumor de una canción, de una banda que no sé identificar. Ha sido el hilo conductor de mi día de hoy. Me he levantado como a las diez. Tinoninoninoninoni. Creo que era de un grupo que se llama Budapest, pero no estoy seguro. He desayunado. Sobre el balcón de la casa de pueblo de mis abuelos de Asturias -diecisiete habitantes censados, de los cuales seis son familiares míos- caía un sol tan luminoso como redondo. He respirado. Varias veces. Buscaba eso, esto, estar sólo, y cuando uno busca estar sólo, resulta de que se acaba sorprendiendo al encontrar soledad. Pero es hermoso. He salido a las puertas de la casa de labranza en la que nació mi padre. Suelo dormir en la cama en la que él fue alumbrado, o apagado, según se mire. Había dos perros sobre el suelo, dejándose tocar sin pudor por los rayos del mediodía, los más sinceros y descarados. He bajado hasta el río, me he dejado caer sobre la orilla y, con la punta de los dedos, he cosquilleado la piel del agua, que ha respondido con una ondulación. Después, casi sin querer, me he llevado a la boca una brizna de hierba que he masticado con los incisivos. He caminado de vuelta a casa y he cogido el coche para dar una vuelta. He llegado al bar de Villacanes, el más cercano a la aldea, y allí estaba Pedrolo. Con su gorra, sus 46 años, su tercio de San Miguel, su paquete de cigarros negros y la misma sonrisa de siempre.

 

-¡Pedrolo!

 

-Tócame el bolo

 

-¡Ey tú!

 

-Tururú

 

Poco más nos hemos dicho. Sobran las palabras para un canalla tan castizo como él, un madrileño innegable. He hecho de espectador en una partida de bolos celtas. Es curioso. No gana el que más bolos derriba, sino el que más lejos los lanza. La bola impacta y salen despedidos a diez, veinte y hasta treinta metros de distancia. Gana el que más lejos los arroja. Después de un par de tercios de cerveza me he despedido, o no, ya no me acuerdo, y he bajado otra vez al río. Caricias sobre el agua y pensamientos. De niño me creía nacido para grandes cosas, invencible. Si caía de la azotea de cualquier piso, sabía que saldría victorioso. Ahora uno, que se cree fuerte, que en ocasiones se muestra inamovible ante un vendaval intempestivo y recio, cae a los pies de cualquier brisa leve, si acaso ésta llega en el momento preciso. Me encuentro con Pepe, de la casa de Juan Gómez, el padre de Pedrolo. Está mayor. Yo le echo unos 72 ó 73, pero tiene 80, como la abuela de Madrid. Cómo ha mejorado la abuela, por cierto. La daban por muerta, pero se ha recuperado, hace las camas, sale a por el pan, va de compras. Actividad. Se lo ha puesto complicado a la puerca de la guadaña, que le dio una tregua en forma de operación de corazón y algunas anginas de pecho, pero la abuela jugó con mano diestra sus cartas. Estoy convencido: si quiere hacerle cruzar el río tendrá que pillarla por sorpresa, tendrá que ser algo repentino. De otra manera, tendrás que joderte, hija de puta. Cúrratelo si te la quieres llevar, trabájatelo, porque no te va a poner las cosas fáciles.

 

Avanzo por cosas tan simples como un empujón de mi amigo Ripi: “Tío, me gusta como escribes”. Y yo, que a veces me tomo en serio; me siento bien, veo el sentido a aquello que escribo cuando me apetece, siempre y sólo cuando me sale de los huevos. En el salón de la casa de Asturias hay fotos en blanco negro, fotos de matrimonios de mi familia, muchas fotos, que son lo que yo fui sin estar allí. Hay también un árbol genealógico que acaba de resquebrajar mi tía Carmina con su divorcio; todo un acierto. Acabemos con los árboles genealógicos, con la familia real (a propósito en minúscula), con el papa (más de lo mismo), zapatero (ídem de ídem) y los republicanos resentidos, caguémonos en la tumba de franco (sobran las palabras), en la historia de españa -por los clavos de cristo, que no se escapen ni vascos ni catalanes- y en la de sus enemigos; hagamos caca suelta sobre todo, abonemos el terreno para que salgan las flores y caguemos más sobre esas mismas flores para que salgan otras nuevas con bríos renovados. Estoy cansado, necesito algo nuevo, es por ello que me veo obligado a hablar de cacas y abono, no es que me vaya lo escatológico, aunque bien mirado, es un tema de conversación que da mucho de sí. Qué coño, me va lo escatológico.

 

Entonces, justo ahora, que escribo esto, noto un picotazo en el brazo. Es un mosquito. En la muñeca. Absorbe. Su tripa se hincha. Ya no me duele. Y cuando está saciado, se marcha. Y pienso, ¿para qué matar mosquitos? Una vez hecho el daño, una vez propinado el primer picotazo, ya da igual acabar con él, porque el dolor va a ser el mismo. Me he ido a dormir con una sensación plena; en algún lugar del mundo hay un mosquito con la tripa llena que no tiene ya la necesidad de picar a nadie más. Además, los mosquitos no son demasiado longevos, luego seamos razonables, seamos benévolos con ellos.

 

Tinoninoninoninoni.

 

Es lo último que he oído.

 

Antes de quedarme dormido.

 

Al levantarme de la siesta he bajado a bañarme al río. En el río hay agua, piedras, pizarras desgastadas, hay orillas verdes, árboles, ramas, botes de lejía vacíos, culebras y libélulas; hay bolsas de basura, lodo, madera enquistada, latas oxidadas y frescor. En el río está mi prima María, que con seis años es la Reina (a propósito en mayúscula) del reino de Todo, es la madre que la parió, es la libertad, es una ventana a la inocencia, es algo que no se puede dañar porque ella me atusa el pelo, me cambia la diadema por otra limpia, porque se sube a mis hombros y ríe a carcajadas.

 

María

 

llora

 

porque se ha caído al suelo

 

y yo la levanto

 

tan suavemente

 

que tardo

 

dos

 

o tres

 

años

 

y rebusco por todos los sitios

 

de su cuerpo

 

hasta comprobar

 

que el cristal

 

que la recubre

 

está intacto

 

y para que cese

 

su llanto

 

hago cabriolas

 

por el prado

 

me lanzo dando vueltas

 

al río

 

y al salir

 

su risa

 

se deja tocar

 

por las lágrimas de antes

 

y me digo

 

bien merece la pena

 

un resfriado.

 

El tiempo pasa, y las personas mueren, o viceversa. En la aldea había hace 25 años muchos niños y algunos viejos, ahora, muchos viejos y algunos niños. Hay casas abandonadas, casas vacías dentro del vacío de un pueblo casi abandonado. A pesar de eso, sigo religiosamente dilapidando, año tras año, mis vacaciones estivales aquí. Hay tanta tranquilidad que tranquilidad deja de ser la palabra apropiada. Hoy han llegado mis padres de Madrid, a pasar también aquí sus vacaciones. Hace unos quince días que no les veo. Les echo de menos. He hablado con Isa por Messenger; se cumplen aproximadamente dos semanas desde que lo dejamos. Me echa de menos, y yo a ella también, pero lo oculto. Después de chatear con ella, echo aún más de menos a mis papás (¿por qué para referirse a ambos no se utiliza mamás y sí papás?). Saludo a mi padre, con dos besos rápidos y a mi madre con otros dos mucho más lentos. Me enciendo un cigarro.

 

-Hijo, no fumes -dice mi madre-.

 

-Mamá, es que, como sabes, soy fumador desde hace 17 años.

 

-Hijo, deja de fumar.

 

-Mamá, déjalo ya, de verdad.

 

-Al padre de tu tío Gabi, que tiene cáncer por fumar, le han tenido que extirpar la nariz.

 

Mi tía Carmina desvía la mirada hacia otro lado y mi tío Miguel, una de las personas más cojonudas que he conocido, se rasca la cabeza y aparenta distracción o discreción. Le tengo estima a mi tío Miguel, siempre tan sincero, directo y legal.

 

-Además del tabaco tienes que dejar de beber cervezas, porque bebes mucho y todos los días -añade papá-.

Entre líneas me llaman alcohólico. Considero la posibilidad. Hago cuentas. Me gusta la cerveza, es cierto. Y hago recuento de lo que puedo beber, por ejemplo, en una semana. Veamos, de siete días que tiene una semana salgo a tomar cervezas tres. Normalmente martes, jueves y sábado. Eso a veces, porque algunas semanas sólo salgo jueves y sábado, o martes y sábado o martes y viernes. Prosigamos, entre semana -martes y jueves- no suelo pasar de dos o tres quintos de cerveza, o de un par de jarras o tres como mucho, a lo sumo cuatro. Los fines de semana sí suelo beber algo más y, a veces, llego a casa un poco bebido y, en ocasiones puntuales, con una curda considerable, algo que puede suceder una vez cada dos o tres meses, entendiendo por curda considerable una borrachera que me permite andar perfectamente y mantener una conversación sin que la lengua se me trabe en exceso. Algún viernes me bebo dos botellines de cerveza en casa. Nada que no hagan mis amigos. En resumidas cuentas, puede salir una media de un botellín y medio diario.

 

-Estáis exagerando -me defiendo-.

 

-No hijo, no estamos exagerando, bebes demasiado.

 

-Mamá, reconozco que fumo demasiado, pero no creo que beba tanto como vosotros creéis.

 

Sube el tono de la conversación.

 

-Tienes 31 años, ¡tienes que asentar la cabeza! -casi ordena mi padre-.

 

Qué vergüenza. Mis tíos y mi abuela testigos, jurado por obligación. No entiendo nada. Creo que todo viene porque lo he dejado con Isabel y creen que el mundo se va a desmoronar por eso. Moral tradicional, moral ancestral, moral de mierda, moral que me paso por el forro de los huevos y se mancha con mis pelos negros y rizados; yo me cago en la puta moral de los cojones. Sé a ciencia cierta que no hago daño a nadie, que no molesto a nadie. Lo sé. O al menos esa es mi intención. Con eso debería bastar, ¿no? Al menos eso basta para mí cuando alguien no tiene la intención de dañar a alguien. Es como lo que me pasa con los vasos y la vajilla. Siempre acaban en el suelo cuando ando cerca de ellos. Y mamá siempre me regaña. Creo que ha pasado a ser una cuestión de sugestión, porque cuando veo algo de cristal me pongo nervioso, me da como alergia. Pienso que lo voy a tirar, lo enfoco y, claro, al final lo tiro. Recuerdo una Nochevieja en casa de mis padres que me propuse fervientemente no hacer añicos nada. Antes de sentarme a la mesa analicé la situación de todo. Los platos, la jarra, las botellas de vino, las servilletas… y finalmente me senté. Entonces apoyé el codo sobre el mantel y alguien vertió un par de dedos de vino en mi copa. Hice más fuerza con el codo para apoyarme con firmeza y tomar con la otra extremidad el recipiente en cuestión, con la mala suerte de que mi articulación se posó por error sobre el mango de un tenedor cuya punta, a su vez, había tenido el capricho de haberse deslizado por debajo de la base de la copa de forma accidental, razón por la cual ésta saltó catapultada casi al infinito, manchando todo de vino. Sucedió, pero yo no tenía la intención, eso es lo que cuenta.

 

Al final he agachado la cabeza y he tragado con todo. No me quedan más cojones. Vivo en su casa. Creo que me voy a marchar antes de tiempo de Asturias, porque en Madrid, en la casa de mis padres, no hay nadie ahora.

 

Y todo por un puto cigarro de mierda.

 

He dormido como un lirón, mejor dicho, como dos lirones. Hace un día maravilloso, despejado, azul. Ya por la tarde tomo el coche para recoger a mi hermano en la estación de autobuses de Ponferrada. Hay como una hora y media de trayecto. Es de obligado cumplimiento atravesar el vertiginoso puerto de Leitariegos. Me gusta conducir a través del puerto de Leitariegos; es como si el coche volara. Si uno levanta la vista por encima de la línea de la carretera, ésa es la sensación. Pero cuando estoy a unos quince quilómetros de llegar a la cima del puerto su bóveda se cubre de plomo. Parece que esté anocheciendo a pesar de que son las cinco y media de la tarde. Huele a humedad. Cada vez todo es más oscuro. Pongo sobre el tapete las piezas del ajedrez de mi vida. Es un desastre. Desorganizada. Únicamente soy responsable con el trabajo, y la razón de este desajuste respecto al todo es que me apasiona. Tengo que tomar cartas en el asunto. Rompe a llover. No es que me coja la tormenta, es que yo la cojo a ella. Es curioso, es como atravesar un telón de agua, como desvirgar una cascada. Unos segundos antes sólo se oía el ruido del motor y, unos segundos después, caen en tromba miles de gotas sobre el cristal y todo se vuelve gris oscuro. A ratos, graniza. A ratos, llueve. Muchos relámpagos resquebrajan el cielo, lo parten en dos tres y hasta cuatro pedazos. Lo convierten en un puzle durante décimas de segundos. El torrente de agua arranca piedras y barro de las laderas de las montañas. Noto su sonido sobre el capó del coche y decido echarme a un lado de la carretera a esperar una tregua. No se ve a más de dos metros. Giro la llave del contacto y espero. Me gusta la lluvia, aunque me convierta en tristeza. Pasan diez minutos. Sigue lloviendo con la misma intensidad. Vuelvo a girar la llave y salgo a la carretera. Voy despacio, poco a poco. Me cruzo tan sólo con un par de coches. El velocímetro no pasa de 20 ó 25 kilómetros por hora. Cuando llego a la cima del puerto la lluvia cesa y comienza a clarear. He contado cuatro puercoespines espachurrados en la carretera. En las carreteras de Asturias caen como chinches. De hecho, creo que la expresión debería ser ‘caer como erizos’ en lugar de ‘caer como chinches’. Llego a Ponferrada y recojo a mi hermano. Durante el trayecto que nos lleva de regreso se hacen patentes los efectos de la ahora moribunda tormenta. Hay piedras en el asfalto, densos charcos de barro y gente con paraguas, perros mojados y tejados desangrándose a través de canalones oxidados. Llegamos al último pueblo antes de volver a iniciar la ascensión al puerto de Leitariegos. Se llama Caboalles de Arriba y allí pasa el periodo estival mi tía Delia, que enviudó hace un par de años. Decidimos para a hacerla una visita. Cuando llamamos a la puerta, se oye un “Vooooy” quejumbroso y lejano. Al abrir la puerta, ella nos mira fijamente a los dos.

 

-¡Mira qué dos piratas han venido a verme! Y yo que creía que ya nadie se acordaba de mí. Vamos, ¿qué hacéis ahí? Pasad.

 

Recibo un par de besos húmedos, comprensibles cuando los brinda una anciana de ochenta años. Casi a la velocidad de la luz, dispone sobre la mesa un par de cervezas, dos platos emborronados de arañazos, otrora cristal impoluto, y una bandeja con dos pisos de empanadas troceadas. Las hay de sardinas, de carne y de morcilla. La tía Delia hizo la de carne, las restantes son intercambios culinarios con las vecinas: “Prueba esta empanada que hice, Delia, a ver si te gusta”. Me decanto por un pedazo de la de carne y otro de la de sardinas. Centrémonos en la de carne. La masa es esponjosa; de cocción, perfecta, quizás un poco fuera de sí en el punto de sal y grasa, pero correcta en la cantidad de relleno. Pasemos a la de sardinas. Demasiado relleno, bien en lo referente a la sal y la masa quizás demasiado fina. Apenas grasa. En cualquier caso, son dos empanadas cojonudas.

 

-¿Qué tal por aquí tía? –pregunta mi hermano.

 

-Sola, tranquila pero sola. Echo de menos a tu tío.

 

-¿No sale por ahí a dar un paseo?

 

-Sí, todos los días. Con las vecinas. Me viene bien salir a dar una vuelta.

 

-Y vosotros, de mozas, ¿cómo andáis?

 

-Bueno… -esquiva mi hermano-.

 

-¿Sigues con esa chavaluca tan guapa?

 

-¿Con cuál? –dice Antonio-.

 

-Con ésa rubia, alta y bien parecida.

 

-No, ahora estoy con otra.

 

-Madre mía, cómo eres. Aunque me da a mí que es peor tu hermano…

 

Nos reímos y ella continúa.

 

-Marcos, ¿qué fue de la chica que cortejaste, aquella que tenía familia en Grao?

 

-Pues hace ya más de tres años que no salgo con ella.

 

-Con lo buena moza que era y lo bien que hablaban todos de ella…

 

-Tía, no valgo para mantener una relación.

 

-Pues escucha –levanta el dedo índice, y entrecierra un poco un ojo-, búscate una chica honrada, cásate y que te dé hijos. Yo no los tuve y mira que sola estoy. Si al menos hubiera tenido uno… Tu tío era un hombre de la cabeza a los pies, aunque nos faltó descendencia. Pero claro, me casé con él de segundas nupcias. Yo pasaba de los cincuenta años y no traía ningún rapaz de mi anterior marido, dios le tenga en su gloria. Vaya por delante que me casé con tu tío porque fue mi primer novio, no lo hubiera hecho con cualquiera.

 

-¿Por qué fracaso el primer noviazgo? –pregunto-.

 

-A los pocos meses de conocernos, él se marchó a Guinea, a trabajar, y me dijo que se desposaría conmigo si yo seguía siendo formal cuando volviera de África. Al final, como digo yo, me cambió por otra. Entonces yo hice mi vida y él, la suya. Luego, con el tiempo, enviudamos y un buen día se presentó aquí con la idea de casarse conmigo. Tu tío no valía para estar sólo, no se defendía en la cocina y tampoco con la casa. Como seguía siendo alto, fuerte y como es debido, decidí no pasar sola un día más. Ahora, lo que son las cosas, vuelvo a estar sola.

 

Hace ademán de llorar, pero acaba por acogerse a un gesto de contricción.

 

-¡Qué vida tan complicada he tenido! –pensativa- Os lo repito a los dos, echaros una novia decente, que os dé hijos. Tendréis que buscar mucho, porque ahora todo ha cambiado y las mujeres son peores que los hombres. Muy putas son ahora. Hay más putas que puteros. Hace años era al contrario, pero ahora todo ha cambiado -se atusa el pelo y continúa-. La cosa está difícil para los jóvenes. Los sueldos no suben y, sin embargo, el precio de los pisos anda por las nubes. Lo tenéis muy difícil.

 

Agradezco la última frase, mucho más por venir de una octogenaria. Deja entrever un punto de vista a mi juicio crítico sobre la situación de la generación a la que pertenezco, un punto de vista muy alejado de lo que piensa la mayoría de quienes superan la cincuentena, que nos ven a mí y a los míos como a una panda de parásitos a los que les gusta vivir bien y reniegan de la emancipación del hogar paterno por principio vital. Somos los del baby boom, la generación mejor formada de la historia de España, los que empezamos a trabajar de becarios sin cobrar o cobrando una miseria, somos aquellos que, cuando firmamos el primer contrato legal con una empresa y anunciamos en casa que el sueldo era de 1.000 euros, recibimos la misma respuesta al unísono: “No está mal para empezar”. Somos los que, diez años después, sabemos que no está ni bien ni mal, simplemente es una cifra que está, y nada más, para empezar y para acabar, y hemos perdido la fe en que se mueva dígito alguno. Somos los que no tenemos derecho a concesiones porque lo tuvimos todo, somos los que no tienen motivos para estar tristes, somos los que no tienen depresiones, sino demasiado tiempo libre y pajaritos en la cabeza. Somos quienes no vamos a poder ofrecer algo mejor a nuestros hijos de lo que nos ofrecieron a nosotros nuestros padres. Somos una generación que no se casará con su primera, segunda o tercera novia. Somos todo esto, pero, en definitiva, no dejamos de ser un producto derivado de quienes levantan el dedo acusador. Ellos esconden su culpa multiplicando la nuestra hasta el infinito, pero se están lavando las manos en una palangana de mierda que, tarde o temprano, acabará por salpicarles. Por eso el comentario de mi tía me parece acertado. Ella ha tenido una vida cien veces más complicada que la mía hasta ahora, pero entiende mis preocupaciones, mis problemas. Es esa clase de gente la que espolea a uno hacia el reto marcado, hacia la consecución del objetivo que nos mueve a vivir. Qué cojones, en el futuro yo quiero ser un abuelo como ella. No quiero ser un abuelo como esos otros que cuentan historias de la guerra civil, de batallas sangrientas, de esos que hablan de la defensa de los ideales y bla bla bla. Me la chupan. Después de todo, Franco está muerto, la República también y de aderezo hubo millares de fiambres de uno y otro bando.

 

La tía Delia nos ha despedido a mi hermano y a mí con otro par de besos húmedos. Ha sido una maravillosa tarde de lluvia torrencial y empanadas.

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Sunday, July 29, 2007

Tempestad, resaca

 

EN LOS BARES

 

En los bares hay mala gente

demonios

hay gente

que puede acabar

contigo

en los bares están la drogas

los divorciados

las putas

y muchos otros

desechos

de la sociedad.

En los bares está la Santa Inquisición

y sus hijos

y los hijos de sus hijos

y está Franco

y Hitler

y está la puta de Satanás

y la puta

con la que Satanás

engañaba

a su vez

a su propia puta

está el hombre del saco

y el que vendió el saco

al mísimo Hombre

del Saco

y está el que vendió los hilos

al que cosió el saco

del Hombre del Saco

está quien planeó el Tsunami

en Asia.

 

En los bares

no hay nada

de eso

por favor

papá

no me engañes.

 

VENGANZA

 

La venganza es un plato que se toma

en frío

y yo

me río.

La venganza es un plato que se toma

y punto

en frío

o en caliente

sienta igual de bien

ande

y que se ría la gente.

Vaya

chorrada

¿no?

 

 

ME ESCABULLÍ

 

Llego con la moto

al barrio

y me encuentro

con el Pipo

“Me voy a fumar un porro

sigue con tu moto”

dice

y añade

“si estoy

cuando vuelvas

por aquí

(barrunta diez minutos)

nos vemos”.

Pipo volvió con ella

con Silvia

porque la quiere

y porque a veces no tanto

por eso vuelve

el muy cabrón

por eso

porque a veces

no tanto.

He entrado en el bar

del barrio

y los amigos

no estaban

he pedido una birra

rápida

me la he bebido

y luego

he pedido otra

por aquello de ir

a pares.

La tercera

era para Pipo

ha caído en mi bolsillo

quería darle

a la vuelta

una sorpresa.

Un tipo

justo a mi lado

me ha dicho

buscando pelea

“¿te he salpicado?”.

Mientras lo dice

menea

una Coca Cola,

frente a mi nariz

frente a mi gran acera

y yo

que soy un cabrón

de barrio

le respondo

“no te preocupes

es posible

que a las chicas

el frenillo de tu boca

les importe

a mí

solo me hace gracia”.

Me mira

es tonto

no se entera.

 

AYER

 

Ayer estuve a punto

de recorrer

los trescientos kilómetros

y mentiras

que nos separan

ayer estuve a punto

de robar

una flor

de un parque

con un cartel

“no tocar las flores”

“no pisar”

“perros no”

no

no

no

todo, en esta vida

se reduce

a un

no

¿subida de sueldo?

No

¿vivenda digna?

No

¿saldrías conmigo?

No

¿me quieres?

Sí (pero quería decir no)

Ayer estuve a punto

de tantas cosas

que al final

no hice ninguna

salvo escribir

este poema

un salvaconducto

a la mierda

 

 

TENGO HAMBRE

 

Es normal

que la tenga

porque

no he comido

en veintiséis horas

es normal

que quiera

hacerte el amor

porque llevo

dos semanas

sin meterla

es normal

que quiera hacerlo

el amor

digo

y digo

esto

porque

ahora

que yo tomé la decisión

resulta

que te echo tanto

de menos

que tengo que dar la vuelta

a tus fotos

en mi cuarto

y tengo que darte la vuelta

también

a ti

en mi memoria

pero que quede claro

a pesar

de todo

daría

vueltas

y más vueltas

contigo

en una cama.

 

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Saturday, July 28, 2007

En blanco

Ha llegado el momento, Alberto, de escribir poemas.

Ha llegado el momento. Alberto. Lo sé. Ahora sólo versos.

Siento la espera, pero ha llegado ahora, el momento.

 

El VIEJO MARICÓN

 

Tenía dieciséis

o diecisiete

él se acerca, susurra.

Te hago una mamada que te dejo nuevo

dice

Mi amigo declina la oferta

violento

es hetero, resuelto

y nos vamos

el tipo huele a alcohol

pasan muchos años,

diez lo menos

y en una barra

él aparece de nuevo

no me conoce

pero yo sí

y pasa otro año

voy a comprar libros

compro cuatro o seis

no lo recuerdo

y el viejo maricón aparece

con más jabón

con más plancha

pero yo sé

que es un viejo marica

homosexual resuelto

 

LO PEOR

 

Lo peor fue sacar las tijeras

seccionar el fóleo de nuestra relación

o eso creía

porque peor fueron

las radiografías

del pasado

“Marcos, te quiero

quiero estar contigo en una cama

tú leyendo

y yo recibiendo en la frente

tus besos”

dijo

y yo respondí

con silencio.

Silencio que puso en entredicho

el peso de la relación

sobre sus hombros, a todas luces

pero yo la quiero

aunque los besos y las caricias

sean satélites

que orbitan

lejos

muy lejos

del mío corazón.

 

BRUMA

 

Después de comprar libros

(nunca encuentro el que busco)

he ido a un bar

de mi barrio

he sacado un libro

de ese escritor

inglés

afincado en Asturias

y he bebido dos cervezas

estaba sólo

y un poema

decía

“Es de noche cuando escribo esto

pero a lo mejor tú lo estás leyendo bajo el sol”.

Ni lo uno, ni lo otro

estoy bajo una sombra

de rigor

bajo el sexo indefinifo

de las luces

de neón.

 

HOSTIONES

 

Dicen

en Internet

que no hay que escribir con mayúsculas

que es como gritar

¿y si quiero?

a gritar, me refiero

 

MOTOS, NOCHES, COCHES, BODAS Y MÁS NOCHES

 

Es un semáforo

es la castellana

es el tránsito de los coches

y en la esquina de Cuzco

una mamada

es un frenazo

es el giro de mi cabeza

es el golpe por la espalda

es la caída

es levantarse

es correr detrás de quien se fuga

y no logro alcanzarle

es la policía que te para

“si me hace soplar, doy seguro”

es un policía comprensivo

“Tiene usted sangre,

en las piernas”

Y en el alma

pienso

Es bueno

no me va a hacer soplar.

Llamo a gente y más gente

la moto aparcada

yo

borracho

mucho

tanto como siempre

alguien que me venga a buscar

tengo buenos amigos

que me aguantan

y uno viene

es Galipop

el guitarra de mi grupo

él y su mujer me acogen

me proporcionan una ducha

y tantas cervezas como desee

una cama con sábanas

caliente en agosto

y duermo

y despierto

es la boda

de un amigo

llego tarde

tarde a todo

como siempre

hay dos iglesias

en el barrio

en una de ellas se celebra

el sepelio

y pregunto

y me dicen

“En ésta hay una boda

en la otra, no sé”

La puerta de entrada a la iglesia es una cristalera

monumental

la abro

chirría.

Mi amigo Titi

que se casa

codea a su novia

frente al cura

me mira

y se ríe

sabe que no iba a faltar

a su boda.

Estoy más triste de lo que parece

más borracho de lo que parece

pero estoy

ahí

en la pomada

en su boda.

Mi hermano

que me quiere

y me ve jodido

me entretiene

ahuyenta las pulsaciones

que se concentran en el cuello

peligro

si es en el cuello

peligro

la cabeza está muy cerca.

Pitu, otro amigo

que también lo sabe

también ayuda

y me entretiene

Y la boda

para mí

acaba a la una y media

veintinueve horas sin dormir

no está mal

si lo que quiero

es vivirlo

todo.

 

HAY UN BAR

 

Hay un bar

en Herencia (La Mancha)

ruta del Quijote

que me emociona

hay chicos

muchos

que se cuentan chistes

y son felices

sin amor ni perdices

sobre la calle

asfaltada

en la que siembran botellines vacíos

son felices

y yo

con ellos

 

JUGANDO AL ATAQUE

 

Hay un poeta

que me gusta

pero que juega a la contra

es mejor

hacerlo de forma directa

porque sorprendes

pero también es cierto

que si atacas mucho

de frente

captan tu estrategia

Es como el sexo

de frente

gusta

al prinicipio

pero al contraataque

gusta más

porque nunca lo esperan.

 

PARO

 

Pum pum

Pum pum

Es mi corazón

que vive

 

Uuuuuuh aaaaah

Uuuuuuh aaaaah

es la respiración

de mi perro

 

fffffffffhhhh

fffffffffhhhh

son las hélices

de mi ventilador

 

tacatacata

tacatacata

es el teclado

de un portátil (aunque rime ordenador)

 

Dicen

que escribo triste

pero yo

soy feliz

no tengo porque

darte la explicación

 

SI ME LLAMAS, VOY

 

Si sonara ahora

el teléfono

ahora que estás lejos

iría

¿por qué?

porque hicimos el amor

allí

y aquí

y acullá

sobre mesas

sobre sillas

en coches

sobre páramos con colillas y jeringuillas

cerca de molinos de viento

en tu pueblo

no en el mío (todo se andará)

casi en un baño

porque no quise

pero

en esencia

es porque hicimos el amor

pero tiene que ser ahora

que me llames

y vaya allí

tic tac tic tac

ha pasado el tiempo

nuestra oportunidad

ya no iría

ni loco

 

MAMÁ DICE

 

Mamá dice

no compres más libros

que no vas a leer

es cierto que de cada cinco

con fortuna

leo uno

pero no estoy para perder

el tiempo

mi tiempo

el tiempo del escritor

 

Mamá dice

ordena tu cuarto

pero no es el orden

son los cables

del equipo de música

del portátil

de la radio

y del cargador.

Es buena

la radio, digo,

la banda sonora

mi extremaunción

porque

estoy seguro

de que su lamento

es lo último que oiré

siempre que pensar no sea

oír

porque si pensar es oír

el día que muera

será todo un FIB a lo grande

un Summercase de pensares

la vida no pasará en un minuto

por mí mente.

Yo pasaré

por la mente de la vida

en un minuto

o en menos

todo depende del tiempo

que me regalen el tabaco

y

obviamente

el alcohol

 

ES DE NOCHE

Hace sol

pero es de noche

porque la gente

honra la siesta

y en la piscina

de la casa de mis padres

entra el sol

por eso es de noche

porque entra el sol

no importa que no lo entiendas

me basto y sobro

si lo entiendo yo.

 

MIS DIENTES AMARILLOS

 

Entre cigarro y cigarro

he ido al baño

no iba a cagar

sino a hacer cascadas de oro

y al mirarme en el espejo

que hay al lado de la taza

he sonreído

bueno

a decir verdad

no he sonreído

me he mirado los dientes

están amarillos.

De niño

solía pensar

que los dientes amarillos

son de borrachos

de mala gente

y tenía razón

aunque a veces

considero

que no soy mala gente

y mi madre

claro

lo ratifique

evidentemente.

 

UNA LLAMADA ENTRE DOS PERSONAS

 

Volviendo a lo anterior

al anterior poema

digo

se produce una llamada

“¿Sabes dónde está Marcos?”

“No, no lo sé, es posible

que él…

haya tenido un accidente en moto”

Y ella, mi madre

llora.

Y ella

mi novia

llora también

porque hace un día

que no doy señales

de vida.

“No es malo, Isa, de verdad, no lo es”

dice mi madre

Isa dice lo mismo

está segura

de que no lo soy

pero yo, que soy Marcos,

no estoy tan seguro

ni de eso

ni de nada,

en cuestión

 

JAVI, EL QUE TRABAJA CON PAPÁ

 

Javi, que trabaja con papá

me invita a unas cañas

después de grabarme un DVD

con aplicaciones

para el ordenador

Y le digo

pienso en tener hijos

a cientos

pero viajo mucho

por mi profesión

algún día

-aseguro-

me detendré en algún lugar

y, como dicen muchos

otros 

sentaré la cabeza

y él

sin pensarlo

suelta:

eres así

eres así

eres así

he intentado rebatir el argumento

pero tres veces

son muchas

al menos para mí

 

ODIO EL WORD

 

¿Por qué?

Porque cuando cambias de renglón

e intuye que es poesía

empieza con mayúsculas

por favor que alguien cambie

las cosas 

ya

   

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Friday, July 27, 2007

Cartón piedra mojado

El problema no es no caerse, el problema es no levantarse. Y yo no me
quiero levantar más. Nunca más. Duermo poco, nada a decir verdad.
Normalmente me suele doler la tripa por las noches, me duermo cuando
empieza a despuntar el alba. Me siento hecho de cartón piedra mojado, de
nieve en polvo, de mocos resecos que al primer restregón caen al
vacío. Pero, en el fondo, me siento más vivo que muchos. Un paso de
gigante, una decisión que debía dar. Es un duelo, el amor y yo. Quiero
encontrarme con él frente a frente, que me explique cómo han de ser
las cosas para hacerlo bien, para no hacer daño nunca más. Por eso es
que quiero estar solo, solo con tilde y sin tilde, solo en toda la
extensión de la palabra. Sentir cada letra, una a una, S__O__L__O.
Despacio, una a una. Se ha acabado la cerveza. Estamos yo, mi cigarro
y la ceniza que siempre cae en el teclado cuando escribo. Es la
concentración. No. Es la necesidad. Acabo de tirar la colilla por la
ventana y el perro ladra. Papá gime en la cama, algo ha perturbado su
sueño. Me siento fuerte, quiero escribir, llevo tiempo sin falanges
pero hoy es mi día, y responden a la perfección. Hoy es mi día. El
amor es lo que toca, ahora que no lo tengo, es la reflexión.

Hay un señor en un bar, que está gordo y bebe
cerveza sin alcohol
no ha tocado las cortezas de su plato
Me ha mirado
Y ha pedido otra.
Al salir
dice
Quiero un trago de la tuya
y probar tus cortezas
Y luego, al llegar a casa
me acuerdo de él
y quiero invitarle
a cerveza de verdad y cortezas
Es posible que el año que viene no esté vivo

Y vuelvo a pensar en el amor. Ha pasado una media hora desde que he
tirado el cigarro. Quiero otro. Es hermoso escribir cuando te sientes
en racha, cuando las letras se porculizan una tras otra, cuando tu
cuarto es una plataforma al infinito y aunque, sobre una cama, en
realidad duermes escoltado por un campo de girasoles. Es hermoso que
hoy no me duela la tripa y que haga calor. Es demasiado hermoso pensar
en nieve y dormir arropado en mantas de lana a pesar de que el
termómetro marque 35 grados, y lo es más aún a la inversa. Y me he
acordado de Carlos y de sus correos electrónicos. Puntuación,
gramática y sintáxis perfecta. Cada letra, reflexionada; el verbo en
sintonía con el término precisión. Un tándem verbal, un crucigrama
linguístico resuelto. Creo que voy a bajar a la calle a pedir un
cigarro.
Una pena que no tenga tabaco en casa.
Me hubiera gustado seguir escribiendo.

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Sunday, June 24, 2007

He perdido la puta llave de los cojones

Tomo el ascensor después de mandar una entrevista a uno de mis clientes. Saludo pero el único pasajero al entrar, un tipo con muchos tatuajes y cara de gilipollas, ni me mira.

Cuando llego al lobby del hotel, una recepcionista mejicana, muy hermosa, me pregunta cómo me fue en Tijuana.

-¿Le gustó Tijuana? -dice-.

-Sí, estuvo genial, le gente fue muy amable conmigo. Como dicen ustedes, Tijuana está ‘padre’.

La recepcionista, que me recuerda de mi anterior viaje a San Diego, me mira con una sonrisa radiante. Me despido. Suzi, la responsable de comunicación, hace recuento. El equipo de periodistas europeos está al completo y salimos del hotel para dirigirnos al lugar de la fiesta. Es en un portaaviones de la marina de los Estados Unidos. Hay muchos escalones. Nos lleva unos cuatro minutos alcanzar la cubierta, donde descansan unos 20 cazas y cuatro helicópteros. Hay chicas muy guapas, con las tetas repletas de plástico, pero muy guapas. De todas formas, no encuentro ninguna que me llame la atención, es como si les hubieran robado la mirada, el gesto. Es como si estuvieran vacías, pero son muy guapas. No sé si la cosa realmente es así o es mi percepción en este día en particular.

Al final del portaaviones hay un gran escenario en el que va a tocar Goo Goo Dolls, una banda norteamericana que me gusta de forma somera.

Ceno en uno de los puestos de comida que han sido dispuestos en la cubierta y opto por una ensalada César, un plato de cus cus y una cerveza Corona, el equivalente a la clásica Coronita en España.

La banda llega en helicóptero y salta al escenario. Joder, el cantante es el tipo de los tatuajes que me encontré en el ascensor. Es otradeesascosastanrarasquemepasantanamenudoyquealcontarlasnadiecree. Tengo dos discos de Goo Goo Dolls bajados de Internet, pero no conocía físicamente al cantante. Llamo a Isabel, mi novia, porque a ella le encanta el cantante, del cual dice que “no está como un tren, está como un camión de bueno”. No me coge el teléfono, así que le mando un SMS. Empiezo a estar un poco borracho, menos que Suzi y que uno de los periodistas de UK, pero empiezo a estarlo. Los cabrones suenan bien en directo, son canciones facilonas, hechas para quinceañeras recién regladas. Pero algunas de ellas me gustan y, en directo, ganan bastante. Lo único que no aguanto es la actitud del cantante, haciéndose el interesante con una pequeña cortina de pelo escondiendo parte de sus facciones. Todo demasiado calculado, hay demasiada premeditación y alevosía, pero es una fórmula que funciona con el público al que se dirigen.

El concierto acaba y bajamos de la cubierta a una planta intermedia, algo así como el hangar del portaaviones. La música está a todo volumen, hay algunos simuladores de vuelo y gogos bailando de forma provocativa sobre plataformas cuadradas. Es una fiesta de cojones. La pista de baile en la que se desencajan la cadera las gogos es una tarima giratoria, nunca para, siempre está girando. Es como la tierra, gira todo el rato, lenta pero sin pausa, como la vida, lenta pero sin pausa. Suzi se sube a hombros de alguien, baila. Joder, cómo bailan los asiáticos y los hindúes. Son la bomba. Descoordinados. Creo que no conocen la semántica del baile porque nunca bailan. Uno de los ingleses me dice que se desatan cuando vienen a EEUU. Estoy de acuerdo con él. Hay un coreano sobre una de las plataformas que acaba de abandonar la gogo de turno. El tipo se sube con una plumosa y tupida serpentina de color blanco alrededor del cuello, es como una de esas con las que suele ahorcarse Sara Montiel. A los diez minutos es empujado por otro asiático, que ocupa su lugar, y después le toca el turno a un hindú. La cosa se repite de esta forma varias veces.

A esas alturas de la noche ya estoy bastante borracho. No es que lleve encima un pedo monumental, nunca me suelo pillar pedos monumentales, pero llevo cuatro ó cinco cervezas encima y están haciendo bien su trabajo. Uno de los periodistas europeos va hasta arriba de coca. Se sale, es un tipo cojonudo, tímido al principio pero abierto después de un par de conversaciones. Le encuentro atractivo y toca el saxo.

Suzi y yo subimos a uno de los simuladores. Nos atan a una silla como a un redondo de ternera y comenzamos a dar vueltas y a disparar a todo lo que se mueve. Al final logro 180 puntos, una buena puntuación, según Suzi.

Al salir del habitáculo me formulo una pregunta, ¿cuántas personas habrán muerto a manos de los camiones y cazas de este portaaviones? No lo sé, pero ahora hay una fiesta.

La música cesa a las dos de la mañana y regresamos al hotel. Alguien comenta la posibilidad de desplazarnos a algún local de salsa, pero al llegar al lobby decidimos continuar la fiesta en la habitación de Suzi. En el ascensor, le quito con sigilo el pintalabios del bolso a Suzi y me pinto los labios. Cuando me doy la vuelta y lo descubren, todos me miran muy serios. Yo hablo: “Hago esto porque estoy convencido de mi sexualidad, porque sé que soy un hombre, porque soy un hombre pleno”. Entonces todos rompen a reír y se pintan los labios.

Pedimos champán, unos nachos, un par de pizzas, cervezas y más comida que no logro recordar. Somos varios, un español, un francés -no es el comienzo de un chiste- tres ingleses, una escocesa, dos norteamericanas y alguno más que no recuerdo. Hay un iPod sobre un par de altavoces. La música está realmente alta. Llaman a la puerta. Llega la comida y las cervezas -hemos acabado con las del minibar de Suzi y con las de nuestras respectivas habitaciones-. El tipo empuja una bandeja con el pedido y lo flipa un 120 por ciento cuando ve la gente que hay en la habitación, supuestos hombres con los labios pintados de rojo, y lo que hay por el suelo. A saber: líquido, ropa, humo, una plancha, un par de gafas de sol, dos calcetines encogidos, botellas vacías, risas, toses, cajones abiertos y paquetes de tabaco vacíos y llenos. El tipo es mejicano. Trato de hablar con él pero desisto porque le veo un poco superado por la situación. Es normal, yo lo estaría en su lugar. Vuelven a llamar a la puerta. Entran dos chicas con una nevera repleta de cervezas. Yo me tumbo con Suzi sobre una de las dos camas y tengo una conversación preciosa con ella, sobre su hija, sobre cómo le ha cambiado la vida y sobre lo feliz que es desde que se ha separado de su marido. Se siente sin dar explicaciones a nadie. Dice que está pensando en buscar otro trabajo. No es el dinero ni la empresa. Gana bien y la empresa, dice, es maravillosa los empleados. Es porque siente la necesidad de comenzar una nueva historia. Lleva cinco años en el mismo sitio y cree que ha llegado el momento. Es antropóloga y hace unos años trabajó en África para Naciones Unidas. Suzi echa de menos a su hija de 14 meses de edad.

Llaman a la puerta. Joder, son dos tipos más.

-¿Could we come in?

No los conocemos de nada, pero los tipos acaban entrando, no sé bien por qué. Son un canadiense y un inglés -no es el comienzo de otro chiste-. El inglés se sienta en una esquinita de una de las dos camas y se sumerge en un mundo de silencio imaginativo, con los ojos fijos en el suelo. Es como Rain Man. Considero la posibilidad de tirar una caja de cerillas a sus pies para ver si podría contarlas con la misma celeridad que el personaje encarnado por Dustin Hoffman en la película. El otro es un gilipollas integral. Nos ha visto con los labios pintados y se ha pintado los labios, la cara, el cuello y gran parte del brazo. Un listillo sabelotodo, pero los ingleses le están dando su merecido. Le están dejando en evidencia, está jodido. Pero no se va, aguanta estoico. Será cabrón. El periodista que le da a la zarpa se las pira sin decir esta boca es mía. La gente va abandonando la habitación y cuando quedamos tres, decido abandonar. Son las cinco de la mañana. Al llegar a la puerta de mi habitación me busco en los bolsillos. Joder, he perdido la puta llave de los cojones.

Vaya pintas tenía el canadiense de la cara pintada, hay que ser gilipollas.

Posted by Marcos at 05:23:31 | Permalink | No Comments »